Todo empezó con una puntada de margarita. Una pequeña hoja bordada sobre un pañuelo, cuando tenía ocho años. La conserva hasta el día de hoy, ya que la tradición manda que las bordadoras conserven sus “muestras”, sus primeras piezas.
A los 33, Norma Sueli Nascimento de Souza ya no usaba agujas sin filo. Había perdido la cuenta de cuántas piezas había bordado, siguiendo el ejemplo de su madre, su abuela y tantas otras mujeres de la comunidad pesquera de Pedra do Sal, en la costa de Piauí. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el bordado, más que una tradición transmitida de madre a hija, era un camino hacia la autonomía y la independencia económica.
Hoy, Norma y las demás bordadoras de Pedra do Sal han expuesto su trabajo en ferias de todo el país. Cada pieza presenta un poco de la biodiversidad de la región, bordando ibis escarlatas, cajús y tortugas.
En los talleres, las mujeres intercambian historias, conocimientos y angustias. Norma escucha todo y acoge con agrado a cada enseñanza. Dice que el bordado la ayudó a curar la depresión. “A través de él me conecto con mi ancestralidad, con mis raíces, con quien realmente soy”.