Isabel no llegó por casualidad. Desde niña, África la llamó con una curiosidad que ni sus 13 años en Estados Unidos apagaron. Usó su maestría como excusa: contactó con una ONG con la cual diseñó un proyecto de biogás para comunidades rurales. En tres meses, creó una empresa con un socio local, y ese tiempo fue más que suficiente para que Tanzania (y un tanzano) le robaran  el corazón.


 

Isabel aterrizó en Tanzania bajo una lluvia fría de septiembre, y la vista del Kilimanjaro, el monte más alto del continente, le dio la bienvenida.  Todo lo demás era plano, y las calles destapadas hacían tambalear las ruedas del taxi. Después de vivir tantos años en Estados Unidos, no podía evitar preguntarse: «¿Esto qué es? ¿Dónde estoy?«. 

Al llegar a una casa humilde en Arusha, la electricidad se había ido. En lugar de frustración, alzó la mirada: un manto de estrellas la envolvió. “Yo quiero vivir acá”, susurró. La recibieron mujeres riendo, cocinando maíz sobre brasas en el patio, el humo mezclándose con el aroma de bienvenida. Le ofrecieron calentar agua para que tomara un baño, pero ella optó por un baño a totumadas frías, determinada a integrarse y vivir como local, pues ya tenía una certeza: África sería su hogar.  

Isabel aprovecha los cortes de luz para conversar a la luz de las velas, noches donde el cielo africano le recuerda por qué se quedó. Ella siente esa hospitalidad que el argentino Sergio atestigua desde Zanzíbar: “La gente te protege si les das respeto”. Todos concuerdan que la principal similitud entre Latinoamérica y Tanzania es la calidez: “Los extraños son bienvenidos a la casa y son tratados como personas de la familia”.

Tanzania, un espejo de Colombia

Isabel con la comunidad, después de instalar Biogás.

Isabel no llegó por casualidad. Desde niña, África la llamó con una curiosidad que ni sus 13 años en Estados Unidos apagaron. Usó su maestría como excusa: contactó con una ONG con la cual diseñó un proyecto de biogás para comunidades rurales. En tres meses, creó una empresa con un socio local, y ese tiempo fue más que suficiente para que Tanzania (y un tanzano) le robaran  el corazón. Vendió sus pertenencias en EE.UU. y regresó apenas la pandemia se lo permitió, decidida a quedarse.  

Para Isabel, Tanzania es un espejo lejano de Colombia. En las comunidades rurales donde instalaba biodigestores, la recibían con platos de ugali (una masa de maíz) y la arrastraban a bodas o funerales. “Nos hacían parte de todo, como si fuéramos familia”, recuerda. Las abuelas tanzanas le recordaban a las de Medellín: mismas risas, misma obsesión por alimentar a los visitantes, misma devoción por los ancianos. Hasta el machismo le resultó familiar, aunque aquí era más crudo: “Las mujeres calladitas, los hombres con la última palabra”. En su relación, sin embargo, ella se aseguró de romper el molde, pues Erick, su pareja, debía compartir tanto las responsabilidades económicas como las tareas del hogar. 

Matrimonio, residencia y el precio de quedarse  

Isabel y su exesposo Eric.

Las leyes tanzanas no facilitan que la gente se quede: Un permiso de trabajo cuesta alrededor de $3.000 cada dos años, lo cual era una fortuna para la startup de Isabel. Ella, que había vuelto a Tanzania enamorada de su proyecto y de su novio Erick, decidió que la solución a sus problemas era clara: matrimonio. Esto le permitiría quedarse, pero no trabajar. 

La relación, según cuenta, fue muy bonita, y la familia la integró desde el inicio, y con su cuñada llegó a tener una complicidad llena de confidencias… Sin embargo, lo que decidieron no contarle era que Erick estaba también con otra persona.  

“La infidelidad está muy arraigada. Culturalmente es normal para los hombres tener varias mujeres al mismo tiempo”, afirma Isabel, y cuenta también que la familia le insinuaba quedarse en el matrimonio, bajo el argumento de que “ella aún era la oficial” o que “cualquier otra no sería la oficialmente reconocida”. 

Aunque esas diferencias culturales (y la confianza completamente quebrada) les llevó a terminar la relación- lo cual trajo para Isabel complicaciones en su proceso migratorio y nuevos retos-, no podía trabajar formalmente, pero tenía una empresa que sacar adelante y una determinación por hacer de Tanzania su hogar sin importar que su relación no hubiera funcionado.

Con el rabo entre las patas y el corazón hecho pedazos, decidió volver a Estados Unidos para recuperarse emocional y económicamente, pero sabía muy bien que Tanzania la esperaba, y ocho meses después volvió más decidida que nunca a hacer su vida allí. 

Un hogar con más que biogás

Isabel construyendo los biodigestores.

Su familia desde un inicio ha cuestionado su decisión: “¿Para eso estudiaste una maestría?”, pero ella no deja de insistir: “Aquí soy feliz. Aquí, hasta sin luz, la vida sigue… y eso me encanta”. Hoy, su padre evita hablar de Tanzania; su madre considera visitarla algún día. Pero Isabel aquí tiene su empresa, y también ha creado una red de amigas tanzanas, colegas extranjeros y una familia escogida que la apoyó tras la ruptura. Valora la sencillez: mercados al aire libre, cortes de luz que obligan a conversar bajo las velas, una idea que Fernanda, ecuatoriana en Arusha, resume así: “Aquí, hasta sin luz, el tiempo se llena de cosas que realmente importan”.

Isabel no solo construye biodigestores. Su historia es un puente entre culturas: una latina que desafió estereotipos migratorios (dejó el sueño americano por el sueño africano), luchó contra leyes sexistas y encontró su lugar bajo un cielo con poca luz artificial. “En Tanzania aprendí que el hogar no es un lugar, sino la gente que te recibe con los brazos abiertos”, dice sonriendo, despidiéndose para ir a organizar el baby shower de una de sus amigas. 

Las estrellas de Tanzania no son las mismas que vio en Medellín, pero son igual de suyas. Y cada noche le recuerdan que África no fue una parada en el camino, sino el destino que siempre buscó.

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Narradora comunitaria galardonada, con experiencia utilizando el lenguaje audiovisual para amplificar las voces de comunidades históricamente excluidas. Ha liderado iniciativas de narración como AFRISOS – African School of Storytelling (Tanzania) y Localízate (Colombia). Ha trabajado con organizaciones como el Pulitzer Center LATAM, Worldcrunch (Francia), la OIM (República Dominicana), CONNECTAS y Rutas del Conflicto (Colombia). Su trabajo busca visibilizar realidades ignoradas y promover el cambio social a través de historias auténticas.