Fotografía: Fabiola Mouzo

Isidro Molina sigue pagando la línea móvil de su hijo, Paco, por si algún día decide llamar. El celular de Isidro no se apaga, ni deja de sonar, desde el 2 de julio de 2015.

Paco era menor de edad cuando abandonó su casa y no volvió. La mirada de Isidro, su padre, es dura. Y cansada. Durante ocho años de búsqueda ha habido una sola pista concreta: un testigo dice haber visto a Paco subir a un autobús destino Madrid. No hay imágenes, no hubo cámaras de seguridad que lo captaran, nadie más lo vio.

“Mientras no haya evidencia de muerte, hay esperanza de vida, seguimos esperando volverlo a abrazar”, dice Isidro.

El paso del tiempo no perdona. Hay más arrugas, más canas, menos pelo y agotamiento. De Paco, nadie sabe. La inteligencia artificial le ha dibujado a su padre varias alternativas: con barba, sin ella, más hombre, la misma cara de cuando tenía 16. Pero ni la más avanzada tecnología es capaz de ofrecer alguna certeza que apacigüe a un padre desolado.

-Sigue pagando su línea móvil, ¿Cree que Paco algún día va a llamar?

Isidro se resigna. Y es duro.

-“Honestamente, creo que no”.