“Tijuana es el emblema del desorden urbano: se hacen casas y caminos donde se puede, te instalas como se puede, te enamoras como se puede… en fin, es una ciudad donde se improvisa muchísimo el ámbito social y cultural. Es caótica esa forma de relacionarse con el espacio” (Dr. Miguel Olmos, investigador del Colef)

 

 

Pregunté a un antropólogo sobre el espacio público en Tijuana, a fin de que me orientara sobre cuáles son los lugares que en esta ciudad fronteriza sirven para el encuentro, para crear comunidad, para construir sociedad. Y antes de responder me cuestionó “¿tú a dónde sales a pasear? ¿vas al cine, a la plaza, al parque, a la playa, a la calle?”. Reflexioné acerca de ello sin hallar respuestas específicas: me di cuenta que opto por espacios privados, y que convivo con propios y no con extraños. Pero también entendí que la tijuanidad se construye en ambos ámbitos (espacios públicos y privados), pues en términos urbanísticos son pocas las alternativas para salir a pasear y, en cuestión de identidad, Tijuana reúne una amplísima gama cultural cuyas nociones y necesidades espaciales son asimismo diversas, consiguiendo a veces la satisfacción del encuentro en lugares particulares (como casas, bares, cafés, centros de trabajo).

Acudí a los expertos para ubicar precisamente los espacios no privados que se prestan para la convivencia y todos coincidieron en nombrar los dos parques con mayor verdor (Parque Morelos y Parque de la Amistad de Otay) y un centro comercial: la Plaza Río. Los parques concentran principalmente familias los fines de semana y permiten ejercer el derecho ciudadano al esparcimiento: dentro de ellos hay juegos para niños, zoológico, albercas, ciclopistas, asadores, sombras, escenarios para espectáculos y áreas para realizar manualidades. En la Plaza Río acuden asimismo familias pero mayormente son jóvenes quienes optan por pasear allí (grupos de amigos, parejas); y como recreo van al cine, toman un café o sólo se postran en alguna de las bancas.

Sin embargo, al referirnos a dichos lugares quedó en evidencia la escasez de opciones públicas, pues acá no contamos con una enorme plancha de concreto –como el Zócalo capitalino– alrededor de la cual haya otros intereses comunitarios, ni hay alternativas culturales (museos, galerías, foros) de atractiva o accesible oferta. Y no es que no existan los centros de cultura, la cosa es que no convocan cantidades significativas como para considerarse verdaderos sitios de reunión (unos resultan elitistas por sus altas cuotas para ingresar, y otros parecen demasiado escolares).

Además hay otros factores que abonan a la necesidad de nuevos-mejores-mayores espacios públicos: la población incrementa, la ciudad se expande y todo queda más lejos. Me lo puntualizó un urbanista: “Los espacios están ligados a la geografía, o sea, ‘si no está cerca de mi casa no voy’…”.

 

 

Urbanización improvisada

 

Tijuana, como muchas ciudades del norte de México, no se construyó alrededor de un centro (de hecho ahora es una ciudad policéntrica extendida a lo largo del bordo) sino que desarrolló su infraestructura en función al cruce fronterizo. El antropólogo Miguel Olmos, director del Departamento de Estudios Culturales del Colegio de la Frontera Norte (Colef), me explicó esto cuando lo entrevisté para Distintas Latitudes.

“El centro está definido por el cruce. La garita es un lugar de memoria muy fuerte en Tijuana, a pesar de que no es un lugar donde se asienta la gente. Diría Marc Augé es un No Lugar, porque no se crean relaciones, son lugares de paso igual que las terminales de autobús. Pero curiosamente se van estableciendo como lugares de memoria porque las personas pasan por ahí, saben de la importancia política-ideológica de un cruce fronterizo hacia uno de los países más poderosos del mundo”.

En general la ciudad, a lo largo de su historia y las diversas administraciones, ha improvisado en cuestión urbanística, es decir, ha edificado sus espacios al margen de una planeación urbana propiamente, donde los gobernantes en turno impulsan desarrollos por partes en busca de solucionar problemas precisos (habitacionales, viales, pluviales). Esto lo observó otro doctor del Colef con quien charlé: el urbanista Tito Alegría, investigador del Departamento de Estudios Urbanos y Medio Ambiente.

“México no tiene tradición de planear las cosas, tiene tradición de hacer planes. Tijuana tiene casi tres décadas de planeación y a veces se llevan a cabo partes del plan. Muchas veces lo que hace el gobierno no tiene un plan urbano detrás… Ven un problema con diferentes soluciones, eligen una y eso es lo que han estado haciendo a lo largo de cada trienio”.

Tito Alegría apunta a la falta de espacios públicos que funjan como auténticos ejes de interacción humana, y distingue que ante este faltante y la creciente llegada de nuevos pobladores (por la migración) la ciudadanía reproduce las tribus, llevando a cabo el encuentro social dentro de las casas. En ello el urbanista aprecia un efecto positivo en términos de cosmopolitismo, en tanto que a mayor diversidad las personas se vuelven más indiferentes hacia los otros, lo que no ocurre en ciudades conservadoras donde lo que es distinto ofende.

“Aquí hay más una indiferencia, creo yo, de cómo hacen su vida los demás ‘mientras no se me metan con la mía’. En otras ciudades más conservadoras, menos cosmopolitas, la gente se mete más en la vida de los demás, les importa más la vida de los demás, se sienten ofendidos cuando alguien es diferente, entonces la indiferencia ayuda a que sea más cosmopolita el asunto. La indiferencia surge a raíz de que es una ciudad de migrantes. Aunque existe la probabilidad de encuentros no hay el tiempo para llevarlos a cabo, entonces con más diversidad tienes que ser más indiferente”.

Son las reglas de convivencia de las ciudades sobrepobladas, cuyas características –se podría decir– obligan a la tolerancia para lograr se participe en espacios comunes.

 

 

El espacio binacional

 

Existe otro elemento que me interesaba platicar con los investigadores del Colef: la frontera, el bordo, literalmente el muro. ¿Qué representa, si hablamos del espacio público? ¿De qué manera delimita nuestra noción espacial? Digo, permanentemente lo vemos: detrás de esa valla metálica, oxidada y vieja, ahora además se alza imponente un segundo muro, cuyo mensaje me parece claro: ni lo intentes, no eres bienvenido, quédate donde estás (mensaje que se refuerza con todos los vehículos terrestres y aéreos de la patrulla fronteriza). Si la noción de espacio determina a aquel que vive en la selva, o en el desierto, o en rancherías, o en el ártico, o en la costa… supongo que ha de repercutir vivir en un entorno urbano frente a una barda que demarca visual-física-conceptualmente el paisaje.

Ante esto, el antropólogo Miguel Olmos señaló que, efectivamente, la frontera es una constante representación de lo privado, pues si bien más allá de ese muro se puede hablar de espacios públicos, no son espacios que compartamos los mexicanos: “Los mexicanos compartimos un espacio público a nivel nacional, pero ya que cruzamos al otro lado hay un espacio público que es de otra nación. Algo muy importante de la frontera es ver que funciona con varios filtros a nivel de espacio: por un lado es una delimitación del espacio público a nivel nacional, pero a la vez es una división del espacio público internacional”.

Justo en la esquina de Tijuana, la que muchos reconocen como la esquina de Latinoamérica (donde el muro fronterizo se junta con el océano Pacífico), organizaciones civiles y grupos religiosos realizaron durante años actos para –de manera simbólica– hacer invisible la división entre los dos países, para crear un espacio público de encuentro binacional. Allí se llevaron a cabo misas, meditaciones, fiestas y reuniones familiares con personas que acudían de ambos lados de la frontera con el fin de compartir momentos con sus seres queridos, estar cerca, platicar, tocarse. Lamentablemente esta tradición se convirtió en prohibición por las autoridades estadunidenses al erigirse el segundo muro (en 2009), y ya no permiten que del lado californiano se llegue libremente a esa esquina. Aún puede hacerse, cierto, pero se deben tramitar permisos y atenerse a la cercana vigilancia de los custodios del muro. De hecho en mayo habrá un fandango fronterizo con jaraneros de California y de Tijuana, tocando cada uno desde su país; intenciones románticas (por borrar la frontera y su brutalidad) que muchos agradecemos.

 

 

Arte urbano, intervención pública

 

Los artistas, por su parte, luchan por resignificar el espacio público, tanto en la zona fronteriza como en las calles, parques y plazas. Lecturas de poesía con altavoz que ocurren sin previo aviso, en alguna de las paradas de autobús o desde la azotea de un comercio, tienen como objetivo romper la monotonía del tránsito de las personas, asombrarlas, acaso contagiarlas. Performances igualmente sorpresivos (teatrales, musicales, operísticos y dancísticos, incluso con intenciones subversivas) han tenido lugar frente a transeúntes a las afueras de la catedral de la Zona Centro, en los puentes peatonales de la 5 y 10, en la línea para cruzar a San Ysidro, en las explanadas de algunas plazas como la Santa Cecilia. Los artistas buscan no sólo dar a conocer su propuesta sino acercar diversos públicos al arte contemporáneo, romper con el acartonamiento del arte institucional y extender los alcances de su obra con un perfil incluyente. Estas expresiones, como su propio género lo revela, intervienen el espacio público.

La revista tijuanense ‘Zona Límite. Arte para salvar a México’, editada por el artista Jaime Cuanalo, expresa en su sección Espacio Público conceptos muy claros acerca del esfuerzo de estos individuos y colectivos que comparten su lenguaje artístico a la intemperie, refiriéndose a la función social que hay en ello, no sólo como producto contemplativo.

“Es importante denotar el interés de estos artistas por rescatar el espacio público como un entorno que enriquezca la vida y la complemente para transformar el espacio público en algo que, por así decirlo, le dé algo qué ver a la ciudad; no sólo banquetas, muros, centros comerciales, bancos, bares, estacionamientos…”.

Aunque sería difícil medir el impacto real de tales planteamientos estéticos/conceptuales, sobre todo porque su naturaleza es efímera. Pero con similar intención, valdría destacar la labor de otro grupo de artistas cuya contribución al paisaje urbano, cuyas intervenciones del espacio público, son permanentes o al menos mucho más duraderas: los muralistas. Numerosas avenidas de la ciudad, no necesariamente las más importantes, exhiben coloridos murales desde hace un par de años (antes eran menos presentes, mas sí había). Fue iniciativa de un festival anual titulado Entijuanarte invitar a una veintena de artistas (con experiencia en pintura a gran escala) a realizar murales en las fachadas de los establecimientos de la avenida Revolución justamente para dejar un testimonio visual de dicho festival, más allá de los dos días que dura al año. Así, artistas de Tijuana, D.F., Oaxaca y Cuba, entre otros lugares, se apropiaron de enormes paredes y cortinas metálicas para plasmar su obra a manera de donación a la ciudad. Por otro lado, al margen de una organización formal como la de esta convocatoria, colectivos de muralistas (entre ellos el denominado HEM – Hecho en México) y artistas urbanos independientes desde tiempo atrás han emperifollado bardas de domicilios particulares y bares con imágenes que sin duda brindan un avistamiento distinto de la urbe, diría que agradable.

Estas ofertas públicas de arte (lecturas de poesía, performances, muralismo) podrían verse como una imposición, pues nadie nos consultó si estábamos de acuerdo (como nadie nos consulta a la hora de alzar un puente, cerrar calles o poner parquímetros). Estas formas podrían no parecer distintas al feligrés que con megáfono nos advierte del fin del mundo o nos lee versículos de la biblia en una esquina. Y tal vez sean modos rudimentarios de educar sobre el arte y el espacio compartido, o quizá se trate de la vanguardia en cuestión de civilidad urbana y discurso artístico. Cada quien hará su valoración; por mi parte opto por reconocer la aportación y analizar su sentido ciudadano, como lo sugiere la revista de Cuanalo: “Posiblemente intervenir el espacio público sea el esfuerzo más eficaz y rápido para llegar a un cambio en la imagen, calidad de vida y la originalidad de la ciudad de Tijuana, pudiendo ser la chispa que determine nuestro futuro”.

Esto en definitiva no resuelve las necesidades espaciales, pero embellece e incita a un nuevo diálogo con el entorno, un diálogo imaginativo, creativo, amable, no violento; aunque (claro) para ello hay que transitar por donde ocurre el hecho artístico.

 

 

 

 

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Referencias:

 

Entrevistas:

Dr. Miguel Olmos, antropólogo, investigador, director del Departamento de Estudios Culturales del Colegio de la Frontera Norte (Colef).

Dr. Tito Alegría, urbanista, investigador del Departamento de Estudios Urbanos y Medio Ambiente del Colegio de la Frontera Norte (Colef).

 

Revista ‘Zona Límite. Arte para salvar a México’ No. 7

http://colectivouan.com/revista.php