Sandra llegó a Tanzania siguiendo a su esposo colombo-alemán en un proyecto de exportación de café. En ese entonces, Tanzania vivía un colapso migratorio (-75% en los 80s-90s). Y a pesar de que ellos esperaban quedarse solo dos años, su perseverancia contrasta con los 386 latinos registrados en esa década, muchos de los cuales huyeron por la crisis económica.
“En aquella época (hace 30 años), Arusha era como un pueblo remoto de Colombia: sin supermercados, sin luz constante, con caminos de tierra”, recuerda Sandra De Kusserow. Ella llegó a Tanzania siguiendo a su esposo colombo-alemán en un proyecto de exportación de café. En ese entonces, Tanzania vivía un colapso migratorio (-75% en los 80s-90s). Y a pesar de que ellos esperaban quedarse solo dos años, su perseverancia contrasta con los 386 latinos registrados en esa década, muchos de los cuales huyeron por la crisis económica.
Al principio Sandra salía a caminar por las calles destapadas y escuchaba gritos en su dirección: “¡Mambo!” (saludo tradicional en swahili). Al voltear se encontraba con sonrisas amigables de vecinos, de vendedoras de maíz asado, de niños riendo y asombrados con su color de piel… Pero cuenta que le costaba reconocer las caras de las personas, sentía que todos eran iguales. Llegó chapoteando el inglés y sin saber suajili, y este nuevo idioma sonaba a música desconocida. Y tiene sentido, pues el idioma es bastante fonético, rítmico y con muchas palabras repetitivas. Duró algunos años en perfeccionarlo, pero fue una necesidad para poder sobrevivir en un mundo en el cual tuvo que probar su valor y su inteligencia para poder crear una vida para su familia.
Mamá gallina: resiliencia en un mundo de hombres
Sandra en una de las obras a su cargo en Serengeti, rodeada de los Majogoo.
Como la única mujer extranjera arquitecta en Tanzania, Sandra enfrentó un muro de machismo y burocracia. Para registrar su firma, tardó seis años: “Me trataron como estudiante, aunque ya era profesional en Colombia”. No reconocieron su diploma y la obligaron a realizar trabajo supervisada por un arquitecto tanzano, el cual se aprovechó de ella, cobrando por firmar sus proyectos y negándose a validarla, pues negarle la certificación como arquitecta le garantizaba tener mano de obra gratis en su firma.
Ella critica el machismo arraigado: “aquí las mujeres son calladitas; los hombres, los únicos voceros”. Con el paso de los años aprendió que se tendría que abrir paso con humor y tenacidad: bautizó a los colegas arrogantes como Jogoo (gallo, en suajili) y les recordaba: “Aquí soy la única gallina rodeada de gallos que quieren mandar”, mientras les miraba a los ojos con una sonrisa en la boca, y todos los demás evitando su mirada, como culturalmente suele suceder.
Sus comentarios eran recibidos entre risas, pero esos Majogoo (gallos, en plural) que cuestionaban su autoridad, eran el día a día de muchas otras mujeres en el país, pues Fernanda enfrentaba lo mismo en los lodges de safaris: “Fue muy difícil que aceptaran órdenes de una mujer… ¡Y extranjera!”. Los seis años de trámites burocráticos para legalizar su firma también resonaban en los negocios de Sergio: “Acá tenés que sortear permisos como si saltaras cercas”, confiesa el argentino, pero admite que “en Zanzíbar las soluciones son más ágiles”.
Aunque pudo haber adoptado la nacionalidad alemana de su esposo, Sandra decidió no hacerlo por orgullo. Esa misma convicción la llevó a pelear durante seis años por la nacionalidad tanzana: un camino lleno de trabas legales que incluso implicó renunciar a su pasaporte colombiano. Muchos no entendían por qué estaba tan decidida, incluso los trabajadores de inmigración la cuestionaban, pero ella sabía que ese documento le abriría puertas para construir su hogar y su empresa con más libertad.
Hoy su empresa, Sdk architecture, diseña hoteles y lodges, tiene oficinas tanto en Arusha como en Dar es Salaam y emplea principalmente a mujeres tanzanas, que está orgullosa de ver crecer desde empleadas hasta líderes: “Yo les enseñé que ser mujer no es un límite. Si trabajas con ética, aquí hay espacio para todos”.
Tanzania le enseñó a Sandra a valorar la paciencia y la sencillez: “Aprendí a sonreír ante lo incontrolable, como hacen los tanzanos”. También valora la calidez de su gente. Hoy, tres décadas después de llegar, está encargada de diferentes proyectos arquitectónicos en parques nacionales como Serengeti, Tarangire, Ngorongoro y sueña con construir usando bambú y tierra, materiales sostenibles que conecten su pasado colombiano con el futuro africano.
Raíces colombianas bajo el sol tanzano
Sandra y algunas de sus amigas latinoamericanas en Dar es Salaam.
Hace 30 años, Sandra encontró algunos ingredientes locales que le recordaban a su tierra: plátanos, yuca, maíz… Sin embargo, no sabía cómo conseguir queso o incluso leche en Arusha. Ella y su familia viajaban esporádicamente trayectos de diez horas para ir a Nairobi (Kenia) y traer provisiones para poder recrear algunos de los platillos que tanto recordaba de su querida Colombia. Sandra se reunía en una gran cocina con sus Dadas (amas de casa Tanzanas) y se sentaba con ellas a cocinar, practicar suajili y enseñarles cómo preparar sancocho, arepa y ajiaco con ingredientes locales, mientras sus hijos corrían libres en el gran jardín, sintiéndose seguros en su entorno, conectando con sus raíces tanzanas, pero también latinas.
Sus hijos crecieron entre diferentes idiomas (español, alemán, suajili, inglés), pero también, como buenos colombianos, aprendieron a hablar con los ojos, sostener la mirada y apuntar con la boca. Los crió sin pantallas, bailando, cantando shakira, y llevándolos a parques naturales a ver jirafas y leones. Sin embargo, nunca ha dejado de pensar en su tierra: “Siempre extraño a Colombia, siempre extraño a mi familia de allá y con el paso de los años cada vez la extraño más”.
Para Sandra el éxito no es el dinero, sino la huella que deja, y su vida es un puente entre culturas. Ya no planea irse: “Tanzania me dio paz, un hogar sin fronteras”, dice. Hoy, además de dirigir su firma, impulsa encuentros entre latinos en Arusha y Dar es Salaam, cocina platos típicos para compartir con nuevas familias y sueña con construir, entre palmas de bambú, un rincón que abrace dos continentes.




