Texto: Tania Chacón

La tortuga carey, el tiburón ballena, la tortuga verde y el atún aleta amarilla, especies en peligro crítico de extinción, pueden dormir un poco más tranquilas. Por lo menos en Brasil. El 20 de marzo, el gobierno brasileño decretó el hogar de esas criaturas como nuevas unidades de conservación, también llamadas áreas naturales protegidas. Las zonas que se declararon bajo protección son los archipiélagos de Sao Pedro y Sao Paulo, en el estado de Pernambuco; y la cadena volcánica submarina que conecta la Isla de Trinidad con el archipiélago Martín Vaz, en el Estado Espírito Santo.

Con esta acción, Brasil aumentó de 1,5% a 24,5% el porcentaje de sus mares bajo protección y superó la meta que establece el Convenio sobre la Diversidad Biológica de proteger el 10% de los océanos de cada país adherido al convenio antes de 2020. Para ese año, las naciones deben tener también el 17% de las zonas terrestres y de aguas continentales bajo protección. El Convenio fue impulsado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente con el objetivo de tener un instrumento jurídico internacional para la conservación y utilización sostenible de la diversidad biológica. El documento fue ratificado por 168 países en 1993.

En América Latina otros cuatro países han superado el objetivo de zonas marinas bajo sistemas de protección: Chile, México, Colombia y Costa Rica. Este mismo año Chile alcanzó el 43% de protección a sus océanos y México llegó al 23% el año pasado tras poner bajo protección el archipiélago de Revillagigedo. También el año pasado Colombia alcanzó el 14% de protección de sus mares y Costa Rica alcanzó al 15.69% en la misma área.

Sin embargo, para cumplir esta promesa y superar sus metas, frecuentemente surgen los denominados “parques de papel”, es decir, reservas inmensas que existen sobre el mapa pero que no tienen una protección efectiva ante las amenazas. Tal es el caso, por ejemplo, de los 16 parques naturales de la región Caribe colombiana declarados áreas protegidas, como el Tayrona, la Sierra Nevada y Los Rosales. El 90% del territorio de esos parques aún está bajo amenaza a pesar de contar con el decreto de conservación, de acuerdo con las estadísticas del Sistema Nacional de Áreas Protegidas de Colombia. Aunque los cuatro países han logrado avances en materia de conservación, todos se enfrentan al reto de lograr que sus áreas naturales protegidas sean efectivas para la preservación de la biodiversidad en nuestra región.

Instituciones sólidas, presupuesto y derechos indígenas

En 2015 el gobierno chileno anunció la creación de un área marina protegida en las aguas que rodean la Isla de Pascua, en el Pacífico Sur, la cual convertirían en un parque marino. Dicho parque se construiría en territorios de la comunidad indígena rapa nui. Esta comunidad protestó numerosas veces y acusó que la declaratoria de protección de la zona solo obedecía al cumplimiento de los compromisos internacionales, pero afectaba a los indígenas porque restringía su acceso al mar y con ello su estilo de vida pesquero. Hasta 2017 la población rapa nui aprobó en una consulta la creación del parque, el cual es ahora coadministrado por ellos.

En Chile el impacto más importante que han tenido las áreas naturales protegidas es que se han mantenido grandes porciones de territorio sin alteraciones con fines industriales. Así lo explicó en entrevista con Distintas Latitudes Alberto Tacón, miembro de la Cooperativa Talahuala, una organización que apoya el desarrollo de las áreas protegidas chilenas. De acuerdo con Tacón, aunque la protección no tiene un manejo activo, sí se limitan actividades que pueden hacer daño significativo a un área.

Otro impacto positivo está en el desarrollo de la economía local de territorios aislados de Chile, pues cuando se crea un área natural protegida el turismo se activa. “En general, con las comunidades locales el impacto ha sido positivo porque ha cautelado la permanencia de ciertos servicios ecosistémicos y beneficios ambientales que son la base para su economía”, explicó Alberto Tacón.

Paradójicamente, la creación de un área natural protegida en ocasiones limita el acceso a comunidades originarias a sus propios recursos, especialmente si se reservan territorios indígenas. Al respecto de este punto, Tacón dijo a Distintas Latitudes que en Chile no existe el reconocimiento legal para áreas o reservas protegidas privadas, de creación municipal, de gobiernos regionales, ni de territorios indígenas.

Además de incorporar figuras legales que reconozcan los derechos de los pueblos originarios, para Alberto Tacón los mayores desafíos son desarrollar una institución sólida que administre el sistema de áreas protegidas y contar con un presupuesto suficiente que permita un manejo adecuado de las mismas. “En términos prácticos no ha pasado mucho porque ni la institucionalidad ni el costo son los adecuados para poder hacer un manejo óptimo de estas grandes áreas. En este momento Chile vive una transformación institucional con varios proyectos de ley relativos a la administración de áreas protegidas, pero actualmente la legislación que rige es bastante antigua”. Este año, el presupuesto asignado para las áreas protegidas ni siquiera cubre el sueldo de los guarda parques.

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Isla de Pascua, área natural protegida de Chile.

El récord mundial de más especies en peligro inminente 

El territorio protegido del archipiélago de Revillagigedo logró multiplicarse 23 veces y convertirse en un parque nacional gracias al turismo especializado y comprometido con la conservación. Es decir, comenzaron a llegar científicos, académicos y demás personajes interesados en la observación de aves, reptiles y especies marinas. Los lugareños se dieron cuenta que ese tipo de actividades turísticas atraen a mucha gente y se refuerza la economía local.

Ignacio March, director de evaluación y seguimiento de la Comisión Nacional de Áreas Protegidas de México, platicó en entrevista a Distintas Latitudes que en los últimos 20 años se han descubierto cientos de nuevas especies en el país, la mitad de las cuales se han encontrado en áreas naturales protegidas. “Esas especies pueden ser importantes en un futuro, como el caracol conus, el cual tiene una diversidad de venenos y toxinas que están siendo investigados porque pueden combatir enfermedades como el SIDA y el cáncer”, añadió el también biólogo.

Sin embargo no todo es miel sobre hojuelas. En México hay zonas extensas sin decretos de protección, lo cual es preocupante si se toma en cuenta que se trata del país con más sitios que hospedan especies en peligro inminente de extinción. Por ejemplo, en la Sierra de Oaxaca hay 21 especies en esa situación, lo cual representa un récord mundial de acuerdo con los reportes de la Alianza para la Extinción Cero, un proyecto internacional que reúne a organizaciones dedicadas a la conservación de biodiversidad. “Hace falta cobertura, una conservación efectiva que pase de decretos. Hay que buscar acciones y políticas que ayuden a la protección”, dijo a Distintas Latitudes Juan Esteban Martínez Gómez del Instituto de Ecología mexicano, quien añadió que también falta presupuesto para las áreas protegidas.

El doctor Martínez Gómez cree que México necesita generar una economía de la conservación, como en el caso de Revillagigedo. Otro ejemplo es la reserva El Triunfo, ubicada en Chiapas, un estado del suroeste mexicano. En El Triunfo existe un fideicomiso donde trabajan muchos investigadores y científicos, quienes consiguen fondos a través de las actividades que realizan para la conservación. A esa reserva también van muchos observadores de aves.

Condiciones de trabajo adversas y el proceso de paz

Colombia tiene un reto particular en materia de áreas naturales protegidas, un reto ligado a su proceso de paz. Germán Corzo, investigador del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, explicó a Distintas Latitudes que los territorios controlados por la insurgencia durante mucho tiempo tuvieron reglas muy estrictas alrededor de la deforestación. Cuando esos grupos insurgentes dejaron esos terrenos, las zonas se volvieron vulnerables a las acciones del hombre una vez más.

De acuerdo con Germán Corzo, también experto en botánica, zoología y ecología, en el país hay ecosistemas que están subrepresentados, como el caso del bosque seco tropical, el cual tiene una representatividad en áreas protegidas menor al 1%. Al mismo tiempo, hay otros ecosistemas sobrerrepresentados, como los de la amazonía.

A pesar de que el proceso para declarar un área protegida es largo, engorroso, burocrático, no existe una suficiente planta de funcionarios, ni presupuesto, quienes trabajan por la conservación han logrado cierto nivel de visibilidad de los territorios. En opinión de Germán Corzo son esos funcionarios quienes han logrado mantener la biodiversidad, aún en las condiciones adversas en las cuales trabajan día a día. A esos trabajadores también se les debe haber incorporado en el imaginario público temas de protección natural. Los legisladores, por ejemplo, son cada vez más sensibles en todo lo que atañe al tema y se le han otorgado derechos, por ejemplo, a la selva amazónica.

Los servicios ecosistémicos de Costa Rica

Las áreas protegidas también han ayudado a que en Costa Rica se otorguen servicios ecosistémicos como el agua. Por ejemplo, el Parque Nacional Tapantí es una importante fuente de agua para gran parte de la población costarricense. También está el caso del Parque Nacional Braulio Carrillo, donde ha trabajado Bernal Herrera, vicepresidente para América Latina de la Comisión para el Manejo de Ecosistemas. En ese parque mecanismos como el pago por los servicios ecosistémicos y el manejo forestal sostenible a pequeña escala han contribuido a detener procesos de deforestación. Hoy en día, de acuerdo con Bernal Herrera, esa masa boscosa es una de las zonas mejor conservadas.

Costa Rica no se queda atrás en el desarrollo del turismo gracias a sus áreas naturales protegidas. Un alto porcentaje de ese turismo visita las zonas de conservación, genera ingresos importantes por concepto de entradas y activa la economía local.

El reto del país centroamericano, según lo dicho por Herrera a Distintas Latitudes, está en reforzar el trabajo realizado en las áreas naturales protegidas. “Se requiere de un monitoreo sistemático para comprender mejor los impactos del manejo, y así informar a los manejadores de las áreas protegidas para diseñar estrategias de adaptación a las nuevas condiciones generadas por el cambio del clima”, detalló el también vicepresidente de la Alianza Mesoamericana para la Biodiversidad.

Para Bernal Herrera también es importante recordar que las áreas protegidas y su biodiversidad no se encuentran aisladas, por lo tanto su conservación no será suficiente si no se consideran las especies que viven fuera de ellas. “Hay que reconocer que las áreas protegidas son la columna vertebral de un sistema de conservación […]. Sin embargo, para lograr que estas áreas funcionen, es necesario conservar la biodiversidad mediante estrategias que generen valor a los ecosistemas que se encuentren fuera de ellas”, explicó quien también es subdirector técnico de una organización dedicada al manejo responsable de los recursos naturales de Costa Rica, llamada Fundecor.

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Parque Nacional Tapantí, área natural protegida de Costa Rica.

Personal y presupuesto

Las áreas naturales protegidas son relativamente fuertes en América Latina, así lo ve Germán Corzo. Aunque México, Chile, Colombia y Costa Rica acompañan sus áreas naturales de un impulso y fortalecimiento de la economía local, también sufren problemas de presupuesto, personal y políticas efectivas. En la opinión del investigador del Instituto Humboldt, “todas las recientes declaraciones y superación de metas nunca serán efectivas ni tendrán buenos resultados si no van de la mano con aumento de personal y presupuesto”.

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