Cuando me preguntaron si me interesaba escribir para una revista de pensamiento y reflexión latinoamericana, en la que probablemente no habría una retribución económica, y sin ningún dato más acerca del proyecto, dije que sí inmediatamente.

Llevaba ya un par de años de labor periodística, comenzando una carrera en la docencia, definitivamente convencido de la necesidad de transformar la realidad miserable de un sistema capitalista que se ha comido hasta los sueños. Y por qué lo hice, si es que puede preguntarse una causa donde no hubo siquiera una duda. Bueno, pues por eso. Porque no hubo dudas.

Dipi, una buena amiga a la que veo poco,  me dijo que un conocido suyo de México andaba buscando escritores y periodistas por Twitter. Yo, que nunca he twitteado en mi vida, acepté la propuesta casi al primer intercambio de correos con ese amigo de Dipi. Jordy Meléndez era esa persona, un tío al que conozco sólo por los correos intercambiados y los artículos compartidos, pero al que me une una bonita obsesión: el mensaje.

Dicen que la libertad de expresión es una de los grandes valores inalienables de la sociedad moderna occidental. Ya he escrito sobre esa mentira y su inexistencia, pero para no repetirme, digamos que me seduce escribir en Distintas Latitudes porque escribo, básicamente, lo que se me antoja. Puedo respetar un tema sugerido, relativamente a decir verdad, pero nunca se me ha cuestionado una postura. Una idea. Uno de mis gritos.

Cuando escribo, grito. Le echo al viento las verdades que imagino. Las fantasías que añoro reales. Distintas Latitudes se cruzo en mi camino a pocos meses de haberme asentado nuevamente en Buenos Aires, luego de viajar seis meses por Latinoamérica con una mochila al hombro.

De Perú a Cuba, pasando por Ecuador, Colombia, Venezuela, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, México, Cuba y Bolivia, ya de regreso al hogar. Me fui a conocer ese vasto horizonte que tanto había leído, que tanto había apreciado. Me traje infinidad de historias y el compromiso renovado de luchar, con la palabra y la acción, por darle vuelta a este mundo imperfecto y corroído.

En ese contexto, la idea -improductiva económicamente-, me pareció fascinante. Aún hoy lo es. Quizás más, con la posibilidad de escapar a la censura de los medios masivos de comunicación, para exponer al que quiera leer, la mirada perdida en el sur del sur.

Los compañeros de DL me preguntaron por qué sigo escribiendo aquí si es que ellos no me pagan. Les respondo con la que es, quizás, una de mis canciones predilectas. Una estrofa de la pluma del flaco Luis Albertp Spinetta, en la inmejorable versión a dúo con Mercedes Sosa.

Si no canto lo que siento,
me voy a morir por dentro
he de gritarle a los vientos hasta reventar
aunque sólo quede tiempo en mi lugar

Hay, en la ajustada poética del flaco y melancólica voz de la negra, un pedazo de lo que me siento en este país llamado Latinoamérica. Me di cuenta una noche, en San José de Costa Rica. Compartía la cena en casa de un argentino  con un grupo de exiliados de la época más oscura del sur del sur, cuando la música grabó en mi cabeza la obsesión de no renunciar jamás a lo que había visto. De no cejar en la denuncia afiebrada de la imposibilidad de lo real y existente.

Y buscando un poco más en el cancionero de los últimos días. Di con una canción a dúo de Lila Downs y Enrique Bunbury, que me ha gustado siempre porque mezcla la melancolía, la queja, el llanto y, lejos de sumergirse en la mierda, se nutre de ella para exigir algo más.

¡Justicia!

Te busqué en la calle,
te busqué en el diario,
la televisión,
en las voces sordas de los tribunales.

¡Justicia!

Te busqué en las caras,
te busqué en las bocas,
te busqué en las mentes,
te busque en los ojos de nuestras ciudades.

 

 

 

 

Sigo creyendo, que lo malo acaba,
que lo bueno viene,
la conciencia te llama.

El optimismo final es parte de la nueva sensación que despierta la militancia joven en este sur del sur. Hay en el ímpetu y la voluntad algo que, lejos de ser voluntarioso, busca construir un horizonte aún más vasto que el que perseguí en viaje por el gran país. Y aunque parezca demasiado irreal creerlo suficiente cuando es minoritario, basta para agitar las aguas que jamás deberían estarse quietas mientras dure lo que he visto: la miseria que vemos a diario en cada rincón de Latinoamérica.

La consigna final nos la grita Calle 13, a quienes descubrí más tarde que temprano: Vamos a portarnos mal. De eso se trata. De dar vuelta lo constituido, de discutir la dominación cultural y material. De sobreponerse a los fantasmas que nos han colonizado por centurias. Los europeos, los yanquis, pero sobre todo los propios. Porque el nacionalismo esconde una verdad: no hay fronteras para la miseria y la explotación del hombre por el hombre.

Por eso, aunque muy bien me vendría cualquier dinero o alimento a cambio, agradezco a Distintas Latitudes por dejarme hacer lo que más me gusta: portarme mal.