El futbol es más que un deporte: sus seguidores pueden asumir fanatismos tan radicales como los de las sectas más fundamentalistas; sus dirigentes practican la política y la diplomacia aunque no dirijan un país; los equipos resultan ejemplos, buenos y malos, de organización y administración. Excede el ámbito estrictamente deportivo porque funciona como integrador social, homogeneizador cultural o promotor de ciertos valores, identitarios principalmente y, entre ellos, el nacionalismo.

El futbol, como el deporte en general, es un fenómeno social moderno. Fue creado,  desarrollado e institucionalizado como cualquier otra práctica cultural; afecta y se relaciona con muchos otros aspectos de la vida, pública y privada, de los individuos y los grupos sociales. Los juegos de la selección mexicana en Estados Unidos, por ejemplo, refieren a los problemas asociados con la migración; cuando juegan Honduras contra El Salvador siempre se recuerda la Guerra de las Cien Horas. River Plate contra Boca Juniors alude a pugnas entre clases sociales, al igual que cuando juegan Flamengo y Fluminense. Guadalajara contra América y Nacional contra Peñarol sugieren la lucha entre las reivindicaciones nacionalistas y la extranjerización.

Estas representaciones funcionan como miradas generales, por supuesto. No todos los aficionados y jugadores de Boca son realmente “bosteros” o villeros, ni todos los de Emelec son adinerados, como tampoco lo son todos los del Flu. El mentado nacionalismo de las Chivas no excluye haber contado, históricamente, con entrenadores extranjeros y el Universitario de Deportes no es exclusivo de la clase profesional. Estas relaciones sirven sólo para generar la ilusión de una identidad sentida y construida por grupos de manera marginal, aunque no por ello menos interiorizada.

La imagen de un equipo, la organización de un torneo y la estructura que los sostiene tienen rastros del arreglo político y social en el que se inscriben. Los “Borrachos del tablón”, barrabravas de River Plate, alientan a su equipo con canciones en cuyo contenido aparecen representaciones de antagonismos sociales, políticos, de sexualidad, clase, raza o nacionalidad, cuestiones recurrentes en su vida cotidiana. La corrupción que vincula al sector económico con la política en Brasil la encarna Eurico Miranda, ex presidente del Vasco de Gama y diputado federal, cargo al cual llegó por ser un personaje del mundo del futbol y por el que pudo eludir, durante algún tiempo, acusaciones y demandas legales por desvío de los fondos del club.

Un partido de futbol puede representar un espacio de expresión de los deseos y de las frustraciones de los grupos sociales. Durante las dictaduras militares chilena y argentina, los estadios eran de los pocos lugares donde los aficionados encontraban espacios para expresar su inconformidad, aunque fuera de forma velada. Esto no significó un cambio sustancial; acaso, y no es menor, permitió la supervivencia del sentimiento, pero las condiciones objetivas que provocaban el disgusto no se modificaron en la cancha. El campeonato mundial de México, en 1986, distrajo la atención de la crisis financiera y de los daños, materiales y sociales, del terremoto de 1985, pero no impulsó la economía mexicana ni provocó cambio alguno en el sistema político. De nuevo: es posible ver en el futbol ciertas consecuencias derivadas de otros sucesos porque es parte de un mismo ambiente.

 

La geopolítica latinoamericana a la cancha

La Copa América, el torneo regional del Sudamérica organizado por la Confederación Sudamericana de Fútbol, aglutina a las diez asociaciones de futbol profesional del Cono sur. Excluye a los países del norte y centro del continente, así como a las islas del Caribe, que se organizaron en la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Asociaciones de Fútbol (Concacaf), cuyas selecciones nacionales pueden participar como invitados. En 2011 asisten Costa Rica y México: éste acude desde el primer torneo en el que se abrió la participación a países no sudamericanos, pero con algunas restricciones. El continente americano es el único que se divide en dos confederaciones de futbol y, por lo mismo, tiene dos torneos regionales diferentes. No hay una razón específica, más que una mala administración inicial, pues en comparación con las otras confederaciones, la extensión geográfica de Asia es mayor y hay más países en África o Europa.

Hay quien ve en los enfrentamientos deportivos entre selecciones una metáfora de las guerras entre los Estados. El “clásico” en Sudamérica es el partido entre Argentina y Brasil: torneo tras torneo se disputan el primer lugar porque tienen a los mejores jugadores – en este torneo habrá que seguir a Messi, Agüero, Tévez, Pastore, Neymar, Alves, Robinho y Ganso y también a todos los demás –, compiten por ser la mayor potencia exportadora de jugadores para las mejores ligas del mundo. Por si no fuera suficiente, la rivalidad se enciende por discutir quién es el mejor jugador de la historia, Maradona o Pelé. Otros juegos pasionales, aunque en menor medida, son Argentina–Uruguay y Brasil–Uruguay. Esto no descarta que haya equipos que sientan aversión extrema hacia otros, como Colombia o México hacia la misma Argentina. Las rivalidades futboleras, sin embargo, no se corresponden con las pugnas diplomáticas. Venezuela contra Colombia, Ecuador contra Perú o Chile contra Bolivia no provocan tanto interés como los partidos anteriores, a pesar de que las relaciones entre los países son o han sido problemáticas.

En la Copa América pueden verse relaciones distendidas en lo político pero no en lo deportivo y viceversa, porque la rivalidad futbolera no siempre responde a las pugnas políticas. Es una especie de juego diplomático en el que se da por entendido el bando – la nación – y el conflicto – ganar o perder –, pero en el que no va en juego la patria, la tierra o la soberanía. Tampoco la identidad: no es necesario, como en el caso de los clubes, que los aficionados, hinchas o torcedores sientan la necesidad de reivindicar la diferencia, porque la nacionalidad es clara.

En los últimos veinte años el futbol profesional ha evolucionado rápidamente: adentro, como deporte, y afuera, como espectáculo. Cambios de reglas que intentan darle más dinamismo, cambios en la preparación de los jugadores que los hacen más resistentes y veloces, cambios en la tecnología del balón y el vestuario para lograr, en principio, un tipo de juego más vistoso, más atractivo no sólo como competencia deportiva sino como entretenimiento de masas.

La proliferación de jugadores latinos –argentinos y brasileños, principalmente, seguidos de uruguayos, chilenos, paraguayos y, en menor proporción, colombianos, peruanos y mexicanos– en las ligas de todo el mundo ha hecho que los seguidores de los clubes locales también estén pendientes de equipos extranjeros, poderosos como Manchester United, Barcelona o Inter de Milán, y no tan grandes, como Napoli, Porto o Lyon. Por un lado, mengua el parroquialismo de antaño y hay más atención sobre otros sucesos de otras partes del mundo; por el otro, sin embargo, se refuerza la identidad –local, de grupo o nacional– a partir de la identificación de los éxitos y fracasos de sus jugadores nacionales.

El análisis de las prácticas asociadas al futbol ayuda a entender que la lógica dogmática de la globalización resulta limitada, por lo que hay pensarla, no como un fenómeno impersonal que engulle lo que encuentra a su paso, sino como un proceso más amplio. La globalización del futbol se impulsa desde arriba por los directivos, patrocinadores, dueños y medios de comunicación, principalmente para satisfacer sus intereses económicos, y desde abajo, por los aficionados que comparan su experiencia con las de otros lugares y adaptan prácticas, como los cánticos de apoyo, y modifican o reafirman las propias.

Una frase hecha muy conocida dice que “el futbol es lo más importante de lo menos importante”. Detrás de este dicho hay una posición ambigua sobre lo que puede significar el futbol. Por ello, y para dejar a un lado la denostación que lo etiqueta como el nuevo “opio de los pueblos” o el  nuevo “circo” que se otorga junto el pan –cuando hay–, resulta interesante encontrarle sentido, más allá del deportivo, a la práctica del futbol y los fenómenos asociados con ella, también para hacerle justicia al “deporte más bonito del mundo”.

 

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