Fotografía: Facultad de Periodismo y Comunicación Social. Universidad de La Plata

Faltan días para las elecciones en Argentina. 

Vivi, desde la cárcel de mujeres, proyecta: “Ojalá ganemos, pero si no, tenemos que hacer el proyecto de radio igual. Estoy hablando con los centros universitarios y quieren participar. A mí me van a tener ahí”.

De fondo suena una cumbia que ella termina acompañando con rallador y pasito de bailanta, sacudiendo su cabello rubio trenzado que cae sobre la espalda de una amplia remera universitaria. Aporta, además, un coro como un hechizo de amor.

Dos días después, Viviana pierde la vida en el encierro. Paro cardíaco. Falta de medicación. Su condena perpetua se volvió de muerte. 

¿Cómo seguir? En la biblioteca que coordinaba intramuros se ceban mates llenos de azúcar y lágrimas. Todo va a costar todavía más que antes. Ella siempre estaba ahí.

Luego: un velorio sin cuerpo. Su familia obtiene el consuelo de encontrarse con sus pertenencias, que sí pueden salir de la celda.

En el homenaje, sus compañeras se reúnen. Para construir futuro, mantienen presente a Vivi. Creen en lo mismo que ella y recuerdan todas sus vidas: militante, docente, detenida, licenciada. Guerrera. Referenta. 

Finalmente, las presas cuelgan un cartel de madera tallada donde duermen: “Pabellón Universitario Viviana Blanco”.