Por Aarón Vivas Purroy (Caracas, Venezuela)

Cristóbal Colón escribió una carta sobre sus expediciones a los Reyes Católicos y denominó a uno de los territorios “Tierra de Gracia”. Resulta que con el pasar de los años, este territorio sería el que conocemos hoy como Venezuela.

El navegante calificó con este término a su “descubrimiento” debido a la grandiosa dotación de recursos naturales y belleza que poseía la región. Vemos así como, con el transcurrir de los años, se han explotado las riquezas de Venezuela, desde la fértil tierra que ha dado sus frutos: cacao, añil, caña de azúcar y tabaco; hasta los minerales: hierro, bauxita, oro. Finalmente, a principios del siglo XX empezó la explotación del más preciado: el petróleo.

Este recurso no renovable ha condicionado la economía venezolana desde que comenzó su extracción, causando un sinfín de distorsiones en el sistema económico.

Las bonanzas petroleras, caracterizadas por elevados ingresos derivados del alto precio del barril de petróleo, han sido utilizadas en muchísimos casos para incrementar el gasto público y el endeudamiento.

Desde el 2002 hasta el 2008, vemos como el precio del barril petrolero alcanzó un precio sin precedentes, alrededor de los US$ 140 por barril. Esto, le otorgó al gobierno venezolano ingresos por más de US$ 330.000 millones, por conceptos de exportaciones petroleras (según cifras publicadas por el Banco Central de Venezuela).

Esta dádiva coyuntural otorgó al gobierno actual la posibilidad de emprender políticas fiscales expansivas, cristalizadas en el lanzamiento de decenas de misiones sociales, las cuales abarcan programas de salud, educación, empleo, atención a madres desamparadas, entre muchas otras.

Ahora bien, como venezolano, me planteo la cuestión de la sostenibilidad del gasto dado las características estructurales de la economía venezolana. Entiéndase, una economía netamente dependiente de las exportaciones petroleras con una industria incipiente, con fuertes controles de precio y cambio oficial fijo, con políticas de nacionalizaciones en todos los sectores y de amenazas constantes al sector privado.

En épocas de crisis, como la actual, se considera imperante la actitud precavida en cuanto al comportamiento económico. Pero el control del gasto fiscal, de un momento a otro, es bastante difícil por los efectos socio-políticos que pueda generar.

Frases como la de “Venezuela está blindada contra los efectos de la crisis” son ejemplos de la falta de consciencia de gobernantes, que se escapan de la situación con el carisma y la fe que pueda generar en el pueblo.

Ahora bien, considerando el rol preponderante del petróleo en la economía venezolana, es más que obvio que los efectos de la crisis llegarán al país.

Pensemos en los demandantes del mismo: Estados Unidos, China, Europa y los países desarrollados. ¿Acaso no fue en muchos de ellos donde la crisis ha hecho estragos? En momentos de dificultad, la demanda de energía tiende a contraerse, y por ende vemos como el precio del barril ahora se encuentra 100 dólares menos del nivel alcanzado hace menos de un año. Esto es un claro indicador de que los ingresos no serán los mismos para los países que dependen de este commodity.

Consideremos de igual forma que en el Art. 321 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, se establece por ley un fondo de estabilización macroeconómica destinado a garantizar la estabilidad de los gastos del Estado ante fluctuaciones de los ingresos. En teoría por mandato constitucional, Venezuela debería tener una parte de los ingresos petroleros ahorradas para contrarrestar la disminución de los mismos y poder cumplir con los gastos presupuestos. Cabe destacar que el presupuesto aprobado por la Asamblea Nacional para el presente año es calculado en base a un barril de petróleo a US$60. ¿Podremos cumplir con los gastos a un precio, que en lo que va de año, promedia US$ 36,33/b?

Venezuela para el 2008 importó bienes por un valor de US$ 48.095 millones y sus exportaciones petroleras representaron el 93,5% del total de exportaciones, lo que equivale a US$ 87.443 millones. El precio promedio de la cesta de crudo venezolano fue de US$ 86,81 el barril, si consideramos un precio de US$ 40 esto equivale a una reducción de los ingresos por exportaciones petroleras en aproximadamente un 50%. Lo que para mantener el mismo nivel de importaciones, está claro que Venezuela tendría dificultades para cubrir la adquisición de éstas, profundizándose de esta forma el problema de escasez de bienes a nivel nacional.

Cabe destacar que la situación de Venezuela para algunos es menos crítica en relación a otros países de la región. Según declaraciones de Osvaldo Kacef, Director de Desarrollo Económico de la CEPAL, “la posición de Venezuela para enfrentar la crisis financiera internacional es privilegiada, debido a sus ahorros y al petróleo”. Ahora bien, recordemos que si ciertamente el petróleo nos ha otorgado unos ingresos extraordinarios por la coyuntura internacional, la misma coyuntura nos podría llevar a una profunda recesión, ya que como se ha mencionado anteriormente, Venezuela es dependiente del petróleo y no se ha diversificado la economía hacia otros sectores.

Es interesante señalar que el Ministro para la Energía y Petróleo y Presidente de PDVSA, Rafael Ramírez, dijo durante una entrevista en la cadena Unión Radio, que la corporación “debe recortar el nivel de costos y gastos en los servicios petroleros por el orden de 40%”, según un comunicado de la empresa. Este anuncio se hace ante la caída del precio del barril por la crisis mundial. De igual forma, el Presidente Chávez ha realizado cambios en Ministerios clave como lo son el de Planificación y Desarrollo, lo que hace pensar que el gobierno se prepara a anunciar algún paquete de medidas económicas. Por ejemplo, la creación de impuestos indirectos como el Impuesto al Débito Bancario, el aumento del IVA, la devaluación (negada rotundamente por el gobierno), la mayor restricción del cupo de divisas sólo para artículos prioritarios de salud y alimentación, el no deseado recorte de gasto social y la posible emisión de papeles, como vía de financiamiento del gobierno.

Para muchos analistas, el reciente boom petrolero fue una oportunidad única por la magnitud de ingresos percibidos. Recursos que según los mismos, no fueron aprovechados de la mejor forma ya que, en su mayoría,  no se destinaron a la inversión en desarrollo sino a gasto improductivo.

La dotación de recursos naturales “dada por Dios” a la Tierra de Gracia, sumada a las políticas implementadas por los gobiernos,  han limitado el desarrollo industrial venezolano, lo que hace reflexionar acerca del manejo que se le ha dado al ingreso derivado de la explotación de estos recursos. ¿Será acaso que terminamos viviendo en una Tierra Desgraciada?

El Profesor Arlán Narváez de la Escuela de Economía de la UCV, plantea en uno de sus artículos que “Para cualquier venezolano es sabido que nuestro país parece haber sido bendecido por la Providencia en cuanto a dotación de recursos naturales e incluso se nos ha hecho creer (erróneamente) que somos ricos por la abundancia de petróleo, hierro, oro, etcétera. Buena parte de la tragedia económica de Venezuela radica precisamente en este error, puesto que la única riqueza real que tiene cualquier nación es la capacidad productiva desarrollada por sus recursos humanos. Esto es claramente visible en los casos de aquellas sociedades que sin tener prácticamente recurso natural alguno, como por ejemplo Japón o Taiwán, han logrado alcanzar altísimos niveles de creación de riqueza que se convierte en bienestar para su población”

La intención pues, es reflejar cómo la crisis financiera afecta a todos los países del mundo. En tiempos de globalización, ni gracias a la “riqueza” en recursos naturales es posible escaparse de los efectos de la crisis. Sólo con políticas racionales y orientadas a la eficiencia y elevación de la productividad, los países en vías de desarrollo, podrán hacer frente al torbellino que se vive, ya que más temprano que tarde los efectos llegarán a cada uno de los ciudadanos, y lamentablemente afectarán a los más desprotegidos y débiles de la sociedad.

Queda en los gobiernos, la enorme e importante responsabilidad de mitigar las consecuencias de la situación actual para que las poblaciones no sean tan agravadas por el mundo en crisis donde vivimos.