Acompañado de una cámara de gran formato, Jero Gonzáles ha recorrido el nevado Ausangate durante la festividad del señor de Goyllur rit’i, en el Cusco, para mostrar los rostros de diversos puntos del Perú. ¿Cómo se logra recorrer un mismo camino de fe y esperanza a través de la fotografía?


Texto: Luis Cáceres Álvarez

Fotos: Jero González

Camina pausado. Carga un trípode y una cámara de placas en su hombro derecho. Más una mochila donde guarda los lentes, el fotómetro, una impresora portátil y sus sueños.  Contempla las idas y venidas de los ukukus juguetones —esos muchachos que le bailan a la montaña y a los espíritus protectores—; como también, de otros serios e incrédulos. “Ellos son nosotros mismos en distintos estados”, dice y sigue su camino. 

Se llama Jero Gonzales (Cusco, 1982), fotógrafo errante en la festividad religiosa del Qoyllur rit’i que se desarrolla en el distrito cusqueño de Ocongate, en la provincia de Quispicanchi, quien registra los rostros de los viajeros. Así, se sorprende con la revelación de los trajes, de las cruces, de los ríos, pero, sobre todo, del trato que mantiene con los personajes que ha encontrado durante 30 años a lo largo de esa ruta. 

Durante dos años después de terminar el colegio, a finales de los noventa, Jero estuvo en un limbo. Había decidido no estudiar una  carrera  profesional  convencional. Se inclinó por  la computación porque lo veía como un complemento para cualquier carrera que estudiara luego. “En el contexto donde yo vivo elegimos las carreras para estudiar por el tema económico. Muchas veces prevalece eso. Tiene más peso que algo que te guste”, sostiene.

Jero González, un soñador intrépido en los Andes

Sin embargo, no dejó sus pasos por la música ni como danzante. No es hasta el  2012 que tuvo la oportunidad de trabajar en el distrito de Ocongate, donde descubrió que la fotografía sería un camino de vida. Comenzó a ver imágenes impresas en blanco y negro de los Talleres de Fotografía Social (TAFOS). Luego, asistió a una exposición de Martín Chambi en el Cusco y recorrió la festividad del Qoyllur rit’i con una cámara. 

Desde entonces, solo pensaba en ir a Lima a estudiar. “Uno por su cuenta puede aprender en 10 años y lograr trabajos increíbles, pero cuando se estudia tres años con experimentación nos ahorra tiempo en construir propuestas fotográficas”, opina.

El lingüista Mario Montalbetti dice que el Perú tiene una tradición artística importante en poesía y fotografía. Jero insiste en que los nuevos fotógrafos deberían conocer esas fuentes. “Nuestro país está aprendiendo a valorar más el trabajo fotográfico”, recalca. 

Jero González, un soñador intrépido en los Andes

Sus influencias son por etapas. Él admira a Martín Chambi porque fue un aventurero como Ansel Adams y Robert Frank. También a Fernando La Rosa, Billy Hare, Javier Silva Meinel; quienes nos han ayudado a pensar nuestro país. “El legado histórico que tenemos a través de su propuesta, a través de sus ojos, es experimental y sensorial”, dice. 

Asimismo, defiende el uso del quechua, su lengua materna, que aprendió al vivir con sus abuelos. Por ende, los proyectos que formaliza son un homenaje a ellos; como también, a sus memorias de  la  niñez, para demostrar que el idioma nos hace comprender un mundo. “Es la principal justificación para acercarme al valor cultural que posee el quechua”. De este modo, quiere contribuir en el crecimiento de su comunidad.

Es devoto del Señor de Qoyllur Rit’i. Por eso explica a otros de qué trata su proyecto: Puriq significa el  caminante o el que camina. Masiy, compañero. “Puriq masiy puede ser el compañero de camino desde un tema de inspiración”, dice Jero, quien tiene como ejemplo a Ansel Adams. “Su trabajo está relacionado al paisaje y eso a mí me inspira. De alguna manera, yo quiero seguir sus pasos”. 

Jero González, un soñador intrépido en los Andes

El proyecto Puriq Masiy simboliza para Jero que la calma tiene mucho más para “revelarnos”. Se trata de tener hoy una forma de “esperar” distinta, dice. “Yo relaciono la luz con la fotografía, con la cámara, pero  también  con un  sentido de esperanza. La revelación es a las placas, pero también cuando uno intenta  encontrar la verdad, visibilizando estos aspectos de cultura, de tradición y de fe a través del camino”.

Le hechiza la suma de la técnica y el esfuerzo. Ir al lugar sin cámara a escuchar, a oler, a ver con el corazón, porque la creatividad llega con los estímulos. Ese es su cable a tierra. El blanco y negro es parte de su lenguaje, pero no se limita. La mayor parte de su trabajo apela a la exploración, la sensorialidad y la experiencia. Le encanta que sus imágenes gocen de personalidad y que respiren. Si hay desconfianza, se nota en el retrato. 

Salvando las distancias, iría a las fiestas e invitaría a personas que no conoce a que posen. Él llama  “retratos  intrépidos” a esos ensayos que le brindan la oportunidad de acercarse. Comienza de cero porque “si quieres retratar a una persona que conoces, ya es gratuito”. O fácil. Lo principal para Jero es que a los retratados no se les note la tensión, que no se sientan forzados. Piensa en la reciprocidad. Le entregan su tiempo, su imagen y sus ilusiones.

Jero González, un soñador intrépido en los Andes

Esos “retratos intrépidos” fueron hechos en  Chinchero, en Paucartambo, en Puno y en otras comunidades de camino a la festividad del Qoyllur rit’i, el peregrinaje ritual al pie del nevado Ausangate, a 4.700 metros sobre el nivel del mar y a temperaturas por debajo de los 0 °C, dominando el equipo, porque un retrato sale en cinco o siete minutos. Así, usaría la cámara de gran formato, justamente, como una preparación para Puriq Masiy, porque tenía que resolverlo en un solo viaje y en tres días. 

Lo que hacía era prueba y error en otras celebraciones. “Estos retratos fueron la mejor excusa para ir a las fiestas patronales del Cusco, donde se come rico, se baila y se enriquece la vida”, confiesa y ríe. Puede ser muy hablador  con  amigos, pero con personas desconocidas le resulta difícil, por su carácter.

No todas las imágenes se leen de la misma manera. Dependen de la experiencia y de la cultura visual. El fotógrafo debe preguntar sobre qué quiere mostrar y responder qué quiere  decir. Su expertise dura más allá del acto fotográfico. Para Jero, tienes que plantar el trípode. Enfocar. Encuadrar. “Cuando creas una imagen con una cámara de placas, te va a demorar, así que aprovecho ese tiempo para conocer a la persona”. Dice que quienes posan están contentos porque está dispuesto a sacarles una fotografía para perdurar su memoria. 

Jero González, un soñador intrépido en los Andes

“Antes de la toma tú puedes ver a los ojos al  retratado y el retratado te puede ver a los  ojos. Con la cámara de placas, tú te pones la tela encima para enfocar, colocas el chasis para hacer la toma final y miras de frente al retratado. Me gusta porque creas un vínculo efímero que se queda atrapado en la imagen. Ese momento es mágico”. 

Es un proceso que le gusta contar: “El primer minuto en que una persona está frente a una cámara, está ansioso. En el minuto dos se le va pasando. Habla algo con el fotógrafo en el minuto tres y asume que va a demorarse un poco más. Se relaja. En el minuto cinco, seis o siete hacemos la foto”.

A pesar del trabajo duro en la montaña, Jero también llevó consigo una  impresora portátil y una cámara digital. Primero, registró en placas y luego imprimía las digitales mientras guardaba los equipos. Un gesto noble de su parte, porque muchas veces el fotógrafo no se compromete y se demora en devolver las imágenes que obtiene. “Encuentro un paralelo entre la vida misma y esos ocho kilómetros de recorrido donde te vas conociendo, te acercas a ellos y ellos te aceptan a ti”, dice.

Jero González, un soñador intrépido en los Andes

Sus temas son reflexivos, de cómo el ser humano aprende a vivir con lo que le toca. Para Jero, no tenemos nada que envidiar a otros países. Exportamos buena factura. Es cuestión de valorar lo que tenemos. A través de sus ojos, él quiere: “Humanizar a las personas, no exotizarlas. Humanizar nuestra cultura”. 

Solo necesita tiempo para investigar a profundidad, para reflexionar, para conceptualizar: “Es como si fueses una radio que va sincronizando frecuencias u ondas. Todos estos estímulos sensoriales te dirán algo, o sentirás algo. A partir de ahí podrás construir alguna propuesta, o un discurso frente al tema, la situación o lo que tú quieras decir”.

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Este reportaje fue publicado originalmente en la quinta edición de FOT. Revista Peruana de Fotografía e Investigación Visual.

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