Se podría decir que la de Xalbador García es una vida rodeada de libros. Se ven en grandes cantidades en una biblioteca (los que quedaron en México y no se pudo llevar a Miami, donde vive actualmente) a sus espaldas, mientras charlamos a través de Skype. Nacido en Cuernavaca, Morelos, en 1982, dice que escribe narrativa desde niño. Más grande supo viajar por el mundo, hasta estudiar la vieja literatura española de Filipinas. Se doctoró en Literatura hispánica, se emborrachó hasta el amanecer con grandes escritores, y conoció a la mujer que hoy lo acompaña, cubana y también escritora (una bandera de México y otra de Cuba se entrelazan delante de los libros “como muestra del amor entre Dainerys y yo”, dijo). La experiencia y la lectura son los pilares fundamentales de su obra única. A veces se disfraza de luchador, pero solo para presentar sus libros, como si fuera un superhéroe de la literatura. Xalbador es uno de los 22 autores del continente americano que participan en el Proyecto Arraigo/Desarraigo que impulsan Distintas Latitudes y Se hacen libros. Aquí conversamos con él.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos alrededor de la escritura?

Escribí toda la vida, desde niño. Con la inocencia de la infancia escribía lo que iba viendo, sobre todo poesía. En mi adolescencia, cuando termino la preparatoria me encuentro con que no sabía qué estudiar. Entré a la carrera de Economía y no me gustó nada. Al mismo tiempo entré a un taller literario y a la facultad de Letras. Tuve la suerte de empezar a los 18 años en el periódico mexicano La Jornada, donde estuve diez años. Después, a los 27 años, me fui al norte del país a hacer un máster en Literatura Hispánica. Cuando lo terminé, me fui a vivir a Filipinas un año. Fui parte de un proyecto de investigación maravilloso junto con el Instituto Cervantes de España. Esto fue una rareza, rescatar toda la literatura en español que se escribió en Filipinas durante los últimos cuatro siglos. El problema es que en el siglo xx hay una invasión cultural en el país y les exigen hablar en inglés, entonces tienes durante 100 años personas que ya no hablan español y que ignoran la riqueza literaria en este idioma que existió en Filipinas. Ahí descubrí que el intercambio cultural entre América y Filipinas fue a través de México.

Después de que regresé a México, hice el doctorado, y desde hace un año me fui a vivir a Miami, porque a mi esposa le dieron el doctorado en la universidad de Miami. Ella es cubana y también integra el Proyecto Arraigo/Desarraigo. Entre el lapso de la maestría y el doctorado hice investigación, viajé, anduve por España, como un vagabundo. Mi último libro lo publicó Suburbano Ediciones en Miami, se llama Leopoldo María Panero o las máscaras del Tarot. 

¿Cómo siguió tu relación con la escritura narrativa?

Mi primer libro fue a los 22 años y no publiqué más hasta ahora, este libro que es un ensayo. Y no es que yo haya dejado de escribir, pero llegó un momento que me cansó mucho la narrativa. Los cuentos y las novelas que leía me parecieron muy malos. Los últimos años a las lecturas personales les exijo mucho como lector, y me exijo mucho a mí como escritor. Dejé de publicar porque quería tener una voz propia y un concepto sólido de lo que estaba haciendo. Desde hace dos años encontré el tono y la manera de crear este objeto artístico, una especie de motor estético, de reloj, donde tienen que estar muy bien puestas todas las piezas. Porque si no esa maquinaria no funciona. Creo mis libros con un discurso que me ha llevado años y años pensar. Yo concibo la literatura en proyectos completos, no es que escribo porque estoy triste por algo, sino en proyectos completos pensando la estética.

El cuento que presenté en el Proyecto Arraigo/Desarraigo es parte de un proyecto más grande. Se trata de una ciudad en la que he estado, sobre Miami. Si lo lees, ves que suena diferente. Hay voces que se entrelazan, es una mezcla de la cultura popular y la élite, y sobre todo, de México y de la actualidad donde parece que la superficialidad prima. Cuando lo presento hago una performance en la que me disfrazo del luchador que lee y recomienda literatura, Black Writer. Me gusta presentar los libros para ver cómo reacciona la gente.

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El escritor Xalbador García como Black Writer.

¿Qué es para ti la escritura?

Para mí es una forma de vida. Desde los 18 años que decidí estudiar literatura sabía que no había otra manera de vivir para mí. Yo no podría hacer otro trabajo que no me permitiera escribir. O era escritor de tiempo completo o no iba a vivir. La escritura me ha dado esta forma de vivir que me encanta: las herramientas para darme cuenta de lo que verdaderamente importa es el amor a mi esposa, a mis padres, a mis amigos. Para reflexionar sobre cuáles son los verdaderos valores de la vida. Esto que pasa con el Proyecto Arraigo/Desarraigo de conocer gente de otros países es encantador. Eso me lo ha dado la literatura.

¿Qué te ayudó a definir tu estilo propio?

La lectura. Tienes que ser un gran lector para escribir una literatura original. Y original viene de origen; si no conoces tu origen, vas a escribir una novela y creer que inventaste el agua tibia. La gente te va a leer y te va a decir que eso ya se escribió hace 300 años. Yo leo muchísimo, incluso lo que no me gusta.

También el contacto con los amigos escritores; haber encontrado una mujer que está en lo mismo que yo y poder discutir de literatura. Pero lo esencial es la lectura. El último taller que tomé con un gran escritor fue con Eusebio Ruvalcaba [escritor mexicano fallecido en febrero de 2017], muy significativo para mí porque lo leí desde joven. El taller fue maravilloso, pero lo mejor era que después del taller nos íbamos a la cantina a tomar cerveza hasta que se hiciera de día, emborracharnos y platicar. No hablábamos de la literatura, él nos regañaba si hablábamos de literatura cuando tomábamos, hablábamos de la vida. Una literatura que no habla de la vida al final queda estéril. Tienes que experimentar, tienes que vivir para escribir.   

¿Qué personas han sido importantes para tu carrera como escritor?

Hay muchas personas. He conocido gente muy generosa, no quisiera señalar a uno, porque hay muchos más. En las lecturas también, cuando te adentras en cada uno de los escritores te das cuenta que en todos hay una constante que es la pasión. La gente que me ha ayudado tiene que ver con eso, gente que siente pasión hacia todo. Esa pasión los lleva a ser generosos con las otras personas, a trascender la envidia y la mala onda que puedan tener hacia otros escritores. La literatura es para estar bien contigo mismo.

¿Cómo vives el proceso de escritura?

Es muy duro y muy extraño. Tengo que pensar mucho las cosas, me paso años pensando los proyectos. El proceso de pensar, buscar el tono; en un cuento el tipo de narrador, los matices, los guiños a otras lecturas. Todo eso hasta el momento que me siento en la computadora, y el proyecto sale, y ya no hay vuelta atrás. Una vez que hago el primer borrador me enfoco en trabajarlo. Más que el oficio de la escritura, es el de la reescritura; hay que reescribir y reescribir. No es como en el periodismo que tienes que publicarlo al instante y al otro día lo lees y te llenas de vergüenza por lo mal que está redactado. Con este proceso me he dado cuenta de que una vez que se publican mis textos, siempre son perfectibles, pero quedo satisfecho con lo que escribí.

¿A quién le escribes?

Siempre tengo conciencia de que hay un lector, pero no hay un lector prototipo. Al final de cuentas sería muy ingenuo o narcisista pensar que le tiene que gustar a todos o se tienen que sentir identificados millones de personas. Pero sí busco un lector inteligente y que esté dispuesto a arriesgarse con una literatura puesta al abismo. Si lees mis cuentos hay muchas voces que se están disparando, el lector no sabe quién dijo qué o por dónde va la historia; hasta hay momentos donde los personajes le hablan al lector, o donde el autor está presente y yo converso con los personajes. Mi lector favorito es el arriesgado que ve en el absurdo y la risa una síntesis o una garantía de inteligencia. Manejo mucho el absurdo.

¿Qué temas te interesan?

Cada proyecto es único. El proyecto de Leopoldo María Panero [su último libro publicado] es el del último poeta maldito. El tema del libro que estoy terminando es sobre el absurdo en las ciudades; y también tengo en proceso un libro sobre futbol: la historia de la selección mexicana y lo absurdo que es tener una selección que sea un fracaso día a día. Y voy a empezar otro libro sobre el exilio de escritores mexicanos a principios de siglo en el Caribe y América.

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¿Cómo es ser un escritor joven en México?

Creo que México es un país privilegiado en cuanto a apoyos e infraestructura cultural. Cualquiera que tenga verdadera vocación encontrará caminos para desarrollar su proyecto con soporte público o privado. Hay múltiples becas, premios y vías de publicación, así como ferias de libros y decenas de talleres y círculos literarios a lo largo del país. Por otro lado, esa misma infraestructura cultural a veces juega en contra de la calidad literaria. Muchos jóvenes han tenido las mejores condiciones para desarrollarse, han estado tan cómodos, que su obra es mala. No quiero decir con esto que el escritor no necesita un contexto ideal para escribir, sino más bien que muchos autores no se dan cuenta de lo privilegiados que son al contar con recursos públicos para vivir mientras escriben, que se dejan llevar por la mediocridad. Y otro de los aspectos de esta infraestructura cultural va ligada con el tamaño del país. México es tan grande que hay decenas de circuitos culturales. Sin importar cuántos libros hayas publicado o cuántas becas o premios hayas ganado debes montarte en alguna empresa editorial transnacional (casi siempre asentada en la Ciudad de México) para que tu obra sea conocida. Estos son dos de los múltiples aspectos de la realidad que vive un joven escritor mexicano.         

¿Cuáles son tus arraigos y desarraigos?

Creo que tengo dos arraigos muy fuertes. Uno serían los amigos y la familia, y el otro la comida. Uno sufre cuando está en el extranjero y no tiene esa multiplicidad de sabores que hay en México más allá de los tacos. El desarraigo es la aventura, conocer otros países, estar en contacto con otras personas, y eso me da una flexibilidad ante mis demonios y me ayuda a darme cuenta de que lo que yo pienso y vivo es solo una experiencia, no es ninguna verdad. Múltiples experiencias y ninguna verdad, eso enriquece. Creo que ante una situación tan tremenda como la que vivimos globalmente tenemos que estar conscientes de que hay cosas que nos separan como seres humanos: las fronteras, el lenguaje, la geografía, la ignorancia hacia otros, pero lo que nos puede unir es el arte y la literatura. Cuando conoces arte de otros pueblos te das cuenta de que son riquísimos y te aportan mucho como persona.

¿Cómo se representa tu ideología en tu obra?

Más que ideología me gustaría llamarlo “ideario”. Rehúso a la palabra “ideología” porque inmediatamente está impregnada de asuntos políticos en un aspecto bipolar: izquierda o derecha. Y la gran lección que nos dejó el siglo xx es que tanto gobiernos de derecha como de izquierda son capaces de cometer los peores crímenes en contra de la humanidad.

Mi ideario es humanista. En escritura procuro denunciar, sin caer en el panfleto, los aspectos que nos laceran como aldea global: las fronteras, las economías, la política. Todos estos elementos nos separan como seres humanos, alimentando la violencia, el racismo y la xenofobia entre unos y otros. Al contrario, el arte, la literatura y la cultura son elementos que nos permiten reconocer la riqueza de cada pueblo, de cada región, de cada individuo; y poder construir puentes que ayuden a reconocernos unos a otros.

Si fueras un personaje literario, ¿cuál sería tu nudo? 

Elegiría ser Periñón, el cura de la novela Los pasos de López, de Jorge Ibargüengoitia. Es un personaje astuto, idealista, irónico y borracho. Es un aventurero que lucha por lo que cree sin saber muy bien hasta dónde desembocará su acometida. Finalmente fracasa, pero siembra la idea de liberar a su pueblo (México). Sin embargo, su ideario nunca nubla las contradicciones y los vicios que tiene cualquier ser humano, como se lee en el siguiente fragmento: “Periñón conocía el camino del callejón del Coyote mucho mejor que Adarviles y llegamos en poco tiempo a la casa de la tía Mela. Tal como había ocurrido en mi primera visita, la puerta estaba cerrada y se oían murmullos adentro. Periñón dio, como siempre, los cuatro golpes pausados y, como la primera vez, la voz cascada advirtió: –Aquí no hay nadie, ya todas las muchachas se fueron. Entonces Periñón anunció: –Es López. Inmediatamente se descorrieron cerrojos, se abrió la puerta, salieron a la calle media docena de putas, se hincaron en el empedrado y besaron la mano de López”.

 

Bibliografía

Leopoldo María Panero o las máscaras del tarot (Suburbano Ediciones, 2017).

Paredón nocturno (UAEM, 2004).

La isla de Ulises (Porrúa, 2014).

El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015), coautor.

 

Ediciones críticas 

El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013).

La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).