Camila Jaber es una apneísta mexicana. Es la instructora más joven de este deporte en el mundo; también es una estudiante de ingeniería que dedica horas a buscar soluciones medioambientales, y, finalmente, es una activista que usa su influencia en redes sociales para generar conciencia para salvar a los océanos.

 


 

El horizonte bicolor  –cielo naranja, mar azul– relajaría a cualquiera. A Camila Jaber no. Intenta nivelar su respiración: huele a sal. La rodean diez buzos de seguridad; su entrenadora la acompaña; solo ha dormido cuatro horas. Se concentra: inhala, exhala, su ritmo debe ser tan preciso como las olas al armarse y disolverse. Es 19 de agosto de 2017 y son las 8 de la mañana en medio del Mar Caribe; con precisión en Roatán, Honduras. Es el primer día del mundial de apnea.

Apnea: un deporte extremo que consiste en descender la mayor profundidad posible en el mar aguantando la respiración, también se le conoce como buceo libre o, en inglés, free diving. Camila Jaber porta un traje de buceo y gorra de natación, negros, no lleva googles. Sigue respirando: inhala, exhala. Coloca un diminuto clip blanco en su nariz, su función es evitar que el aire escape. Durante las 11 horas pasadas dudó: “¿y si mejor no voy?, ¿lo hago, no lo hago?, ¿valdrá la pena?”. Éste es su primer mundial.

Azul, silencio, el mar y ella. Los jueces dicen “tres, dos, uno…”. Camila se sumerge.

Desciende. Su única propulsión son sus brazos y piernas, los abre y los cierra, así se desplaza: ningún equipo la impulsa. En el mundo del apnea a esto se le conoce como peso constante sin aletas (CNF, por sus siglas en inglés). Las cámaras que la graban registran un nado con destreza, lo que no se puede ver es su incomodidad. Está intentando no pensar en nada. Eso hace. No es fácil, de hecho es la disciplina de profundidad deportiva más difícil, quienes empujan los récords son en su mayoría hombres. Demanda una coordinación perfecta: control de la flotabilidad, coordinación de movimientos para descender y ascender, fuerza en todo el cuerpo, especialmente en la parte superior. 

A lo anterior hay que agregarle la capacidad de no respirar durante minutos. Descender a pulmón tiene sus trucos, no se trata solo de la falta de oxígeno: los pulmones deben tolerar el dióxido de carbono que se concentra en el cuerpo y los oídos deben compensar la presión de la profundidad. Si esto no pasa, pueden surgir espasmos musculares, aceleración del corazón, ruptura del tímpano, desmayos y hasta muerte.

Camila sigue bajando. La tentación de voltearse persiste. Desciende. Piensa en una frase de Frida Kahlo: “pies para que los quiero, si tengo alas para volar”. Vuela, en picada, hacia el fondo. Persiste, aunque cueste. Llega a su marca: 56 metros. 

La subida se siente más fácil. Solo le queda recorrer el mismo trayecto, esta vez en dirección opuesta. Vuela, hacia arriba. Su cuerpo la impulsa: sube. Ya no hay ruido en su mente: escucha al mar. Y lo consigue: sale a la superficie. Realiza el protocolo final: se quita el clip blanco que aprieta su nariz, hace una señal (su dedo índice y pulgar se tocan para formar un círculo, como el emoji) y dice en voz alta “I’m OK”. El oxígeno regresa a su cuerpo. Mientras el aire vuelve a sus pulmones le anuncian que su buceo fue perfecto, sonríe y golpea con suavidad el agua. Más que efusividad o emoción, hay alivio y alegría. 

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Fotos: Camila Jaber

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En ese momento Camila no lo sabía, pero su buceo la puso en el cuarto lugar del mundial en la categoría CNF . Logró descender 56 metros en 2 minutos con 20 segundos. Curiosamente quien tiene el récord más alto –102 metros– es su coach, William Trubridge.

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Por modestia, Camila no lo dirá: desde los 16 años practica apnea y a los 19 se convirtió en la instructora más joven de este deporte en el mundo. A esa misma edad –en su primera competencia como deportista profesional, en la isla de San Andrés, Colombia–, descendió 65 metros en 2 minutos con 45 segundos en la categoría de inmersión libre (FIM, por sus siglas en inglés); con esto, rompió el récord nacional. Antes, su mentora y amiga cercana, la apneísta Estrella Navarro, era la mexicana que poseía todos los récords.

En 2016, Camila Jaber rompió un segundo récord en la competencia internacional Vertical Blue, en Long Island, Bahamas: descendió 52 metros en la categoría de peso constante sin aletas (CNF), su tiempo fue de 2 minutos con 15 segundos. En 2017, profundizó aún más en esa categoría, durante el mundial en Roatán, Honduras, y alcanzó los 56 metros en 2 minutos con 20 segundos. Hoy, la representa Athlete Booster, la misma agencia a la que pertenece Alexa Moreno, gimnasta olímpica mexicana. 

Camila Jaber tampoco dirá que como estudiante de Ingeniería en Innovación y Desarrollo, con concentración en uso sustentable del agua, formó parte del equipo ganador del primer lugar del concurso Energy Business Model que buscaba encontrar soluciones de energía limpia. Ni mencionara que tiene más de 29 mil seguidores en Instagram y 7 mil en Facebook, con quienes comparte mensajes sobre conservación marítima constantemente. Mucho menos contará que es embajadora de México Azul (una organización nacional que fomenta la conciencia por el hábitat marino, la defensa del medio ambiente y el desarrollo sostenible), ni que sus logros como deportista y su plataforma en redes la han llevado a colaborar en proyectos de conservación con PBS o BBC Travel, documentales independientes y marcas como GoPro. No, no dirá nada de esto.

—¿A qué me dedico? —suelta Camila y hace una pausa, lo piensa. Observa los árboles y a un pavo real que pasa a su lado; nos encontramos en los jardines de su universidad (ubicada en Monterrey, Nuevo León, al noreste de México). Tiene clase en una hora, por eso hay una mochila a su costado y lleva puestos unos lentes de aumento dorados. Algo en ella recuerda al mar: quizá su cabello ondulado, el tono suave de su voz o la ligereza de sus movimientos.

En redes sociales se describe como «sirena mexicana» y sí, un no-sé-qué de sus rasgos evoca a esa criatura mítica: a lo mejor son sus ojos grandes y profundos, su cuerpo atlético o su piel lisa y aperlada. —Ahorita estoy pasando por una transición interesante porque soy estudiante de una ingeniería en el Tecnológico de Monterrey y quiero desarrollarme profesionalmente. También tengo una carrera en la apnea deportiva. Dentro de esto, me mantengo activa en otros temas, principalmente de conservación, sociales y género.

Camila Jaber lleva 23 años rodeada de agua, es decir, toda su vida. Nació en Ciudad del Carmen, Campeche y creció en Playa del Carmen, Quintana Roo. Ambos lugares tienen mar, de hecho, los dos son atractivos turísticos; Playa del Carmen, de forma particular, es un destino casi obligado para extranjeros (basta ver fotos de su mar azul turquesa en Google para entender por qué).

La tía favorita de Camila, Cristina Jaber, la acercó al mar y de forma especial a los temas de conservación. Recuerda que cuando era niña, la llevaba a su unidad de manejo ambiental donde rehabilitaba animales que se intentaban vender de manera ilegal. Entonces, mientras la mayoría de niñas y niños de cinco años jugaban en los parques de los suburbios de la ciudad o con consolas de videojuegos, Camila se divertía con jaguares bebés rescatados, recolectando conchas y caracoles a la orilla del mar y pretendiendo ser la princesa Ariel –sí, el personaje de La Sirenita, de Disney– mientras nadaba en cenotes o se dejaba envolver por las olas. 

No solo eso, el agua también fue su medicina. Cuando era pequeña le diagnosticaron Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad; sus papás decidieron no medicarla, en su lugar, optaron por dejarla experimentar con todos los deportes que quisiera para agotar su energía. Así, al llegar a la adolescencia ya había practicado natación, snorkel y buceo con tanque. Igual sentía que le faltaba algo: aún no había encontrado su deporte, uno que conectará con ella completamente. Esto cambió cuando conoció la apnea.

Volvemos al azul. Está vez un azul profundo, envolvente y sobrecogedor. Un azul de inmensidad. Camila Jaber cuenta que ese tono es lo que más recuerda de su primera inmersión, sucedió en Puerto Aventuras, Quintana Roo. Fue una locura: logró descender entre 20 y 25 metros. Tenía apenas 16 años.

—Me acuerdo de cuando empecé a agarrar profundidad, porque al principio estaba bajito, pero se vuelve un acantilado. Luego llegué al fondo y cuando volteo… —se detiene y sonríe con tan solo recordarlo. Es una sonrisa de nostalgia que delata cuánto extraña el mar: Monterrey es una ciudad semi desértica y ese mar, en Quintana Roo, se encuentra a más de 2 mil kilómetros de distancia.— Vi una columna de agua inmensa, arriba de mí. Me acuerdo de mucho azul. Azul, azul, azul. Y mucho sol. Recuerdo esa sensación de estar rodeada de mucha agua. Ahí quedé enganchada. Sí, con esa columna de agua inmensa, ¿sabes? Muy grande y todo líquido: es otro elemento, otra atmósfera. Fue increíble. Sentí emoción, pero sobre todo muchísima curiosidad.

* * *

Fuera del agua, Camila Jaber no puede ser una sirena: debe ser universitaria y millennial, con todo lo que esto implica. No le pesa, aunque confiesa que todavía no ha encontrado un equilibrio para todas sus actividades. 

Un ejemplo: para participar en el mundial de Roatán –aquel buceo que consideró abortar– tuvo que faltar tres meses a la universidad. Se las ingenió: logró hacer un semestre a través de una modalidad que se calificaba con proyectos y, así, pudo mandar avances a distancia a sus profesores. Al igual que su infancia, su vida como estudiante es atípica. Ese semestre, mientras sus compañeras y compañeros iban a clases, estudiaban y se divertían en fiestas dentro de antros y bares con cerveza y vodka; ella se despertaba a la misma hora, desayunaba a diario avena con leche de almendra, plátano, chia y miel y entrenaba para el mundial de apnea en los mares remotos de Long Island, Bahamas y Roatán, Honduras. 

El malabareo es constante. Este miércoles 15 de mayo de 2019, tranquilo para la mayoría, Camila Jaber lo tiene lleno de cosas por hacer: clases y entregas de distintas materias, esta entrevista, también se dará una vuelta a una exposición en la universidad en la que participa su roomie y al día siguiente volará a Culiacán para dar una conferencia sobre su historia. Aún así, se le nota tranquila, certera y sin prisas. No sorprende: como deportista sabe relajarse incluso en las condiciones más extremas, esta capacidad es algo que lleva a su rutina cotidiana. También es capaz de reconocer cuando necesita tomar aire. Por esto, su carrera como apneísta está en pausa: la retomará en 2020. Esto tampoco la altera.

—¿Cómo es eso para ti? ¿Pasar meses sin el mar, sin practicar? —le pregunto.

—Se siente raro— responde y casi en tono de confesión, agrega. —A veces pienso: “no puedo creer que alguna vez bajé tanto”. La condición disminuye, también te vuelves un poco más dudosa, olvidas algunas cosas. Cosas que tenías muy ensayadas, que eran muy orgánicas, tienes que retomarlas y ahí sientes el paso del tiempo. Pero al final, te adaptas a todo. Lo que más me afecta, incluso más que los resultados, es pensar “¿si estoy haciendo todo lo que puedo hacer o si hubiera tenido una semana extra para practicar hubiera hecho más?, ¿y si hubiera tenido un mes, qué hubiera podido hacer?” Siempre te preguntas qué podrías haber hecho: el hubiera.

—¿Y el mar?

—Ay, ¡lo extraño! —Camila Jaber suspira. Lo dice de forma genuina, como quien extraña a un ser muy querido. —Hay días en los que estoy muy sensible y lloro porque extraño el mar. Es un poco absurdo, ya sé, pero al mismo tiempo no porque he pasado mucho tiempo en el agua: crecí ahí, me ha dado mucho. Extraño el espacio, los momentos, la sensación. También lloro cuando me despido de él. Pero intento no darle tanto peso, siempre pienso que voy a regresar y me recuerdo porqué lo estoy haciendo.

Su mensaje, su eje, el centro de todo lo que hace es el agua, los mares y océanos. Lo tiene tan claro que esta certeza y convicción le sirven de brújula para guiarse y seguir.

Esto no solo la impulsa, también la empodera. En marzo de 2019, Camila Jaber ganó el Premio Mujer Tec –un reconocimiento que otorga su universidad a nivel nacional– en la categoría Salud y Deporte. En la ceremonia de entrega, con un vestido azul largo y un pañuelo verde (símbolo de su apoyo a la causa feminista y pro-aborto) amarrado en su muñeca, dio un pequeño discurso y dijo: “Mi motivación es que con cada metro más tengo una voz más fuerte para difundir mi mensaje: la conservación de los mares”.

Nada de esto se queda en palabras, no. Usa sus logros como deportista y sus fotos como modelo submarina para apoyar las causas que le importan. 

Quizá la forma más concreta de entender esto es a través de su cuenta de Instagram donde comparte fotos y videos impresionantes de ella sumergida en mares y cenotes; buceando, nadando o modelando; con vestidos o con trajes de baño o de buceo. Pero las fotos no son lo importante, sino los mensajes que puede transmitir con ellas. 

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Foto: Camila Jaber

Una foto nadando con tiburones, por ejemplo, se convierte en un medio para hablar sobre la importancia de los peces grandes en los ecosistemas marinos y la enlaza a un highlight (una historia fijada permanente en su perfil) en la que comparte un clip que realizó en colaboración con GoPro sobre el tiburón tigre. Una foto de ella nadando cerca de una mantarraya se transforma en un vehículo para hablar del proyecto México Megadiverso, una serie en la que participó junto a otras y otros destacados apneístas para mostrar la importancia del archipiélago de Revillagigedo. También ha subido videos de delfines en cautiverio, ansiosos y con comportamientos inusuales, para crear conciencia e impulsar el trabajo de la organización Dolphin Project o ha hecho dinámicas para conversar con sus seguidores sobre la reducción del uso de plástico individual.

Su voz se escucha fuerte y clara. La ha ayudado a financiarse y a generar colaboraciones –relacionadas con apnea, modelaje y/o conservación–, tanto con proyectos independientes como con marcas y medios reconocidos internacionalmente. Apareció en los documentales The Molecule That Made Us, de PBS (medio estadounidense) y en Socorro Evolution, del director Roberto Ochoa, realizado con apoyo de marcas internacionales y entes gubernamentales mexicanos. También en unas fotos para el especial Surreal shapes in Mexico’s cenotes, del medio inglés BBC.

El mar la inspira, claro, y mueve diferentes aspectos de su vida. Recuerda, por cierto, el día que se prometió dedicar su vida a él, aunque no tenía ni idea de cómo lo haría.

—Cuanto tenía 15 años me rompieron el corazón por primera vez. Me acuerdo que fui muy romántica a la playa y me dije “me voy a olvidar de todo esto porque lo que quiero es dedicarme al mar, es lo que me gusta”—se ríe ante el recuerdo, pero le alegra haber encontrado las formas para cumplir esta promesa. —El mar es constancia: mientras más tiempo le inviertes, más te regresa. Mientras más tiempo pasas en él, más recompensas te da: más interacciones con vida marina, más días lindos, más azul.

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“Nuevos rostros de Cuba y América Latina” es una serie de 22 perfiles de jóvenes que están transformando la región desde distintos ámbitos: música, deporte, tecnología, derechos humanos, innovación, moda y más. Distintas Latitudes y la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas nos acercamos a ellos para ponerles nombre y conocer su historia.

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Ilustración y diseño de portadas: Alma Ríos
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Mariana Limón

México (1994). Egresada de Periodismo y Medios de Información (LMI) del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). Fue reportera de la revista Chilango, también ha colaborado con Life&Style México, Vice México y Código Magenta. En 2018, formó parte del programa Foreign Correspondents’ Programme organizado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Finlandia. Sus temas principales de interés están relacionados con género, minorías, DDHH, política, cultura y estilo de vida.

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