El periodista y escritor argentino presenta Testosterona, un performance periodístico en el que narra su niñez y su experiencia con una terapia de conversión. 

Por: Fernanda Hernández Orozco

Fotografía de portada: Nora Lezano

Un niño delicado, así recuerda Cristian Alarcón que era durante su infancia que pasó en la Patagonia argentina. Ese, dice, fue su pecado. Su penitencia fueron las inyecciones de testosterona a las que su cuerpo, aún lejos de la pubertad, fue sometido, con el fin de volverlo más macho, más como los otros.  

Esa experiencia, que moldeó la vida del autor, es plasmada en Testosterona, donde a través del teatro, pero con técnicas propias de la investigación periodística, el director de la revista Anfibia relata los cambios que la terapia de conversión le provocó. La obra ya ha sido presentada en teatros en Argentina, Colombia y Chile.

Presenta esta obra en un momento en el que las terapias de conversión aún son una realidad para miles de personas en Latinoamérica, pero también en los que una masculinidad más tradicional vuelve a dominar las conversaciones en redes sociales y en la política contemporánea. 

Alarcón habló con Distintas Latitudes sobre Testosterona y sobre cómo es vivir en la disidencia en una era dominada por los “machos alfa”.

Fotografía: Ale Lopez

Terapias de conversión, una realidad que se repite

Alarcón vivió su infancia en el sur de Argentina, en plena dictadura cívico-militar, por lo que su delicadeza era leída, de acuerdo con él, con un miedo excesivo. 

“Hace poco estuve de vacaciones en el sur de Chile, visitando a mis tíos y primos. Le preguntaba a mi tía más adorada qué si ella veía en mí rasgos tan “preocupantes” como para que mis padres se desesperaran al punto de llevarme a un tratamiento tan deshumanizante con inyecciones de testosterona. Y ella me aseguraba que no, que simplemente era muy suave”, dice Alarcón en entrevista con Distintas Latitudes. 

En sus fotos de infancia, parte del archivo de la Unión —que contiene más de 83,000 imágenes familiares reveladas por estudios de fotografía locales—, el ahora escritor reconoce, además de una enorme inocencia, rasgos que definirían su personalidad y carrera. “Era ya un sujeto creativo de algún modo, soñador, lector”. 

Reconoce que era un niño diferente a sus compañeros de clase de la escuela de barrio en la que cursó los primeros años de educación formativa, quienes eran más masculinos y más brutales. “Entonces era como un fresa, maricón, en medio de estos salvajes que me agarraban en el patio de la escuela y me arrastraban por el piso, hasta que un día yo también supe pegar y me defendí”. 

La terapia de conversión, lejos de quitarle los rasgos “afeminados” que sus padres temían, adelantó su pubertad, lo que le provocó una sexualización temprana. La testosterona sí borró parte de la suavidad de carácter, pero también despertó un deseo sexual hacia los hombres. 

“Estoy por primera vez amigándome con eso, que fue tortuoso también, porque no es normal que haya estado sexualizado tan tempranamente. Era algo ajeno a mí. Y ahora lo veo, por primera vez, con una cierta ternura; como esta criatura tenía tan claro que lo que le gustaba era el cuerpo masculino”, narra. 

Alarcón dice que su experiencia de hace casi cincuenta años no difiere tanto de lo que viven las infancias y adolescencias LGBTQ en Latinoamérica en la actualidad y que los padres que actúan de manera distinta a la que lo hicieron los suyos son una minoría perteneciente a los sectores progresistas. 

“En el 90% de las familias de este continente el trato sigue siendo el mismo. Un niño marica sigue pasando por el bullying en la escuela, en la cancha de fútbol, entre sus compañeros. Tiene que refugiarse entre las niñas para poder sobrevivir. Tiene que buscarse a los amigos raros de la escuela, refugiarse en la biblioteca”, asegura. 

Aunque reconoce los avances en la agenda de la diversidad sexual, como el reconocimiento en muchos países de la región del matrimonio entre personas del mismo sexo y de la identidad de las personas trans, también destaca que las terapias de conversión, como la que él vivió en su infancia, son aún una realidad. 

De acuerdo con el informe “El camuflaje del odio” de la Asociación Familias Diversas de Argentina (AFDA), un 26.6% de los miembros de la comunidad LGBTIQ+ han sido víctimas de conversión a través de terapias ilegales, encierros compulsivos e incluso electroshocks. También son aún comunes los casos de violaciones coercitivas, especialmente contra mujeres lesbianas. 

En México, el 21% de las juventudes LGBTQ+ reportaron haber sido amenazadas con someterlas, o fueron sometidas, a una terapia de conversión, un procentaje que llega a 29% en el caso de las juventudes trans o no binarias, indica la Encuesta 2024 sobre la Salud Mental de las Juventudes LGBTQ+ en México de la organización The Trevor Project. 

Fotografía: Ale López

Un espejo 

La emergencia de movimientos disidentes del género, como la no binariedad o una mayor apertura hacia las identidades trans, le ha permitido a Alarcón encontrar un nuevo espacio en el cual encontrar una comunidad. 

“Extrañamente tengo un vínculo cada vez más aceptado y amistoso, con esos sujetos que escapan de la binariedad, porque quizás lo que a mí me quisieron hacer como en ese proceso, en ese tratamiento deshumanizante, fue obligarme a ser varón de un modo. Y lo que yo termino logrando, gracias a la profunda terapia que hice y a mi propia experiencia artística, es una reivindicación de lo singular, de que no tengo ganas, de que alguien me diga cómo tengo que ser”, dice. 

Alarcón explica que Testosterona no busca solo ser un testimonio de su propio trauma infantil, sino un espejo que le permita a cualquier persona, no solo dentro de la comunidad LGBTQ+, verse en el reflejo de la obligación del mandato. 

“Si hay algo que todos hemos pagado caro, es tener que cumplir con los mandatos de clase, de raza, de género, ¿no? Para conformar a los adultos, cuando éramos niños, pero también para conformar a la sociedad hoy”. 

A diferencia de otros formatos periodísticos, el performance le permite involucrarse más, lo cual era fundamental al narrar una experiencia tan personal. En este tipo de periodismo, el investigador se implica de una manera absoluta, gracias a un mayor compromiso físico con la historia narrada. 

“Yo descubrí en el periodismo performático la posibilidad de que la investigación no empiece y termine en lo fáctico, sino que atraviese el cuerpo y la subjetividad propia del periodista. Es el camino contrario a la objetividad,a la frialdad y la distancia que impone la tradición anglosajona del periodismo. Nos acerca la idea latinoamericana del modernismo de los años 1970 en adelante, cuando la crónica latinoamericana emerge en los grandes periódicos y construye los contornos de nuestras naciones”. 

Esta aproximación busca una verdad más profunda, dice Alarcón, algo que no se obtendría a través de las técnicas y fuentes del periodismo tradicional, como los datos, los testimonios o los archivos, sino de los más íntimos de la experiencia de quien investiga.

Fotografía: Maria Arnnoletto

La era de la machosfera

El performance de Alarcón se presenta en una época marcada por el auge de un nuevo tipo de masculinidad que privilegia los roles de género tradicionales y que pone al gym bro —el hombre fuerte— y al crypto bro —el hombre rico—, como los modelos de hombre hegemónicos de la actualidad. 

Esto coincide con un ascenso de la extrema derecha en el mundo, pero acentuado en Latinoamérica, donde personajes como Javier Milei, Daniel Noboa, José Antonio Kast y Abelardo de la Espriella, han llegado al poder, amparados por el presidente estadounidense Donald Trump, un enemigo declarado de la comunidad trans. 

“En estas masculinas hegemónicas encontramos al líder ultraderechista, que además transita una zona de la masculinidad que está relacionada no solamente con el uso del poder y la fuerza, sino con la locura”, dice Alarcón. 

Estos líderes, impredecibles y en los cuales subyace una violencia que puede estallar en cualquier momento, ejercen políticas que afectan especialmente a las minorías. Por ejemplo, Trump firmó en 2025 un decreto que prohíbe que las mujeres trans participen en torneos deportivos femeninos. 

Frente a un entorno hostil, la rebelión consiste en construir alternativas vitales basadas en el cuidado mutuo y el amor. Las prácticas afectivas se convierten en una frontera protectora e infranqueable para estas lógicas de poder. 

“Es decir, nuestras prácticas afectivas como una frontera imposible de ser cruzada por ellos. Nosotros nos protegemos en la medida que somos capaces de querernos bien”, dice. 

Ante el repliegue hacia lo íntimo, Alarcón propone batallar contra el ultraindividualismo a través de la gestión de los propios vínculos. Esto incluye la preocupación por el otro, la formación de pequeños grupos para gestar proyectos creativos, la participación comunitaria (como en las escuelas o el barrio) y la responsabilidad con los oficios. 

Testosterona, dirigida por Lorena Vega, enlaza el relato autobiográfico con la investigación periodística, científica e histórica. Además de la experiencia personal del periodista, narra la historia de la hormona, de las terapias de conversión, así como una reflexión sobre las masculinidades contemporáneas. 

La obra se presentó en julio de este año en varias ciudades de Chile, un país clave en la vida de Alarcón, pues su familia emigró de este país en 1975, huyendo de una dictadura, meses antes de que en su refugio se instalará otra. 

Con Testosterona, Alarcón muestra que el periodismo puede atravesar las barreras de lo multimedia y hacer uso del arte para contar una historia poderosa, que en su carácter personal encuentra un carácter colectivo del que se retroalimenta con cada presentación. 

Fotografía: Franco Trovato

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