La vida de Alfredo como zapatero comenzó hace 44 años. De forma empírica y por la pobreza que atravesaba Cuba en el año 1980, creó sus primeros zapatos con gomas de carros. Desde entonces ha estado entre ligas, suelas, chavetas, pegamentos y alicates.
En 2010 desmanteló su vida para emigrar a Miami.
A pesar de que millones de zapatos se venden y compran cada día en los Estados Unidos, Alfredo sobrevive reparándolos. Pareciera que se ha propuesto ir a contracorriente a la dopamina del consumismo y las tendencias del comercio global. Pero la realidad es que, sencillamente, Alfredo no quiere hacer otra cosa en su vida y lo ha logrado porque existen banqueros que reparan sus botas italianas, bailarinas de strip clubs que necesitan nuevas tapas para sus tacones y otras personas corrientes que se resisten a botar sus zapatillas de correr favoritas. “Por el zapato que utiliza cada cual, puedo saber hasta la forma en que caminan”.
“He arreglado zapatos que cuestan 30 dólares, pero también que cuestan 500 o miles”, me dice mientras se fuma el quinto cigarro. El local huele a pegamento y canela porque prende inciensos todos los días para limpiar el aire.