Escrito e ilustrado por Gabriela Rodríguez Soledad

Esta historia fue producida en alianza con la Red de Periodistas de la Amazonía Venezolana.

En las minas de Venezuela hay de todo. Eso dicen quienes van y vienen, quienes fueron hace años. En las minas en el estado Bolívar hay negocios, cocineras, explotación sexual. En las minas hay niños trabajando, muchos niños. Luis* tiene 11 años y lo que más le gusta es jugar fútbol y hacer dinero en la mina. Está en quinto grado de primaria, pero no fue hasta hace un par de años que comenzó a ir a la escuela; luego de ser parte de un proyecto de nivelación escolar en la comunidad donde vive. Cuando las clases terminan, sus vacaciones son un viaje por el oro, en Guasipati, al sur de Venezuela, donde se reúne con su papá. 

Vive en Ciudad Guayana, estado Bolívar. Tiene 5 hermanos, ninguno mayor de edad. El más grande tiene 16 y decidió que dejaría los estudios para dedicarse a la minería. En cambio, otra de sus hermanas adolescentes asiste sin falta a la escuela. Sueña con ser médico.

Para 2023, había más de 1.300 niños trabajando en las minas y alrededores, según el Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello (CDH-UCAB). Para muchos de estos niños, que es todo lo que conocen, no hay algo más allá. Según sus padres, tampoco tienen muchas opciones ante la necesidad de subsistir.

La minería ilegal en el sur de Venezuela está ligada al Arco Minero del Orinoco, una zona de explotación avalada por el gobierno venezolano desde 2016 que permite la actividad minera legal e ilegal. Este año ha sido parte del ciclo de noticias global por una operación presuntamente combinada entre organismos de seguridad de Venezuela y Estados Unidos para combatir grupos criminales en la zona. Entre el ecocidio, la explotación sexual, y el crimen, los niños de la zona son expuestos a la explotación infantil y a la esclavitud moderna. Incluso aquellos que viven en ciudades principales a horas de las minas están expuestos a los riesgos. 

Eumelis Moya, abogada y coordinadora del CDH-UCAB, oficina Guayana, con experiencia en la investigación social al sur del estado Bolívar, comenta que la minería en los municipios del sur tenía un contexto cultural propio, practicada por comunidades que habitaban esos territorios y por empresas del Estado antes de la masificación que trajo el boom del Arco Minero del Orinoco.

Muchos niños, niñas y adolescentes son dejados con sus familiares por sus padres para irse a otro país o a las minas. Forman parte de un fenómeno llamado “niñez dejada atrás”. Quedan a cargo de sus tíos, abuelos o incluso vecinos. Cuando sus padres fallecen en la mina, también se vuelven responsabilidad de un tercero sin mediar ningún proceso legal para asumir su cuidado. Sin embargo, la infancia en el sur de Venezuela vive otra forma de separación intermitente: es bastante común ir y venir de las minas, como si fueran viajes de trabajo. Tal como lo hace Luis. 

Luis y la maldición del oro por la plata 

La mamá de Luis, Alejandra*, dice que su niñez fue distinta a la de sus hijos. No la dejaban salir a ningún lado. No podía hacer mucho más que estar en casa. “Ellos tienen esa libertad que yo no tuve. Yo salía de la puerta cuando mi papá me decía. Mi vida era diferente a la de ellos ahorita”. 

Fue una sola vez a la mina y dijo que no iría más y quisiera que sus hijos se alejaran también de la influencia del oro. Logra que se mantengan en la escuela gracias a proyectos que buscan apoyar la continuidad escolar en la zona.

Los niños de la comunidad en la que vive Luis suelen jugar a la pelota, pero también imaginan que son mineros: abren huecos en las calles de tierra y hacen modelos a escala de las “machinas”, una versión de “machine” en inglés, que es como le llaman a las grúas que usan para subir y bajar el material en la mina. 

Luis considera que no tiene muchos amigos, no le gusta “el compinche” o el amiguismo. “A mí no me gusta andar encompinchado. Allá se pierden muchas cosas… ¿y si pasa que nosotros estemos metidos en una casa y se pierde algo? ¿Y que se lo haya robado alguno de mis amigos y me echen la culpa a mí y a mis hermanos?”. No quiere problemas, así que prefiere pasar el tiempo libre pescando con su papá o jugando con su balón. Luis dice que en la mina solo tiene una amiga, una mujer que es cocinera. Cuando él va durante vacaciones para trabajar, se para a las seis de la mañana y ella le tiene su desayuno listo.

De grande, a Luis le gustaría ser futbolista o minero como su hermano mayor. El dinero que hace con su papá en la mina lo usa para comprar golosinas, galletas y leche condensada, aunque le gustaría comprarse un teléfono para jugar y darle dinero a su mamá.

Hay una maldición en el sur: enamorarse del dinero, o al menos así la llaman algunas mamás y líderes comunitarias. Alejandra dice que a su hijo Luis le gusta mucho la plata, y así como ella otras mujeres cuentan que los niños no se escapan de la maldición y que a los 12 años ya se compran su primera moto.

Para quienes crecieron en la mina, la búsqueda del oro no es solo una tarea de algunos meses del año; es su día a día. Aunque algunos pueden mezclar trabajo y estudio, cada vez son más los desertores escolares que recurren a la minería como un trabajo a tiempo completo. El CIDH de la UCAB publicó un informe en 2023 que afirma que más de 1.300 niños no están estudiando debido a la migración a las zonas mineras. Por su parte, la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) de 2024 señala que 3,9 millones de niños y jóvenes han dejado las aulas. 

Eumelis Moya comenta que la irregularidad escolar se debe a que niños, niñas y adolescentes toman algunos días del año escolar para trabajar en la mina y otras actividades comerciales en el sur del estado Bolívar. Antes que graduarse o completar sus estudios, aspiran a motos y teléfonos.

Miguel y la vida que escogió 

La familia de Miguel* va de mina en mina. Se mudaron a El Callao cuando él tenía 6 años, y desde ese entonces Miguel también es minero. Cuando estaba en sexto grado, su mamá decidió no inscribirlo más en la escuela, al igual que a sus hermanos. Su madre también trabaja en la explotación del oro.  

Hoy, Miguel tiene 17 años. Ha roto varios corazones, tiene algunos tatuajes, ha vivido en casas distintas y tiene 3 hijos. Solo una cosa no ha cambiado: sigue trabajando en la mina. 

Donde vive había una cancha de arena que usaban para jugar fútbol. Ahora, es una laguna artificial como consecuencia de la minería artesanal. Allí lavan las bateas que usan para sacar oro, mientras los niños se bañan y los adolescentes manejan sus motos por el terreno. 

La zona es un ejemplo del impacto ambiental de la minería descontrolada: la tierra está llena de “barrancos” (agujeros en el piso de donde se saca el material) que ya fueron descartados y otros que son usados a diario. Los vecinos comentan que todo cambia cada dos meses y poco a poco el espacio para el juego y el disfrute de los niños se fue haciendo más pequeño. 

Miguel conoció a la mamá de su hija cuando tenía 15 años. Se enamoraron y Miguel construyó “una casita” para ella y su hija de 2 años. Está hecha de paredes de zinc, piso de tierra y muchas sábanas de colores. Es su espacio, su lugar, uno que Miguel asegura que mejorará cuando su niña sea más grande.

De su trabajo en la mina le gusta bajar a los barrancos a picar aluvión o beta. Él cree que buscan a niños y adolescentes para trabajar porque tienen más energía, son más activos, pueden palear, picar, cargar y jalar sacos de los agujeros en unos minutos. También, al ser más pequeños, pueden entrar en agujeros y zonas estrechas.

“La vida que agarré no es muy larga que digamos”, dice Miguel. En algún momento quiso ser policía del CICPC (Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas en Venezuela), organismo de la seguridad nacional venezolana y sobre el que pesan violaciones a derechos humanos documentadas a lo largo de los años. Pero, al no terminar el bachillerato, no podía ingresar en sus filas.

Los planes de Julia

Julia* cree que trabajar en la mina le cambió la vida. Ella tiene 30 años y empezó a trabajar en la minería hace 6 años. Antes trabajaba vendiendo tortas y helados alrededor de las minas, pero con lo que ganaba sólo podía comprar pocas cosas para hacer una comida diaria. 

Vive con sus 4 hijos, su pareja, quien trabaja en la mina “desde que nació”, y su suegra, que con 70 años sigue siendo minera. Su casa tiene paredes y techo de zinc, piso de arena y cemento, y la puerta de la única habitación es una cortina; pero hoy la nevera, la cocina y otros electrodomésticos son nuevos, de último modelo, todavía tienen las etiquetas. Julia logró equipar la casa en poco tiempo.

A veces Julia debía escoger entre la escuela para sus hijos o la comida, y poco a poco los muchachos dejaron de ir al colegio, dice que por rebeldía, como le pasó a ella, y por “amor al dinero”. Los hijos mayores de Julia no han cumplido 17 años y ya tienen sus motos. Las compraron con su propio dinero. Dinero que ganaron en la minería.

Andrés*, el hijo mayor, trabaja en los molinos desde los 6 años. Es justo la edad que tiene su hijo menor. Se llama Marcos*. Uno de los mayores logros de Julia es que Marcos está inscrito en un colegio privado de la zona y es el único de sus hijos que está estudiando. Incluso, ya sabe contar algunos números en inglés. 

Julia le paga a Marcos para motivarle a ir a la escuela y él lo llama “su negocio”, aunque afirma con emoción que él no quiere trabajar porque “sus papás lo mantienen”. “Los tres mayorcitos decidieron no estudiar, entonces con el último no me va a pasar lo mismo”, explica Julia. “En cada tarea yo le doy a Marcos 500 bolívares, 1000 bolívares para su merienda. Él sabe, él ya conoce del oro. Conoce que uno agarra dinero”. 

Cuando Marcos llega a casa y le dice a su mamá “no copié de la pizarra”, Julia responde: “Ya sabes que no hay merienda”, porque no quiere que se pierda las tareas y se quede atrás. “Él verá el dinero, pero tiene que ganárselo”.

El mejor amigo de Marcos se llama Daniel*, tiene 8 años y son vecinos. Está escolarizado, aunque no está en un colegio privado como Marcos. De vez en cuando, cuando está con su abuelo, Daniel lo ayuda en la búsqueda del oro a cambio de dinero para golosinas, aunque para él es solo jugar y pasar tiempo con su familia. Los dos niños sueñan con ser guardias nacionales o parte del CICPC cuando sean grandes. Dicen que es porque vieron en un video de TikTok a un funcionario “haciendo justicia”. El video es de un policía asesinando a un criminal.

Los días se pasan así: mientras están coloreando, Marcos quiere dibujar un lingote de oro y Daniel un perro. Les gusta mucho Paw Patrol, un dibujo animado de perritos de rescate que ven juntos en el teléfono de Julia. Ambos estaban muy interesados en la lectura de manos. Marcos asegura que va a ser millonario por una de las líneas de vida en su mano. 

Julia tiene un proyecto de vida a largo plazo: poner a sus hijos adolescentes a aprender el embobinado de las bombas que se usan en la mina, para que tengan otra herramienta a mano y puedan ayudar en el negocio familiar. Los muchachos no son fiesteros y Julia les ha enseñado a invertir y no derrochar. 

“Yo lloraba todos los días, desde que tenía 13 años”, cuenta Julia. Su meta es que sus hijos no sientan lo mismo, logren ser independientes y tengan sus propias familias. Asegura que no se alejarán de la minería ya que les gusta y les genera dinero, pero el plan para Marcos es distinto: su madre quiere que estudie, se reciba en Administración y en el futuro se encargue del negocio familiar.

La paternidad en la mina

Trabajar en la mina también es el recurso de algunos padres para mantener a sus hijos fuera de las calles. Mujeres en la zona 25 de Marzo, en San Félix, cuentan sobre adolescentes rebeldes que no quieren estudiar y cómo la mina funciona para “ponerlos a hacer algo”. 

Juan*, de 33 años, es minero y padre de 8 niños varones. El menor tiene 2 años. Sus hermanos viven en las minas junto a su mamá, quien a sus 60 años aún trabaja como minera. 

Él quiere que sus hijos sigan estudiando y “sean alguien en la vida”. Esto para él significa estudiar mucho para ser abogado, por ejemplo. Cuando él era niño quería ser muchas cosas de grande, lo que menos pensaba era convertirse en minero. Dice que es algo que le tocó en esta vida. 

Dos de los hijos de Juan quieren ser CICPC, el otro, bombero. Su esposa dice que a los niños les gusta cuando los ven pasar en las motos. Se emocionan cuando ven a su hermano policía llegar con las armas en la cintura, el casco y todos los accesorios, así como cuando lo ven en uniforme. Pero Juan y su esposa quisieran que fueran otra cosa en vez de mineros o policías. 

Hay padres a quienes les gusta que los niños los acompañen a la mina, cuenta Juan. Su hermano llevó a su sobrino de 15 años a trabajar porque el adolescente no quería estudiar ni conseguir un empleo. Juan dice que prefiere que “estén conmigo trabajando que por ahí quién sabe dónde, que no se pierdan, que estén conmigo a que estén en la calle”. 

Los adultos llevan a los niños a las minas para evitar la delincuencia en sus ciudades, sin ver que los exponen a grupos armados de las zonas mineras. Su presencia se ha normalizado. Estos grupos han tomado más protagonismo en el sur del estado, controlando el territorio. Incluso, han evolucionado «de sindicatos a sistemas, de sistemas a grupos, y de grupos a gobiernos locales», y en algunas localidades son quienes patrocinan escuelas, o grupos deportivos, sin dejar de lado la violencia y las actividades ilícitas, explica Eumelis Moya.

Cuando empiezan las clases, niños como Luis regresan a sus ciudades, a 155 kilómetros de las zonas mineras, y algunos incluso vuelven a la escuela. Para los niños de la mina parece que no hay una pausa, solo seguir sacando oro hasta que sean mayores de edad y puedan decidir si quieren hacer algo diferente… algo que, además, esté a su alcance y sea parte del entorno que conocen, como ser policía, militar o comerciante. 

A Luis ya le toca estudiar su último año de primaria; fue el último grado que estudió Miguel. Es un momento decisivo para los niños que viven en el sur, cerca del oro y de sus promesas.

*Los nombres de las personas entrevistadas para este reportaje fueron cambiados para mantener su seguridad.

Esta historia fue producida en alianza con la Red de Periodistas de la Amazonía Venezolana.

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