Paola, 34, Panguipulli, Chile

Por: Francisca López Espinoza
Fotografía: Cortesía de la entrevistada

Varios años atrás, Paola Ñanculef Gutiérrez, una joven estudiante de pedagogía, fue testigo de cómo la policía irrumpía violentamente en una protesta por los presos políticos mapuche.

Se llevaron a rastras a quienes llevaban küpam (vestidos) o makuñ (ponchos tejidos de lana).

Paola vestía jeans y zapatillas. No le pasó nada. 

Hasta ese día, su primer apellido mapuche sólo decoraba el apellido huinca que le seguía. No significaba nada. En su casa no se hablaba mapuzungun, menos de pewmas (sueños) ni del ngen (el espíritu de la naturaleza). 

Pero alcanzó a palpar la injusticia de la que tanto hablaban.

Se convirtió en profesora de educación básica y aprendió a hablar mapuzungun de la misma forma que aprendió a tocar guitarra: observando y escuchando. 

Hoy esparce el mensaje de sus antepasados cantando en lengua mapuche, la lengua de la tierra.

—Canto porque es otra forma de enseñar —dice—. Así aprendo y permito que otras personas aprendan.

Se presenta sobre los escenarios del sur vistiendo su küpam y llevando su apellido con orgullo.

En sueños, una voz le susurró que la historia no puede estar escondida por tanto tiempo.

Felepe may (Que así sea).

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