Nació el 20 de enero de 1984 en Asunción, pero su historia lo une a esas tierras desde que llegó el primer Ocampos en el siglo XVI. Así y todo, elige arraigarse a la “patria cervantina”. Su gusto por la literatura comenzó de niño, curioseando el enorme diccionario de su abuelo. Sus primeros garabatos fueron “poemicidios” dedicados a las chicas que le gustaban, pero ya a los 18 años devino en lector profesional y en escritor incansable.

Su currículum literario son tres carillas completas de logros, en resumen: participación en seis antologías de cuentos publicadas en diferentes países de la región; un libro publicado (Espontaneidad, Editorial Y, 2014) y una novela inédita; director de la Editorial Y; responsable de la revistaY.com; presidente de la Asociación Literaria Arandu; jurado en concursos y expositor en ferias y festivales del continente; y varios premios literarios a su nombre. Cree profundamente en la literatura latinoamericana y sus autores, pero asegura que entre vecinos “nos leemos poquísimo”. Por eso integra la antología digital de 23 autores de toda América Latina y el Caribe del Proyecto Arraigo/Desarraigo. Al terminar sus correos electrónicos manda “abrazos asuncenos”.

Sebastián, ¿cuáles son tus primeros recuerdos alrededor de la escritura?

El primer recuerdo: con seis años de edad, cuando viví con mis abuelos maternos, me llamaba muchísimo la atención el enorme diccionario de mi abuelo Jorge Ocampos González. Él, que vivía en Yvyraty (arboleda), pueblo olvidado por el Estado y la sociedad del progreso, ¡se preocupaba por el uso correcto del idioma! Fue un escritor inédito y nos legó un centenar de poemas y letras de polcas en castellano y guaraní. De adolescente me enteré de que su primo, Celso Ávalos Ocampos, también escribía, incluso publicaba libros: un diccionario bilingüe, un poemario y dos novelas. Ambos me mostraron que la literatura puede ser creada en cualquier lugar del mundo si uno está dispuesto a entregarse a ella.

¿Qué es para ti la escritura?

Es el mejor camino que encontré para comunicar lo que pienso, siento y hago; para conocerme y conocer a los demás. Para comprender quiénes somos.

¿Qué te ayudó a definir tu estilo propio?

Leer a los mejores escritores de todos los tiempos. Ellos me enseñaron que el estilo es la convicción de que nadie más podría escribir tal o cual historia como tú lo harías.

¿Qué personas han sido importantes para tu carrera como escritor?

Cuando decidí ser escritor, Margarita Prieto, Mozart Fleytas y Maybell Lebron. Margarita me regaló y prestó muchos libros, y me animó a escribir en cada charla que mantuvimos. Mozart fue el corrector más puntilloso con el que tuve la fortuna de trabajar. Y Maybell (Premio Nacional de Literatura 2015) nos orientó literariamente a mí y a otros jóvenes. Con ella nos reunimos las tardes sabatinas, de 2003 a 2008, para leer y analizar poemas, cuentos, novelas y ensayos, tanto de grandes autores como de autoría propia.

¿Qué te impulsa a escribir? ¿Cuál es tu musa?

Como lo dijo Roa Bastos en su discurso de recepción del Premio Cervantes 1989, me impulsa la certeza de que «la literatura es capaz de ganar batallas contra la adversidad sin más armas que la letra y el espíritu, sin más poder que la imaginación y el lenguaje».

¿Cómo vives el proceso de escritura?

En la primera etapa, representada por el cuentario Espontaneidad, escribía solo a partir de epifanías: apenas un detalle de la realidad me llamaba la atención, tenía un cuento en la cabeza. En los últimos años también trabajo como un cronista, investigo sobre los temas que me interesa contar y luego me siento a escribir y a corregir un par de veces.

¿A quién le escribes?

A la persona igual de exigente y sensible que yo como lector.

¿Cómo es ser un escritor joven en Paraguay?

Es ir a contracorriente, con más dificultades que en las sociedades vecinas. El Paraguay, a pesar de su historia e importante tradición literaria, es un país desmemoriado y está rodeado de silencio. Por si fuera poco, la mayoría de los jóvenes carece de recursos y oportunidades para sobresalir. Las universidades paraguayas ni siquiera figuran en las clasificaciones mundiales de universidades. Quienes sobresalen lo hacen por un esfuerzo individual, familiar o grupal. Y que yo sepa, ningún escritor paraguayo ha vivido exclusivamente de su obra. En mi caso, ya que no puedo sobrevivir con premios y venta de libros, enseño (dicto talleres de escritura) y edito (libros y la RevistaY.com). Cada uno debe ingeniarse para satisfacer sus necesidades diurnas y vicios nocturnos.

¿Cuáles son tus arraigos y desarraigos?

Decidí ser escritor a los 18 años. Entonces, podríamos decir que me desarraigué de las visitas al campo; a la casona de los abuelos, tíos y primos; y de la relación con los amigos de infancia y adolescencia, todos vecinos. Pensaba que ya no tenía tiempo para perder. Como lector, venía con mucho retraso y debía ponerme al día leyendo cuanto libro cayera en mis manos. Con respecto al arraigo, si miro el historial familiar, estoy enraizadísimo en el Paraguay. El primer Ocampos en estas tierras es el capitán Agustín de Ocampos, que vino con la expedición de don Pedro de Mendoza en el siglo XVI. Pero por elección, estoy arraigado a la patria cervantina.

¿Cómo se representa tu ideología en tu obra?

En la elección de los temas que quiero escribir, casi todos contra las injusticias. Por ejemplo, estoy educándome sobre el feminismo. Aquí se habla mucho de la gloriosa mujer paraguaya (por su participación en las guerras internacionales), pero en la realidad vemos que estamos lejísimos de que las mujeres tengan los mismos derechos que los varones: niñas y adolescentes maltratadas, violadas, embarazadas y obligadas a ser madres; jóvenes y señoras violentadas por sus parejas, muchas asesinadas de las maneras más crueles que nadie puede imaginar (cada siete días, una paraguaya es asesinada por su pareja, expareja o algún macho cercano). Sin contar con los otros casos que no llegan a la violencia física ni con el machismo estructural del que se ufana el expresidiario y actual presidente Horacio Cartes, quien en 2013 afirmó que el «Paraguay es fácil, es como esa mujer bonita», para atraer a los inversionistas. En fin, me gustaría escribir un libro con muchas mujeres como protagonistas.

Según tu cuento Confesión (del libro Espontaneidad), te interesan los temas de pasado reciente en tu país. ¿Es común entre escritores (o jóvenes) interesarse por esos temas en Paraguay?

Me interesan varios temas, entre ellos, el pasado sufriente del Paraguay, también presente en la obra de otros escritores connacionales. En Espontaneidad, incluí tres cuentos ubicados entre los últimos años de la dictadura stronista y los primeros de la llamada transición a la democracia. Nací en 1984 y a Stroessner lo mandaron exiliado al Brasil en 1989. Es una época que emocionalmente conozco gracias a las memorias de familiares, amigos y conocidos. Por eso, en los tres cuentos escribo como un narrador testigo, no protagonista. Confesión nació de la necesidad de contar la historia de un victimario, pues en la literatura sobre la dictadura solo leía sobre las víctimas. Incluso en la ficción, los victimarios continuaban impunes y sus familiares se jactaban de su pasado criminal. Aquí, a pesar de las tres toneladas de los Archivos del Terror (documentos de la policía stronista y del regional Plan Cóndor), ninguno de los criminales de lesa humanidad terminó preso, y mucho menos, se recuperó nada de lo expoliado. Sabía que quería escribir sobre eso, pero solo supe qué cuento escribir cuando un amigo me contó la historia de su padre oficial orgulloso de la institución policial que secuestraba, torturaba, asesinaba…

Para finalizar, si fueras un personaje literario, ¿cuál sería tu nudo? 

Sería similar al del protagonista de la novela Keepthe Aspidistra Flying, sintetizada en esta frase: «Los principios están muy bien, siempre que no haya que ponerlos en práctica». O sea, no quiero convertirme en un personaje de Groucho Marx y decir en la vida real: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros». En un mundo de hipocresía y cinismo aceptados y promovidos como normales, sufro de coherencia: quiero pensar, decir y hacer lo que esté acorde con mis ideales. Como escritor, quiero vivir en función de la literatura; como ciudadano, en función de un mundo solidario, justo y libre.