Fotografía: María José Dugarte

Los viste, los compra y los vende. Los relojes no son accesorios para Isidro Villarroel, sino la afición que lo hizo el relojero de confianza de la avenida Rómulo Gallegos. Llegó al lugar hace 11 años, y aunque vio enfrentamientos entre bandas, robos y protestas, nunca se retiró ni dejó que un cliente se fuera insatisfecho.

Con 62 años, la responsabilidad es como el Casio que lleva en la muñeca, indispensable. Agujas, correas y micas confirman su filosofía: “Para todo hace falta escuadra, metro, nivel y matemática. Sin eso, reparar, construir y balancear es difícil”.

Cree que hay que trabajar para el futuro. Salir de un sector de campesinos se lo enseñó. Tras 30 años de trabajo, y varias arrugas a la vista, su anhelo es más una necesidad básica: quiere regresar a su pueblo, montar un local y abrir a las 7:00 am y no a las 5:30 am. Aprecia las 24 horas, pero extraña descansar. Ya no es tan analítico con el tiempo, solo importa si hay experiencias: “Me gusta llegar en la mañana, saber que tengo mis pájaros, echarles comida y alegrarme cuando me cantan”.