Ahí va Johnny González con sus películas, orgulloso de ser un proyeccionista itinerante, en la tradición de aquellos primeros viajeros que cargaban el cinematógrafo de los Lumière. Veinte años, 625 proyecciones. Escuelas, territorios indígenas, cárceles. De frontera a frontera.
De niño, la imagen de la bicicleta de E.T. que volaba en la gran pantalla lo cautivó y lo llevó, “sin saberlo”, a querer compartir aquel asombro.
Hace 20 años abrió la Filmoteca Cine Arte, un local lleno de estantes con DVDs de cine de todo el mundo del que todavía habla en presente, aunque ya no exista “como un espacio físico”. La pandemia lo obligó a cerrar su negocio de alquiler pero, enfatiza, “la Filmoteca no murió, sino que mutó”.
Sin local, siguió con la proyección de clásicos de Chaplin y “educando a través del cine” de la mano de ONGs, fundaciones y gobiernos. El aprendizaje, para Johnny, va en varias direcciones: le permite conocer nuevos rincones de su país, dialogar sobre cine y, más recientemente, colocarse detrás de la cámara para documentar historias de las que ha sido testigo en sus viajes. “A mí todo esto me sale de mis entrañas”, dice con un entusiasmo que no merma.