1. La llamada

“¿Aló? ¿Con doña Ana Mayusa? Soy Matías Jaccard” (mi nombre completo es Nathan Matías Jaccard, pero de periodista sólo uso el segundo si quiero que no suene raro).

“Estoy escribiendo unos perfiles sobre gente que resistió a los paramilitares”.

“Sí – me contesta – mmmm, no sé, no lo conozco. Si quiere nos vemos mañana”.

Le digo, con tono de mercader árabe: “Es sólo para una pequeña entrevista, no quiero molestarla, incomodarla, hablemos ahora” (en realidad tengo poco tiempo, sé que sólo voy a escribir dos párrafos y quiero salir rápido de la tarea).

“Bueno, si quiere”, me dice reticente Ana. “Fui de una familia muy unida. Mi papá era dirigente de la Unión Patriótica (la UP, un partido de izquierda creado después de acuerdos de paz entre el gobierno y las Farc en 1985), mis ocho hermanos y mi madre también”.

“Ajá, sí señora”, le digo.

“Pero – sigue Ana- el Estado tomó represalias y empezó el exterminio. Nos tuvimos que ir, dejamos todo”. Su voz se sacude cada vez más, atravesada por silencios y suspiros. Y yo me siento cada vez más como un idiota, al otro lado de la línea, anotando la tragedia en un cuadernito escuelero.

“En 1992 mataron a mi hermano Salomón, sus cuatro hijas quedaron solas, huérfanas. En 2003, Alexander, el menor, desapareció. A los 20 días lo encontraron descuartizado”. Ya es evidente que está llorando, atacada, y que mi llamada fue lo peor de su día.

Igual, Ana sigue con su dolor, salpicado de lágrimas. “En 2006 me metieron presa, en un proceso por rebelión. Allanaron mi casa como bestias, nos esposaron con mi marido delante de nuestros hijos. Hasta 2008, me encerraron en el Buen Pastor (la cárcel de mujeres de Bogotá). Me dieron una absolución total”.

“Terrible, señora, terrible”, le respondo. Sé que no es de lo más sensible, pero no sé qué se supone que tengo que decir. “En 2009 asesinaron a Luis, mi otro hermano. Y el 31 de diciembre de 2010, mientras estábamos celebrando, nos llegó la noticia que habían matado a otro hermano, José. Todavía no nos atrevemos a decirle a mi mamá, está muy mal, muy mal”.

Yo: “Tenaz, doña Nieves”.

Ella, gimiendo: “¿Sí ve?… Por eso quería que nos viéramos”

Yo: “Si quiere la otra semana la llamo, y hablamos harto tiempo, hacemos una historia larga, voy a su casa”.

Ella: “Bueno, si quiere”.

Cuelgo, y ahora sí que me siento como un completo imbécil, un insensible. Por perezoso, por cómodo, por tener mi culo atornillado al cubículo. Deprimido vuelvo a la rutina del periodismo de oficina: mucho teléfono, mucha voltereta (ejercicio de malabarismo que consiste en coger una noticia de agencia o de otro medio, cambiarla un poco, añadirle unos detalles y publicarla), mucho copy-paste y poca calle.

Yo ya tengo mis dos párrafos para el perfil. El trabajo está hecho.

Son estos los momentos donde me pregunto para qué putas sirve el periodismo. ¿De qué sirven mis dos párrafos? ¿Qué voy a hacer yo por esta señora? Escribir. ¿Y qué le va a cambiar? Nada ¿Sería mejor regalarle ropa, comida, guiarla hacia alguna ONG? No sé, no creo.

Impotencia total lo que siento muchas veces cuando trabajo.

2. El sueldo

Desde agosto de 2009 trabajo para el portal VerdadAbierta.com, un medio electrónico que nació en 2008 por la preocupación de hacerle seguimiento al proceso de desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc).

El portal es financiando por la Open Society, fundación del multimillonario George Soros y por cooperación internacional. Trabajamos en las oficinas de Semana, la revista de noticias y política más importante en Colombia (la única de hecho), con la redacción del punto com, que también cuelgan nuestros artículos en su página.

Cubro audiencias de confesión de paramilitares, ante fiscales y magistrados, hago entrevistas a jefes ‘paras’, historias de víctimas, alguna investigación, multimedias y muy de vez en cuando un viajecito a las regiones (en realidad, sólo dos hasta ahora).

Yo siempre quise ser piloto, hasta que a los 13 me di cuenta que era muy malo en matemáticas. Pero bueno, influenciado por mi abuelo periodista, mi papá fotógrafo, pensé que tal vez ser reportero era mi vía.

Comparándome con el grueso de los periodistas, creo que tengo demasiada suerte. Tengo un sueldo decente y un contrato fijo, a diferencia del más de 50 por ciento del gremio. Trabajo en un medio independiente, pero está ligado a Semana, revista respetada, temida y conocida, lo que facilita el acceso a muchas fuentes. Hago mis historias, tengo mi agenda, sin la obligación de estar pegado al radio para escribir lo que los locutores gritan. Si no escribí un artículo hoy, nadie me va a joder.

Eso sí, no me llegan invitaciones para embarcarme en el último crucero de Royal Caribean. Las empresas y agencias de comunicación tampoco me mandan agendas y cuadernos en Navidad. No me convidan a desayunos de trabajo, cócteles o lanzamiento de libros. Un regalito de vez en cuando no viene mal ¿O no?

3. El diagnóstico

“No se quede más de dos días en el mismo sitio” – Un funcionario que trabaja sobre restitución de tierras robadas.

“Si tienes una cita, que sea en un sitio público, nunca te vayas detrás de la persona a una casa o algo” – Un ex paramilitar.

“Todos apaguen sus celulares y sáquenle la batería” – Mi jefa en una reunión de trabajo, antes de coger los teléfonos y llevárselos a otro cuarto.

“Somos comerciantes” Mi jefe y yo registrándonos en la recepción de un hotel en Valledupar.

Se supone, y muchos lo creen, que ser periodista en Colombia es peligrosísimo. Cuando empecé, en el fondo pensaba que sí, que los pillos, ‘guerrillos’ y ‘paracos’ querían censurar mis súper investigaciones, mi cruzada contra los corruptos y los violentos. Casi como si el premio al buen periodismo fuera una amenaza.

Hoy, un año y medios después de haber empezado, nada, no me ha llegado nada. Ni un “fulanito le manda saludos”, ni un teléfono que suena raro, chuzado, ni un tipo mal encarado que me sigue de vuelta a casa. Ni siquiera una carta con calaveras citándome a mi entierro. Nada.

O no hago buen periodismo, o acá todos tenemos una tendencia a la paranoia aguda.

Sin embargo, es innegable el dato: desde 1977 han asesinado a 138 periodistas en Colombia. En 2010, 173 fueron incluidos en el programa de protección del ministerio de Interior. Pero lo cierto es que Colombia es peligrosa para cualquiera, y no es necesario ser reportero, defensor de derechos humanos o sindicalista para que pase algo.

En los últimos dos años me han tratado de atracar dos veces, me robaron billetera y celular hace unos meses y me hicieron el paseo millonario. No he tenido la mejor suerte del mundo, he estado donde no hay que estar cuando no hay que estar como no hay que estar (con unos tragos, más que todo). Pero no tiene nada que ver con mi oficio. Y le ha pasado a amigos ecólogos, arquitectos y estudiantes.

Ahora, ¿hay presiones? Claro.

En junio pasado demandaron el portal por uno de mis artículos sobre un paramilitar que confesó alianzas con un coronel activo del Ejército.

Hace unos meses, a las 8 de la noche, una senadora me llamó furibunda, por una breve que escribí, donde precisaba que su marido había sido condenado por aceptar plata de los ‘narcos’ en su elección en los noventa.

Una vez uno de los directores de Semana bajó escandalizado por una nota sobre dos sindicalistas asesinados por los paramilitares, en las minas de carbón de Drummond, una multinacional gringa.

¿Había que hacer estos artículos? Claro.

Pero confieso que:

  1. No siempre nos acordamos de poner presunto o supuesto delante del nombre del incriminado.
  2. Muchas veces no llamamos a la persona que los ‘paras’ denuncian, por falta de tiempo, pereza, convicción  o para no complicarse.
  3. Casi nunca nos ponemos en los zapatos del acusado, en un país donde la justicia funciona a medias, y las venganzas por confesión interpuesta son corrientes.

Eso sí, tratamos de hacerlo cada vez más. Y si la historia está bien reporteada, es precisa y con un relativo equilibrio (eso de la objetividad es una maricada), el artículo está blindado.

4. Fin

Lo bueno del periodismo en Colombia, es que como está el país, hay trabajo para rato.

Lo malo, es que hay trabajo para rato.