Por Arleth García (México, 1997)
“Mi casa, mi mundo,
mi abuela a cuestas,
como un caracol”.
Alaíde Ventura
“Esto lo hago por mí”, fueron las únicas palabras que ella dijo esa tarde. Se perdieron entre gritos, llantos y maldiciones, pero siguen resonando en mi cabeza. Por mí. Qué sencillo suena… y qué fácil lo hace ver.
Miro su rostro y no está triste. Puedo asegurar que no le interesa lo que le están diciendo. Su hija —mi mamá— y mis tíos están furiosos. No entienden por qué, a su edad, está tomando esta decisión. Mucho menos que planee irse de su casa.
Yo sí la entiendo. Cuando decidí independizarme, ella fue la primera en apoyarme. Se emocionaba con cada pequeño logro: mi primer colchón, decorar mi cuarto, elegir las cortinas.
Su nuevo espacio es ella. Lo rentó a escondidas hace un par de meses, y lo primero que hizo fue comprarse una televisión. “Siempre he querido ver mis novelas coreanas acostada en la cama mientras tejo, pero a tu abuelo no le gustaba”, me dijo. Me reí. Pareciera que se divorció por eso, y si así fuera, ¡qué maravilla!
Hablar de divorcio siempre es delicado. Pero se vuelve aún más interesante si resaltamos que mi abuela tiene casi 70 años y estuvo casada durante 46.
“Yo nunca tuve marido, así que no siento que de verdad me esté divorciando”, me dijo una vez mientras cenábamos. En ese momento, sus palabras me parecieron frías. Pero aunque suene crudo, era cierto.
Se casaron cuando ella tenía 23 años y mi abuelo, 19. Al principio todo parecía maravilloso, pero la llegada de su primera hija —y, cinco años después, de su segundo y tercer hijo— trajo consigo la rutina y las responsabilidades de mantener una familia.
Ambos trabajaban. Entre semana casi no coincidían, y los fines de semana estaban reservados para “convivir en familia”, no en pareja. El tiempo se les fue entre deberes, horarios, pañales y años. Pasaron de ser mamá y papá a ser abuela y abuelo, luego personas jubiladas. Se convirtieron en ese cliché de los domingos cálidos en casa de los abuelos. Pero si uno los miraba un miércoles cualquiera, seguían sin encontrarse.
Ella pasaba las tardes en talleres culturales; él, en cantinas con amigos. Ella no cocinaba porque prefería salir a comer. Él pedía comida a domicilio. Ella ya era soltera desde hacía años, aunque no lo hubiera dicho en voz alta.
Él, por su parte, como buen señor mexicano, pensó que iba a quedarse en ese matrimonio porque “ya se casó, ya se chingó”.
Pero ella, de chingada, no tenía nada.
Lo sé porque la primera vez que fuimos a su pequeño departamento de soltera ya se sentía como un hogar. Había plantas, ropa regada por el piso, cortinas color naranja brillante y estambres por todos lados. Su esencia colorida y desastrosa ya se había apoderado del lugar. Con emoción me hizo un recorrido por todo lo que había comprado y el posible acomodo de los muebles. Al verla tan feliz, sentí ganas de llorar. Entendí que esta era la primera vez que vivía sola, y que en ese nuevo espacio ya no sería la hija, la esposa, la madre ni la abuela. Sería, por fin, solo ella.
Los gritos me devuelven al presente. Otra vez todo son reclamos:
—¿Divorcio? ¿A tu edad?
—¿Y por qué te tienes que ir tú de la casa?
—¿Estás segura de que esto quieres?
—¿Cuándo volverás? Recuerda que ya estás mayor…
Sí, ya está mayor. Y creo que precisamente por eso tomó esta decisión. ¿Cuándo más va a vivir la vida que realmente quiere? Una vida en la que la vean como la mujer que ama leer, tejer y salir a caminar, no como lo que se espera de “la tierna abuelita que está en casa”.
Me empiezo a enojar. Pero volteo a verla y su rostro sigue tranquilo, sereno. No es que no le importe lo que dicen sus hijos: es que ya tomó una decisión. Y no hay vuelta atrás.
Por eso mi abuelo tampoco ha dicho nada. El día que ella le pidió el divorcio y le dijo que se iba a mudar, él simplemente llamó al abogado. Creo que sabía —como todos, en el fondo— que después de tantos años juntos y todos los altibajos de su matrimonio, él también se lo debía.
—Ahora soy la hija de divorciados—dijo mi mamá, molesta. Como si fuera una niña recibiendo la peor noticia, y no una mujer de 45 años con su propia vida y familia.
En el fondo, creo que sabe que esto era necesario. Pero no deja de dolerle. Tal vez a toda la familia nos duele un poco.
Nos preguntamos qué va a pasar con los domingos familiares. Si debemos turnarnos para ver a la abuela y al abuelo. Si habrá bandos. Si alguien quedará como el villano o la víctima. Si se rompió algo.
Me pregunto si yo también debería estar molesta.
¿Ya lo estoy?
Parece que me lee el pensamiento, porque toma mi mano y me susurra al oído:
—¿Tú también crees que estoy cometiendo un error?
Y yo, con el corazón un poco roto, me trago todos mis sentimientos egoístas de nieta para decirle que no. Que la amo más que a nada en el mundo. Que si esto la hará feliz, a mí también.
Entonces sonríe. Con una sonrisa tan auténtica que hasta los ojos le brillan. Y en ese instante sé que está tomando la mejor decisión de su vida.
Ya ha pasado casi un año desde ese día. Y aunque sí, todo es diferente —y a veces extraño lo que éramos como familia—, siento que es un pequeño sacrificio comparado con los muchos que ella hizo por cada uno de nosotros.
Ahora reparto mis fines de semana entre visitar a mi abuelo, y pasar tardes de café, desveladas, desorden y una cantidad cuestionable de compras por internet en casa de mi abuela.
Por mí, dijo, como si luchara por darse una última buena vida. Pero yo creo que fue por tener la primera que es realmente suya.




