En Zacatlamanic, cuando se organiza una comilona, primero comen los niños. Se junta todo el pueblo con motivo cualquiera, que puede ir desde el Sábado de Gloria al aniversario del natalicio de Benito Juárez, y Doña Lucia, una indígena nahua que porta un vestido de colores armónicamente chillones que ella misma confeccionó y bordó, toma la iniciativa y empieza a repartir arroz, frijoles, chícharos y tortillas hechas a mano a los niños del pueblo. Más de la mitad de ellos son sus parientes en diferente grado.

Después, el grupo de mujeres reparte comida al resto del pueblo; unos sentados y otros parados se congregan en algún espacio común (que en realidad son escasos: la capilla, la escuela primaria y la inspectoría) y almuerzan todos juntos. En esta ocasión se han reunido unos 150 indígenas nahuas, la mayoría de ellos platica entre sí en su lengua. Todos comen y beben en recipientes de unicel.

En una reciente visita de 10 días al pueblo de Zacatlamanic, ubicado en la Sierra Negra de Puebla, México, participé en un par de estas comilonas. Y para alguien que trabaja en una organización que nace para procurar la conservación de los ecosistemas, el uso del poliestireno expandido (unicel) no fue solo un detalle más, se transformó en un tema recurrente, que refleja claramente cómo la economía de una localidad influye, y en ocasiones incluso justifica, el comportamiento de consumo de sus habitantes.

Cuatro mil kilómetros al norte, las ciudades de Portland, Oregón, Berkeley y Oakland, en el estado de California, Estados Unidos, han prohibido el uso vasos descartables de unicel. Incluso compañías como Nintendo han vedado el material en sus embalajes.

Mientras tanto, en la Ciudad de México, donde impera la cultura del “úsese y tírese”, parte del tradicional desayuno compuesto por un atole y un tamal es, en muchas ocasiones, servir los alimentos en platos y vasos de poliestireno expandido. Su uso se extendió sorpresivamente en una década por tres motivos: es ligero, barato y conserva el calor en los alimentos. Sin embargo, se trata de un material que no se descompone ni se integra a la naturaleza: no es biodegradable. Por si fuera poco pensar que el unicel que usamos permanece asinado en los basureros, la producción del poliestireno expandido es altamente contaminante y su tasa de reciclaje baja.

Su elaboración involucra el uso de sustancias cancerígenas como el benceno, y otras que se sospechan cancerígenas como el estireno y 1,3-butadieno. Si es quemado al aire libre, se libera una vez más estireno y algunos hidrocarburos tóxicos, generándose cloruro de hidrógeno, clorofluorocarbonos (CFC’s) y dioxinas.

Por ejemplo, en Europa existe una intensa campaña, en la cual está involucrada la Organización Mundial de la Salud, que busca disminuir el uso del poliestireno expandido en el empaque de los alimentos, pues se ha catalogado a las dioxinas como “cancerígeno humano cierto”. Incluso se ha recomendado a las embotelladoras de agua usar otros envases. O bien, según datos de la Universidad Central de Venezuela, las enfermedades inmunológicas causadas por exposición al cloro, materiales como el PVC o DDT, representarían serios problemas de salud pública.

La cantidad de unicel que se emplea diariamente es alarmante. No existen datos confiables y actualizados de la industria del unicel en México, sin embargo, es posible hacer un comparativo considerando que en Estaos Unidos un tercio del poliestireno de se usa para embalar, a lo que hay que sumar los 25,000 millones de vasos de poliestireno anuales que se consumen en dicho país.

La otra cara del poliestireno

El uso de unicel es percibido como un problema típicamente urbano, sin embargo, se ha transformado en un material cada vez más empleado en zonas rurales. Uno de los factores que ha propagado el consumo del material es que es aparentemente “barato”, sin embargo, si se analizara la huella ecológica durante el ciclo de vida del producto (desde que se obtiene la materia prima hasta su disposición final) y se calculara su valor, sería evidente que el costo que se paga por un vaso de unicel no es proporcional al costo que implicaría compensar los impactos ambientales negativos.

No obstante, es fundamental analizar la dinámica de la industria del poliestireno en un entorno de negocios como en mexicano, donde 97% por ciento de las empresas son PyMES, en las cuales el empresario privilegia al unicel sobre otros materiales ya que es más económico. Un caso cotidiano –que podría ser el de cualquier microempresario: para el emprendedor que vende esquites (una comida tradicional mexicana que se compone de un caldo de granos de elote) en la vía pública, dejar de servir el alimento en vasos de unicel y hacerlo en recipientes de cartón incrementaría los costos del producto a tal grado que el vendedor debería cubrir el costo de cambiar el material de los vasos (disminuyendo su utilidad) o incrementar el precio de un vaso de esquite, lo que lo dejaría prácticamente fuera del mercado, la guerra de precios está también presente en esta industria. Así, la decisión final es sencilla: continuar dando a sus clientes vasos de unicel.

Y ya que nos hemos terminado el vaso de esquites y lo depositamos en la basura, probablemente alguien buscando en los basureros deshechos para vender, privilegiará separar al cartón o al aluminio: el poliestireno es poco atractivo para la gente que recolecta la basura porque pesa muy poco y la industria dedicada su reciclaje es aún incipiente. De esta forma, el vaso que desechamos hace unas horas terminará en los grandes basureros.

Así pensaba hasta hace un par de semanas que una comilona en la comunidad rural de Zacatlamanic me obligó a cuestionarme diferentes dinámicas en el ciclo de vida de este material.

El unicel en el México rural

Zacatlamanic se encuentra en el municipio de Ajalpan, ubicado al sureste del estado de Puebla. De acuerdo a los resultados que presenta el II Conteo de Población y Vivienda del 2005, en el municipio habitan un total de 22,837  personas que hablan alguna lengua indígena. En lo que respecta al índice de marginación, éste es de 1.166, lo que se considera un grado muy alto.

Calcular el ingreso per cápita en Zacatlamanic es todo un reto: gran parte de los alimentos que se consumen provienen de la agricultura y ganadería de subsistencia. La situación económica es muy raquítica, la mayoría de los pobladores se alquilan como jornaleros del campo y no hay ninguna industria. Por ello, es común que las pláticas de sus habitantes giren en torno a historias de los hombres que, a cambio de una paga de entre 4,000 y 8,000 pesos (entre 350 y 700 dólares), migran en búsqueda de un ingreso, en su mayoría migran hacia Veracruz para trabajar en el corte de caña o a Sinaloa para aprovechar el corte de espárrago.

El comercio en el municipio se realiza principalmente en pequeñas tiendas de conveniencia instaladas en casas y que ofertan los productos más básicos, en los tianguis que se instalan los miércoles y domingos, así como en el mercado municipal. Sin embargo, Ajalpan, la cabecera municipal y localidad cercana más grande, se encuentra a una hora de Zacatlamanic.  Los habitantes se trasladan de un poblado a otro a pie.

No obstante, pese a las dificultades económicas, la gente se reúne de cuando en cuando para comer como un pretexto de convivencia. Las mujeres se organizan: unas cocinan grandes ollas de arroz, frijoles y cuando es época, de chícharo. Otras mujeres hacen tortillas. Otras llevan los vasos y platos de poliestireno, no sin antes haberlos lavado y secado. Cada recipiente de usa, como mínimo, unas cinco o seis veces. Después, cuando se reúne el pueblo todos comen y apilan los recipientes de polietileno sabiendo que alguien los lavará y, la próxima vez que el pueblo se reúna, los emplearán nuevamente.

La señora Lucy me explica, “el unicel es ligero y resistente, ya todos saben que deben devolver su plato porque lo usaremos otra vez. Cuando termina la comida, no hay un solo plato en la basura, cada uno se usa unas siete veces o hasta más, si es que no se rompen. Igual hacemos con los vasos.”

Sin duda, no solo el peso juega un papel importante al elegir al poliestireno como material predilecto: comprar platos y vasos de plástico o cerámica para un grupo de 150 personas implica una inversión es de alrededor de 2,000 pesos, mientras que si se trata de unicel sería tan solo de 80 pesos. Por ello, para la gente de Zacatlamanic, en contraste de gran parte de los habitantes de las ciudades, un plato de unicel no se considera basura.

Las diferencias en el ciclo de vida del poliestireno dependen de la percepción que se tenga de él: un vaso cuyo costo de disuelve en el del producto que contiene y por lo general es olvidado al ser desechado; o una inversión que se realiza, de forma colectiva, para la convivencia de un grupo.

Es por ello que el impacto de la industria del unicel no debe ser calculado, de forma engañosa, con base en las cifras de su consumo, sino de su producción: hay una gran población rural, que con dinámicas particulares de consumo, que queda fuera de las estadísticas y que hace un uso mucho más racional del contaminante material.

Los retos ambientales, sociales y económicos tienden a estar relacionados. Es por ello que una antagonista del unicel, como quien escribe estas palabras, no puede ni mencionar su clásico discurso ambientalista al ver a Doña Lucía repartiendo vasos y platos de unicel a todos los niños de Zacatlamanic.