Las mujeres latinoamericanas somos ya una minoría significativa en Europa. Sin embargo, no todos los países están contando qué migrantes están viviendo en sus ciudades. Esto es un gran problema. Al no ser “contadas”, las mujeres migrantes prácticamente desaparecen de la institucionalidad, sobre todo cuando se trata de violencia de género.
Las mujeres latinoamericanas somos ya una minoría significativa en Europa. En Madrid, una de cada siete personas es latinoamericana. En Londres, somos la comunidad migrante que más ha crecido desde el año 2000.
Sin embargo, no todos los países están contando qué migrantes están viviendo en sus ciudades. Según la información obtenida en solicitudes de transparencia, Francia y Bélgica no desagregan datos por país de origen, ni siquiera en ciudades altamente internacionalizadas como Bruselas donde seis de cada diez residentes son extranjeros.
En el resto de los países analizados, las cifras también son limitadas, excluyen a algunas nacionalidades o solo proveen datos por subregiones (Centroamérica, Suramérica, etc). Esto es un gran problema. Al no ser “contadas”, las mujeres migrantes prácticamente desaparecen de la institucionalidad, sobre todo cuando se trata de violencia de género.
En la mayoría de casos, los gobiernos europeos no ofrecen datos sobre la nacionalidad de las víctimas o su estatus migratorio, haciendo que sea muy difícil dimensionar el problema y medir el impacto real que tiene la violencia de género en la comunidad latina migrante.
Esto es lo que las administraciones públicas de Alemania, Bélgica, España, Francia y Reino Unido saben sobre las latinas migrantes.
Ante la desprotección sistemática, las mujeres latinoamericanas han comenzado a tejer sus propias redes de apoyo. Algunas nacen con el objetivo explícito de acompañar a sobrevivientes de violencia; otras surgen de encuentros informales como una clase de salsa, una charla en el mercado, una reunión escolar, y se transforman en espacios de refugio, contención y resistencia. Estas redes son autogestionadas, mutables y potentes. La resistencia se construye desde el apoyo mutuo, desde compartir lo cotidiano: cómo encontrar una médica que hable español, cómo tramitar papeles, cómo sobrevivir al desarraigo, cómo dejar a un agresor.
Frente a la invisibilización, las migrantes crean redes vivas.












