Loreto Rocha, ingeniera industrial chilena de un pueblo montañoso, tenía un trabajo estable en una universidad y una vida sin riesgos. Pero ella no encajaba, siempre se sentía muy social, muy ruidosa, muy viva en comparación con sus amigos chilenos. Así, en 2015 terminó en Tanzania, un país que ni siquiera sabía ubicar en el mapa. 


 

Loreto durante un safari, una de sus adicciones y uno de los principales motivos por los que terminó viviendo en Tanzania: Ayudar a otros mientras tiene acceso frecuente a conectar con la naturaleza. 

«Viaja, tómate tres meses», le dijo una amiga. Loreto Rocha, ingeniera industrial chilena de un pueblo montañoso, tenía un trabajo estable en una universidad y una vida sin riesgos. Pero ella no encajaba, siempre se sentía muy social, muy ruidosa, muy viva en comparación con sus amigos chilenos. Así, en 2015 terminó en Tanzania, un país que ni siquiera sabía ubicar en el mapa. 

Arusha, su nuevo hogar, la recibió con caos: noches sin luz, calles de tierra y un dala-dala (minibús) abarrotado. Pero bajo ese caos, descubrió una sensación familiar: “Tanzania era como Chile hace 50 años: sencillo, pero lleno de vida», relata. Se encontró con familias unidas, mercados bulliciosos y una humildad que resonó en su memoria de infancia entre campos y animales. 

Loreto encontró en Tanzania mucha vida salvaje, pero también su propia vida se volvió salvaje: terminó uniendo su vida con una comunidad Maasai que la haría sentir bienvenida y le mostraría cómo es vivir en medio de la naturaleza. «En Chile, me sentía extranjera. Aquí, aunque soy mzungu (extranjera blanca), encontré un hogar».

Impacto social y la conexión Maasai

Loreto utilizando prendas y joyería Maasai en un matrimonio tradicional en el que la invitaron a ser dama de honor.

Hoy Loreto se ofreció a ayudar a preparar la comida con las mujeres de la comunidad, pero el proceso para ello es muy diferente al que se encuentra en la ciudad: preparar una comida en medio de la nada requiere muchos otros pasos, y las mujeres deben caminar a diario a la fuente de agua más cercana y cargar pesadas cuencas con agua en la cabeza, ir al bosque con un machete para cortar leña con que encender el fuego, ordeñar las vacas, ir al mercado más cercano a cinco kilómetros de distancia para poder conseguir harina, arroz o verduras; entre muchas otras cosas. Una vez hecho todo esto, Loreto se sienta en una de las casas de barro y techo de paja, y junto a otras de las mujeres de la villa se dedican a cocinar con leña y comunicarse como pueden entre suajili, maasai básico y muchas señas y risas. 

Loreto sabía que su vocación era trabajar en proyectos sociales que empoderaran a comunidades rurales, y fue así que terminó en la aldea de Ayubu, un líder Maasai que buscaba mejorar la vida de su pueblo sin perder sus raíces. Juntos, iniciaron un centro comunitario para enseñar negocios a mujeres y jóvenes, usando la tradición como base. Desde entonces, su vida dio un giro de 180 grados. 

Loreto llegó cuando las mujeres ya superaban a los hombres en migración latina (ej: México: 192 mujeres vs 164 hombres). Como ellas, su trabajo con mujeres masái refleja el nuevo rostro de la diáspora: transformadora, no solo aventurera. 

Loreto fue bienvenida en la comunidad, e invitada a ceremonias ancestrales con pinturas, música y muchos saltos, e incluso fue la dama de honor durante un matrimonio de la comunidad, y cada vez su admiración por la cultura y la disciplina de esta tribu seguía creciendo. Sin embargo, toda esta admiración chocaría con la general crítica al machismo y los matrimonios arreglados. Pero Loreto aprendió a navegar esas contradicciones: «No vine a juzgar, sino a escuchar. Su resiliencia me enseñó más que cualquier libro».  

Amor en tierra de poligamia

Loreto con Ayubu, su compañero de vida, negocios y proyectos. Esta foto fue en la comunidad de Ayubu, durante una ceremonia Maasai que solo ocurre una vez cada 14 años. 

Su relación con Ayubu, un líder Maasai, desafió todas sus expectativas: él, con una familia tradicional Maasai con varios hijos; ella, una latina demasiado independiente. Pero a pesar de las diferencias, construyeron un vínculo basado en transparencia y respeto mutuo, entendiendo principalmente el contexto cultural en el cual se daría la relación, y tratando de hacer concesiones mutuas para integrar la cultura Maasai con la latinoamericana, sin renunciar a las tradiciones familiares tan arraigadas de la comunidad en la que Loreto estaba siendo bienvenida. “Aquí el amor no es un cuento de hadas. Es negociar, entender que su mundo tiene reglas que no son las mías», confiesa, y comparte su constante dualismo de cómo respetar esas costumbres sin perder su propia identidad, pues una de las cosas que le atrajo de Ayubu fue su conexión cultural, y aun así la comunidad también ha estado dispuesta a experimentar cosas nuevas con tal de darle la bienvenida y seguir creciendo como comunidad.

“Para ellos, el matrimonio es una empresa familiar”, cuenta, y compara las estructuras familiares, pues en Latinoamérica, a pesar de que hay un vínculo familiar profundo, la independencia y el individuo son considerados. En cambio, en la cultura Maasai, la familia está involucrada en la toma de decisiones de cada integrante, pues el individuo solo se entiende como parte de una comunidad. 

Esto también se refleja en la vida cotidiana. Loreto recuerda cómo, junto a la madre de sus hijos y otras mujeres de la comunidad, cocinaban, cuidaban niños, buscaban agua y recogían leña. Más que un compromiso con Ayubu, Loreto siente una conexión trascendental con la comunidad, y ha decidido luchar por una vida conjunta en la que sueñan una aldea con agua potable y su propia casa de barro. 

«No necesito un anillo para sentirme parte de su vida. Lo importante es cómo nos apoyamos», dice. Trabajan en cómo construir una familia en la que Loreto haga cada vez más parte. Mientras tanto, ella sigue moviéndose entre la aldea Maasai y la ciudad, y continúa trabajando en un proyecto de vida que la haga  no solo crecer como individuo, sino también como parte de la comunidad. 

El peso de dos mundos

Primera vez de varios niños de la aldea yendo a la ciudad (Arusha). Loreto los llevó por primera vez a una piscina como celebración de un cumpleaños. 

En las noches estrelladas de Arusha, Loreto aún extraña el pan de Chile y las tardes de asados familiares. Pero cuando el sol ilumina el monte Meru, sabe que su lugar está aquí, donde el caos se transforma en comunidad y los sueños se construyen con paciencia.

Su mayor conflicto, sin embargo, yace lejos de las sabanas del Serengeti y de la vida salvaje. Cada vez que visita Chile, la persigue la angustia por sus padres que, como todos, envejecerán con el tiempo: «¿Cómo cuidarlos desde aquí? Es algo que aún no sé responder, y mi corazón está partido en dos continentes».

Mientras enseña a mujeres Maasai a calcular precios de artesanías o sale a bailar con vecinos tanzanos, Loreto redefine lo que significa pertenecer. Ella sueña con un centro autosostenible en la aldea Maasai, donde tecnología y tradición coexistan. Pero su visión va más allá: quiere unir Latinoamérica y África a través de turismo e historias como la suya.

mm

Narradora comunitaria galardonada, con experiencia utilizando el lenguaje audiovisual para amplificar las voces de comunidades históricamente excluidas. Ha liderado iniciativas de narración como AFRISOS – African School of Storytelling (Tanzania) y Localízate (Colombia). Ha trabajado con organizaciones como el Pulitzer Center LATAM, Worldcrunch (Francia), la OIM (República Dominicana), CONNECTAS y Rutas del Conflicto (Colombia). Su trabajo busca visibilizar realidades ignoradas y promover el cambio social a través de historias auténticas.