Cada mes Jessika Ramírez recorre 2.8 kilómetros del este de Caracas y anota lo que le ocurre en el camino: 40 miradas lascivas y 20 comentarios obscenos en menos de dos horas. Ese es el promedio que registra desde 2021, cuando fundó “Calles Moradas”, una red de comerciantes capacitados para atender a mujeres que sufrían violencia.
A los 8 años, en Trujillo, le decía a su abuela que la acompañara para que sus amigas del colegio no estuvieran solas cuando regresaban a sus casas.
“Mi abuela siempre me dijo que yo tenía una mirada especial para ver la injusticia. Quiero honrar esas palabras”, dice.
En 2023 se lanzó de un carro en movimiento para salir de una relación abusiva. En plena calle llamó a la red que creó. Dos semanas después la embajada de Países Bajos la reconocería por su trabajo humanitario.
Denunció su caso y no ha tenido justicia.
Las amenazas políticas hicieron que su proyecto esté en pausa, pero ella no se detiene. Ahora recorre 133 kilómetros para acompañar a madres y hermanas de presos políticos. Desde Caracas hasta Tocorón los policías amenazan con violarlas y Jessika las defiende durante todo ese camino.