Al caminar entre los pasillos de una de esas conocidas tiendas “verdes” curiosamente me topé con una serie de cosméticos orgánicos. Como primera reacción pensé: ¡Qué alivio!, ¡se puede conseguir maquillaje sin químicos cancerígenos y sabiendo que no estarás luciendo el producto de años de pruebas en animales! ¡Una se puede ver bella y ser ambientalmente responsable a la par! Sin embargo, después un rato terminé discurriendo alrededor de una cuestión: ¿cuál sería la diferencia entre estos productos y, digamos, implantes de senos hechos de materiales reciclados? ¿Por qué resulta paradójica, incluso risible, la imagen de una Pamela Anderson orgánica? ¿Acaso la Barbie sería más natural si usara ropa reciclada, uñas postizas biodegradables y en sus anuncios se hablara de la importancia de separar la basura y ahorrar agua?

 

La realidad es que el maquillaje, por más orgánico que sea, es parte de la industria de belleza,  cómplice de la objetivización de la mujer, del proceso de hacer de las mujeres simples objetos. Sus campañas de marketing refuerzan la idea de que las mujeres, consumidoras por excelencia, requieren productos que perfeccionen la apariencia de cada parte de su cuerpo y en cada etapa de la vida. No que los hombres no sean también víctimas de este fenómeno; sin embargo, la comercialización de esta industria indudablemente afecta diferenciada y especialmente al género femenino. Además, a diferencia de muchos productos para hombres, las mujeres se ven atacadas desde todos los ángulos posibles, pues existen productos tan especializados que se orientan a resolver hasta el mínimo detalle de nuestro cuerpo: la crema para las bolsas de los ojos, el mousse para el cabello crespo, el aceite para la cutícula de las uñas. Es ridículo. Incluso si una tuviera las piernas ideales, es muy sencillo obsesionarse con cualquier otra parte del cuerpo que no lo es tanto. Es imposible alcanzar la belleza que proponen estos productos que, por más naturales que sean sus ingredientes, están hechos para mujeres irreales, plásticas.

La industria de la belleza es sumamente poderosa, y reflejo de ello es su poder económico. En 2010, los estadunidenses gastaron $33,300 millones de dólares en productos de belleza, más de lo que gastan en autos importados o televisiones.  Más impactante aún, las niñas y adolescentes son el nuevo mercado de consumo de estos productos: las de 8 a 12 años compran 40 millones por mes, mientras que las de 13 a 17 más de 100 millones.  Los mismos cosméticos orgánicos o naturales han crecido en un 10% del 2007 al 2009. Sin embargo, el poder económico sólo es reflejo del éxito en la excelente estrategia de comercialización, de la capacidad para moldear las aspiraciones de las mujeres, de convencerlas, muchas veces chantajearlas, para que persigan tener cuerpo artificial y ajeno, el de una Barbie. El mero hecho de que el mensaje y la estrategia misma de venta sea rechazar las diversidad en los cuerpos humanos, los cambios graduales con la edad, las irregularidades comunes, como si fuera un error que hay que evitar y no algo natural, confirma la noción de que el autoestima femenino recae en su físico. Éste es el verdadero problema, y puede causar serios perjuicios a las mujeres.

El caso extremo es la cirugía estética, en la que es evidente que puede tener consecuencias dañinas para quien se somete a ellas, e incluso puede costar la muerte. La liposucción implica riesgos como complicaciones por la anestesia, infección, hematoma, shock por pérdida de fluidos y embolias mortales. Es evidente que realizar estos procedimientos por un ideal imposible es peligroso, pero en muchos otros casos es difícil distinguir qué productos son nocivos para el consumidor y cuáles no. Que algo esté libre de químicos sintéticos no garantiza que esté libre de reforzar estereotipos sobre las mujeres. Promover y lucrar con mensajes en los que te incitan a ver tu cuerpo como un objeto—además imperfecto e insuficiente—es tan dañino para las personas como ingerir los restos de los pesticidas en las verduras, pero sus efectos son menos tangibles. Peor aún, la venta de productos de belleza orgánicos como tés con “antioxidantes” o cremas con esencias naturales que prometen ser reductoras de grasas o evitan el envejecimiento, explotan todo lo positivo que tiene la idea de lo orgánico, se cuelgan de la moda de revalorizar lo natural y de la promesa de un proceso de producción más sano y personalizado. No obstante, muchas veces promueven el ideal de la mujer plástica.

En efecto, las tendencias crecientes en la distribución y venta de los productos “orgánicos” han sido positivas, pues implican poner en duda y resistir a los procesos de producción industrial que no suelen estar cuidados, y que en una gran mayoría de los casos ni siquiera hay conciencia de cómo llegan las cosas a los estantes de las tiendas. Esto es indispensable para la garantizar a los consumidores cierta calidad en los alimentos, y es una tendencia que ha puesto bajo la lupa a las grandes industrias alimenticias. Sin embargo, no debemos limitarnos a cuestionar las formas de producción y los aditivos nocivos que contienen ciertos productos; es necesario también cuestionar los efectos de la comercialización de ellos. Es decir, bajo la idea actual de lo orgánico, un producto certificado no implica que sea sensible a cuestiones de género ni que haya ningún tipo de atención, mucho menos reivindicación, en lo que sus comerciales comunican acerca de nuestros cuerpos. Las estrategias de mercadotecnia suelen explotar las inseguridades que sentimos con nuestra apariencia y esto acaba siendo sumamente dañino, aunque en cuestiones menos físicas y más emocionales. Un ejemplo es que la anorexia y la bulimia constituyen la décima causa de muerte de las mexicanas. Esto demuestra que la imposición de un estándar inflexible e inalcanzable de belleza que promueven las campañas de mercadotecnia se traduce en violencia hacia nuestros propios cuerpos y esto debería estar prohibido, o en su defecto ser denunciado y regulado.

Aunque se cuide que el proceso industrial de un artículo no tenga aditivos nocivos, incluso asegurando que un producto provenga de comercio justo y que sea de una empresa socialmente responsable, no elimina el mensaje que se promueve en la segunda parte de la vida de un producto: su proceso de venta. Desgraciadamente, la certificación de “orgánico” para un producto ha decidido relegar un significado más amplio de esta palabra, como algo propio de un cuerpo, y no se le ha dado el sentido de reivindicar la diversidad que en todos los seres vivos existe; no promueve un mensaje de resistencia a estos estereotipos que no hacen más que oprimir a las audiencias femeninas. Un producto orgánico idealmente debería serlo en una concepción amplia que englobe desde su producción hasta su venta: la forma en la que se promueven estos artículos tendría que admitir la imperfección, la valorización de la variedad en formas y tamaños y, sobre todo, la idea de que el cuerpo no es lo único que importa de una mujer.

Lo peor de todo es que, bajo el argumento de la libertad de elegir, se culpa a la consumidora de cosméticos y no a las formas de comercializar un producto. Sin embargo, así como ingerir alimentos industriales no es algo reprobable, usar maquillaje tampoco lo es: las responsabilidades son individuales y todas debemos tener la libertad de decidir sobre nuestros cuerpos.

Lo que sí es inaceptable es que se toleren ciertas prácticas en las campañas de mercadotecnia que recurren a la manipulación, al miedo, al rechazo y a la reproducción de estereotipos sexistas, de la misma forma en la que es intolerable que se vendan alimentos que contienen sustancias que perjudican la salud de quien los come. La diferencia es que uno puede no comer los jitomates cosechados con pesticidas si gozas de cierta solvencia económica y una tienda verde cercana, mientras que es más difícil elegir estar aislado de los mensajes contenidos en los comerciales de los productos de belleza… y  el miedo a la imperfección lo siembran aunque ni siquiera tengas interés en los productos.