Fotografía: Andrés Schlanbusch

Álvaro Zambrano nació en La Serena, una región semiárida donde el desierto florece y los viñedos son generosos. Su padre trabajaba en las minas pero Álvaro estaba destinado a las tablas: basta con ver cómo su cuello se ensancha, su pecho se hincha y sus centímetros de estatura se agigantan con gracia, frente a decenas de personas, antes de cantar.

Es cantante lírico en la Ópera de Leipzig, un prestigioso escenario en el este de Alemania, donde se ha consagrado como tenor. Aunque la pandemia redujo el tamaño del público y los perfomances de los cantantes, Álvaro sabe que su arte es capaz de sanar. 

“Antes de que cerraran los teatros de nuevo, hicimos unas funciones para que la gente viniera y la pasara bien”, dice mientras su acento chileno se asoma. 

Lloran. Ríen a carcajadas. Se estremecen. Durante unos minutos, la conexión entre Álvaro y quienes están en la sala transgrede los dos metros que recomiendan los expertos. Por unos minutos, la única tragedia que existe es la que cuentan los registros de los tenores. 

“Esa conexión entre el artista y el público es una especie de medicina”, dice. “El arte que hacemos es especial, pero también muy frágil”.