Texto: Diego Pérez Damasco

Foto de portada: Natalia Jiménez

  • En tan sólo 26 días Mario y Roberth, y con ellos miles de gays, lesbianas y personas de la diversidad sexual de Costa Rica, pasaron de la ilusión de casarse legalmente a la incertidumbre –e incluso el miedo– de no saber qué ocurrirá con ellos en el país en el que aman vivir.

Esta es la historia de una boda que no fue, pero también de cómo la política influye en nuestras vidas: a la vez que es un motor de cambio y esperanza, puede ser un arma que atenta contra toda la sociedad.

Todo empezó el 9 de enero de 2018, un día que ya quedó para siempre en la historia de Costa Rica. Entre estupefacción, incredulidad y alegría, colectivos y activistas LGBTI recibimos una noticia esperanzadora: la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH) reconoció el matrimonio entre personas del mismo sexo y el derecho al nombre y cambio de sexo en los documentos de identidad como derechos humanos de las personas que debían ser reconocidos por el Estado.

Esta noticia llegó en medio del proceso electoral más incierto en la historia del país. Esto modificaría todo.

El (breve) triunfo del amor

Cuando en mayo de 2016 la vicepresidenta de Costa Rica, Ana Helena Chacón, presentó ante la CorteIDH una solicitud de opinión consultiva sobre los derechos patrimoniales de las parejas del mismo sexo y el derecho al nombre de las personas trans, posiblemente no se imaginó la magnitud del terremoto político que se desataría casi dos años después.

La consulta de Chacón ante el máximo tribunal latinoamericano era sobre si Costa Rica estaba haciendo lo suficiente para que las parejas del mismo sexo pudieran tener seguridad jurídica en la administración de sus bienes y herencias, y si estaban bien los mecanismos existentes para que las personas trans cambiaran de nombre.

Un día sí, un día no, desde diciembre de 2017, circulaban mensajes en los canales de WhatsApp diciendo: “hoy sí, hoy saldrá la respuesta de la Corte”. Por eso, cuando el rumor volvió a correr la mañana del 9 de enero de 2018, muchos estábamos escépticos. Quizás la Corte se esperaría hasta después de las elecciones. Pero no fue así.

Ese 9 de enero amaneció como cualquier otro martes para Mario Arias y Roberth Castillo, una pareja con tres años de convivencia, vecinos de La Sabana, un barrio capitalino de clase media en Costa Rica, ubicado en las inmediaciones del parque urbano más grande del país.

Siguiendo su rutina, Mario se alistó temprano y se fue caminando hacia su trabajo como informático, al otro lado del parque de La Sabana, pasando entre el contraste de la agitación de la mañana capitalina y la paz de ese pulmón urbano. Roberth se quedó en casa, en donde desarrolla sus labores como diseñador.

Los rumores no afectaron sus jornadas regulares hasta que alrededor del mediodía el texto de la opinión consultiva se filtró en grupos de WhatsApp de activistas no solo de Costa Rica, sino de toda la región. Mario pasó más de una hora tratando de entender lo que implicaba aquella resolución. Aunque el texto era muy explícito, aquello era muy bueno para ser cierto:

“¡La Corte nos está diciendo que el matrimonio igualitario es un derecho humano! ¡Y esto es vinculante para Costa Rica, y de acatamiento inmediato!”

El júbilo estalló. Mario y Roberth sabían lo que la decisión de la CorteIDH significaba para ellos. Ese mismo día, martes 9 de enero, la vicepresidenta Chacón convocó a una conferencia de prensa en la Casa Presidencial para explicar los alcances de la opinión consultiva, e invitó a activistas a presenciar el momento. Las palabras de Ana Helena, como es llamada de forma íntima por quienes la admiran, fueron conmovedoras:

“Quiero decirle a todas las personas que hoy encuentran esperanza y luz en la resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, a quienes ven en ella sus proyectos de vida futura en igualdad y sin discriminación, que este logro es gracias a ustedes, [es] producto de sus empeños, de sus luchas, de sus dolores; y que reivindica el amor frente a ese odio que han resistido mil veces en una sociedad que, por no entenderles, les excluyó con violencia y les trató como personas sin derechos”.

No pude contener el nudo en la garganta. Pocas horas después la Fuente de la Hispanidad —un punto en el que se han celebrado otros logros como el pase a los octavos de final de la selección nacional en 2014 o la victoria electoral del actual presidente, Luis Guillermo Solís— fue tomada por decenas de personas de la diversidad sexual. Era una fiesta. Entre la multitud y los carros, miré la gran pantalla sobre el icónico Mall San Pedro, frente a la rotonda, en donde se leía el día y la hora. Me grabé en la memoria esta fecha que se sentía histórica.

Mario y Roberth también se dirigieron a la Fuente de la Hispanidad. Allí, mientras celebraban con todos los demás, pensaban  en todos los pasos legales para casarse. Lo que parecía tan distante era ahora tangible. El matrimonio igualitario ya era efectivo. Cualquier pareja del mismo sexo podría buscar un notario que la casara o tramitar el matrimonio civil en un juzgado de familia.

Si las estimaciones del seguro social costarricense son verdaderas, unas 27 mil parejas tenían ya la posibilidad, al igual que Mario y Roberth, de acceder no solo al matrimonio sino a otros derechos como los patrimoniales, el reconocimiento social, y hasta la regularización migratoria. Más de 50 mil personas LGBTI podían transformar sus vidas.

A los pocos días, Mario y Roberth hicieron un anuncio público y se convirtieron en el símbolo del primer matrimonio gay de Costa Rica.

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La historia de Mario y Roberth empezó cinco años atrás, cuando, luego de años de mantener una conexión a distancia por Internet,  se encontraron en persona por primera vez en Curazao, una isla caribeña. Mario es alto, de piel blanca y muy delgado. Lo caracteriza su barba bien cuidada y su tono de voz apacible y ameno. Roberth es de estatura promedio, moreno y menos delgado que Mario. Es más extrovertido y hablantín que su pareja; es venezolano y ya tiene más de tres años de vivir en Costa Rica.

Desde su primer encuentro en persona, Mario y Roberth supieron que tenían que hallar la forma de estar en el mismo país. El asunto migratorio siempre ha sido motivo de incertidumbre para la pareja.

En diciembre, cuando corría el rumor de que se publicaría la respuesta de la Corte Interamericana, un poco en broma, Mario y Roberth decidieron que si la resolución obligaba al Estado costarricense a reconocer el matrimonio igualitario, ellos se casarían. Esa boda cambiaría su calidad de vida, les traería estabilidad y tranquilidad.

“En una pareja heterosexual, cuando se tiene viviendo bastante tiempo, y una de las partes tiene problemas migratorios, que sería mi caso, lo que se suele hacer es que se casan”, me contó Roberth Castillo.

La fortuna les sonreía. Se iban a casar y su matrimonio atrajo la atención mediática luego de la resolución.

“Jamás creímos que lo de nuestra boda se iba a viralizar tanto. Después de la primera entrevista más medios empezaron a contactarnos y nosotros queríamos compartir también una alegría nuestra, que no era solo nuestra. Por fin, Costa Rica podía hablar en término de igualdad, como nunca antes lo había hecho […] Recibimos incontables muestras de cariño. Sí hubo muchos mensajes de odio, pero ni a mí ni a Roberth nos afectaron”, me relató Mario.

Al mismo tiempo, decenas de personas trans inundaban el Registro Civil con solicitudes de cambio de nombre y sexo registrales, y por primera vez el Registro aceptaba las solicitudes para su estudio. Todo fluía. El amor había ganado.

Una boda que no fue

Muchas pesadillas inician como sueños maravillosos, pero luego hay un momento en que algo te da señales de un giro dramático. En esta historia, el momento ocurrió el viernes 12 de enero. Ese día, un video del candidato presidencial evangélico, y hasta ese entonces minoritario en las encuestas, Fabricio Alvarado, se hizo viral en todas las redes sociales.

“¡No dejaremos que vulneren nuestra soberanía! ¡Costa Rica saldrá este 4 de febrero en marcha a votar por la vida y la familia!”, anunciaba Alvarado en su video. La homofobia que había estado medianamente contenida estalló y secuestró la agenda electoral.

Fabricio Alvarado prometió incluso que  retiraría a Costa Rica del Sistema Interamericano de Derechos Humanos para no cumplir con la resolución del matrimonio igualitario, sin reparar en que salirse del sistema no exime al país de cumplir con resoluciones anteriores.

¿Sería posible que el electorado costarricense valorara la oposición al matrimonio igualitario como argumento para emitir su voto? Al inicio nos rehusamos a creerlo. Todo iba a salir bien.

Excepto que no fue así.

Dos días antes de la boda de Mario Arias y Roberth Castillo, que se planeaba para la noche del 18 de enero, el Consejo Superior Notarial, una instancia que supervisa a los notarios (profesionales privados que realizan trámites públicos), señaló que, de acuerdo con su interpretación, los notarios solo podrían inscribir matrimonios del mismo sexo hasta que se diera una modificación legal o la Sala Constitucional se pronunciara.

Aunque varios notarios y abogados constitucionalistas se opusieron a la disposición, y hasta el gobierno y la Defensoría de los Habitantes solicitaron al Consejo revisar su pronunciamiento, la misiva hizo que muchos notarios se echaran para atrás. No inscribieron matrimonios del mismo sexo.

Para Mario y Roberth fue un duro impacto. “Esa noche estábamos con una amiga fotógrafa que nos estaba haciendo una sesión de fotos que iba a salir previa a la boda, con los trajes de la boda. Estábamos vestidos, y en eso nos llega un mensaje por WhatsApp con la imágenes sobre la decisión”, relata Roberth.

“Mientras nosotros estábamos ilusionados con nuestros trajes haciéndonos fotos, la Dirección Nacional de Notariado, en ese preciso instante, estaba reuniéndose de forma extraordinaria y cuasi secreta, de emergencia y sin publicidad. Nos dimos cuenta de que no nos íbamos a poder casar”

De inmediato, la pareja se puso en contacto con su abogada, quien también ya se había enterado de la resolución que estaba circulando.

“Lo primero que sentimos fue indignación, rabia, sorpresa también. Nosotros pensábamos que posiblemente nos podían tirar el matrimonio abajo, pero siempre pensamos que iba a ser después de hacerlo, y nunca antes. Que no iban a ser capaces de organizarse para sacar una medida previa a que lo hiciéramos […] Los preparativos ya estaban terminados. Ya habíamos hablado con el bar, ya teníamos el contenido que íbamos a sacar, ya le habíamos avisado a todo el mundo… entonces sí fue bastante dura esa noche”, narra Castillo.

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Parte de la sesión fotográfica que tuvieron Roberth y Mario previo a la boda que ya no pudieron celebrar. Foto: Natalia Jiménez.

De la misma manera, las instancias que deberían hacer los cambios respectivos para inscribir los matrimonios entre personas del mismo sexo y los cambios de nombre y sexo en los documentos de identidad, anunciaron que no tomarían medidas ni decisiones hasta después de las elecciones.

El verdadero impacto de la opinión consultiva en la intención de voto se evidenció pocos días después. El 24 de enero, el Semanario Universidad publicó una encuesta realizada por la Universidad de Costa Rica, en la cual el candidato evangélico Fabricio Alvarado pasaba de tener una intención de voto de cerca del 3% en diciembre, a liderar la encuesta con un 17%.

El semanario describió el fenómeno como “un shock religioso que alteró la campaña”. Nada más atinado. En iglesias, evangélicas y católicas por igual, corría el llamado a votar “por los valores y la familia”, pese a que el artículo 28 de la Constitución Política de Costa Rica prohíbe “hacer en forma alguna propaganda política por clérigos o seglares invocando motivos de religión o valiéndose, como medio, de creencias religiosas”.

De forma inédita, pues por años se ha tolerado que las iglesias hagan propaganda política, el Tribunal Supremo de Elecciones, tras múltiples denuncias, emitió una medida cautelar ordenando a la Conferencia Episcopal y la Alianza Evangélica Nacional que prohibieran a sus sacerdotes y pastores hacer campaña política. Pero el posicionamiento del fundamentalismo religioso en la campaña ya estaba consolidado.

Una noche de lágrimas

Pese a todo, el día de la primera vuelta, el 4 de febrero, Mario y Roberth arrancaron el día con optimismo. Fueron a votar temprano. Las urnas cerraron a las 6 de la tarde. Los nervios se sentían en el ambiente. Habría que esperar poco más de dos horas para tener los primeros resultados oficiales. Yo los esperé en el Bar El 13, un bar gay de San José, en donde el partido provincial Vamos, una agrupación política nacida de movimientos sociales y de la diversidad sexual, y de la cual Mario y Roberth forman parte, había convocado para recibir los cortes de la votación.

A las 8:30 de la noche recibimos el primer puñetazo: Fabricio Alvarado superaba, con un 11% de las mesas escrutadas, el  26% de los votos, y en un segundo lugar aparecía el Partido Liberación Nacional (centro-derecha) que también tuvo un discurso contra los derechos humanos en la campaña.

Los siguientes cortes aliviaron la tensión al poner a Carlos Alvarado, quien tuvo un discurso más favorable a los derechos de las personas de la diversidad sexual, en la segunda ronda. Pero las tomas televisivas de la celebración en el cuartel del partido evangélico Restauración Nacional nos bajaron los ánimos a todos. Los discursos de los entrevistados, dando señas de cuáles serían sus acciones de gobierno en contra de la “imposición” de la supuesta “ideología de género” nos daban escalofríos. Al poco rato muchos nos entregamos al llanto intenso. La homofobia religiosa había ganado el primer round.

Pese al peso simbólico y el dolor con el que amaneció gran parte de la población sexualmente diversa costarricense el 5 de febrero, sería injusto decir que todas las personas que votaron por Fabricio Alvarado y Restauración Nacional lo hicieron solo por homofobia.

Los datos de los resultados revelan que las zonas donde Fabricio Alvarado ganó son las más empobrecidas, de menor nivel educativo, y aquellas que han sido históricamente más abandonadas en términos de inversión y generación de empleo. El discurso evangélico se aprovechó de la coyuntura de la opinión consultiva de la CorteIDH para imponerse y llegar a poblaciones históricamente excluidas.

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Seguidores de Fabricio Alvarado celebraron que Restauración Nacional alcanzara los votos para ir a segunda ronda. Foto: Semanario Universidad.

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Desde la primera vuelta, cada día hay una nueva noticia de discriminación verbal y hasta física contra personas LGBTI en Costa Rica. En redes sociales, personas de esta población expresan que ahora tienen miedo de salir a la calle, de vivir libremente como son. ¿Será que el tiempo dorado para las personas LGBTI costarricenses fue tan corto, solo 26 días, del 9 de enero al 3 de febrero?

“Cuando se viralizó la noticia de nuestra boda, aunque hubo comentarios de odio, no sentíamos miedo. Después del 4 de febrero sí tenemos miedo de salir a la calle”, dice Mario Arias.

El 1 de abril el país votará por dos opciones antagónicas, dos visiones de mundo diferentes en principios. Y mientras todo eso sucede, los avances ganados y la consolidación de los derechos igualitarios permanece incierta, la boda de Mario y Roberth sigue pospuesta y la amenaza fundamentalista es más real que nunca.

La Costa Rica en la que creíamos se ha quitado la máscara y nos ha mostrado su verdadero rostro.

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Post Scriptum: El pasado 1 de abril se celebró la segunda vuelta presidencial, en medio de un ambiente de incertidumbre. Las mayoría de las encuestas colocaban a los candidatos empatados y algunas señalaban a Fabricio Alvarado como el potencial ganador. Se preveía, además, un elevado abstencionismo. Sin embargo, contra todo pronóstico, Carlos Alvarado se convirtió en el presidente electo de Costa Rica, con más de 60% de los votos válidos, en un elección que tuvo una participación elevada, cercana al 67% del padrón electoral. En la conmemoración de la victoria el mensaje fue claro: el amor sí ganó. Quizás pronto, esta boda que no fue, llegue a ser…