Unas lombrices rojas han logrado que este municipio del Pacífico Colombiano dejara de quemar basura, tirarla al río o enviarla a Marmolejo, el vertedero local. Ahora, los habitantes de Quibdó separan sus residuos y producen fertilizante orgánico en una planta de compostaje, la cual se proyecta para transformarse en una empresa comunitaria.

 


 

Unas lombrices rojas han logrado que en Quibdó, un municipio del Pacífico Colombiano, se dejara de quemar basura. Tampoco se tira al Atrato, el río aledaño, ni se envía a Marmolejo, el vertedero local. Ahora, las y los habitantes de Quibdó separan sus residuos en sus casas. Han comenzado a producir fertilizante orgánico en una planta de compostaje, la cual se proyecta para transformarse en una empresa comunitaria.

En un solo día, los más de 116 mil habitantes de Quibdó generan alrededor de 96 toneladas de basura. De esa cantidad, casi el 67% son residuos orgánicos. Los habitantes los depositan en recipientes de color verdes que los camiones recolectores, llamados “turbos”, recolectan los días lunes, miércoles y viernes. Los turbos llevan esos residuos orgánicos a la llamada área de biotransformación de Marmolejo. Ahí pasan por máquinas trituradoras especiales y entonces comienza el proceso de lombricultura.

La lombricultura es una tecnología para generar composta de manera muy rápida. Imita el proceso de descomposición que estos animales realizan en la naturaleza, llamado científicamente proceso de biotransformación. Las lombrices rojas consumen la materia. Después de cinco o seis días la procesan por completo y la convierten en grandes camas negras de abono. Ese abono es conocido como humus de lombriz, el cual está considerado uno de los mejores fertilizantes orgánicos que existen. Además tiene un valor importante en el mercado, un kilogramo se vende en un dólar y cincuenta centavos aproximadamente.

Imagen: Fundación MIMA

Actualmente la planta de Marmolejo procesa hasta siete toneladas diarias de residuos orgánicos. Su potencial de producción es mayor a una tonelada diaria de abono. Es decir, el ingreso diario podría ser de alrededor de 1,500 dólares.

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Quibdó es uno de los municipios más pobres de Colombia. Aproximadamente el 46% de su población vive en condiciones de pobreza extrema y tiene uno de los índices de desempleo más altos el país. Además, la ciudad registra el 56% del total de las víctimas del conflicto armado del Chocó, el departamento donde se ubica Quibdó.

Carlos Vergel es un zootecnista con más de 30 años de experiencia en trabajo con las lombrices de tierra y también es director de Fundación MIMA. Él explica que en el municipio “[están] todos los problemas que tiene el país. Hay problemas de seguridad, hay problemas de acceso al trabajo, hay problemas de acceso en vías para llegar allá, es de los lugares más lluviosos del mundo, tiene unas condiciones ambientales un poco complejas que lo hacen un poco más complicado”.

Fundación MIMA es el nombre corto de la Fundación Manejo Integrado del Medio Ambiente, la cual se dedica al desarrollo de comunidades sostenibles en Colombia. Uno de sus principales ejes de trabajo es la gestión de residuos sólidos utilizando la lombricultura. La organización llegó a Quibdó en 2015 tras su participación en el festival Detonante que organiza la revista Semana Sostenible. La idea era que presentaran una solución al problema de basuras que ya habían implementado en otros pueblos del país.

Carlos Vergel contó a Distintas Latitudes que cuando él y su equipo llegaron al municipio, notaron que a pesar de la existencia de una empresa operadora de aseo, llamada Aguas del Atrato, la gente botaba la basura directamente en el río. Especialmente terminaban ahí los residuos de la plaza del mercado. Decidieron adaptar su programa a las necesidades de Quibdó. Así descubrieron que su modelo es muy flexible y se puede ajustar a sitios grandes o pequeños.

Foto: Fundación MIMA

En ese momento la ciudad no tenía aún mucho interés de invertir dinero en un proyecto así para la basura de Quibdó. A pesar de ello la fundación logró gestionar unos primeros recursos y convenció a la alcaldía municipal de ayudar con otra parte de los recursos económicos. El primer paso fue poner a las lombrices de tierra a trabajar con los residuos orgánicos del mercado, del matadero municipal y de las llamadas “legumbrerías”, pequeños supermercados que venden únicamente frutas y legumbres. Así se puso en marcha el primer piloto que opera actualmente y gestiona el 10% del total de los residuos de Quibdó.

Además del manejo de los residuos orgánicos, en Quibdó se separan los residuos reciclables en recipientes de color azul que los turbos recolectan los días martes y jueves. Los residuos no aprovechables son los de menor volumen en el municipio y se recogen una vez a la semana de recipientes color rojo.

El turbo lleva los residuos reciclables a la planta en Marmolejo, donde las y los recicladores clasifican los materiales de manera más detallada. Por ejemplo, para el plástico tipo PET tienen siete clasificaciones diferentes de acuerdo con el color. Estos plásticos después pasan por una máquina prensadora, se almacenan, y se pesan para su venta. Todos los residuos reciclables se clasifican y almacenan y se pesan. La dinámica de trabajo es similar a la de una fábrica. Al final del día la planta se limpia y todo queda perfectamente ordenado.

La ciudad ha convertido su sistema de recolección en un modelo económicamente sustentable porque genera tres ingresos. El primero es la tarifa que se le cobra a las y los habitantes de Quibdó por el servicio de recolección y aseo. El segundo es la venta de los materiales reciclables. El tercero es el más importante: la venta de humus de lombriz.

El objetivo es que lo único que sea enviado al relleno sanitario de Marmolejo sean los residuos no aprovechables. Es decir, sólo el 10% del total de los residuos. Esto implicaría que, como lo explica Carlos Vergel, “aumenta la vida útil del relleno, y se reducen significativamente las emisiones de gases. Bueno, y no sólo de gases. Lo orgánico es el producto o el componente que más produce olores, cucarachas, ratones, ratas, moscas, que son factores de sanidad muy fuertes y generadores de posibles enfermedades”.

La idea es instalar en Marmolejo 10 módulos de reciclaje. Cada uno de ellos procesaría un 10% de los residuos de Quibdó. A la vez, cada uno de los módulos generaría alrededor de 15 empleos directos y dignos, con salarios y prestaciones. En estos empleos Fundación MIMA también tiene contemplado incluir a las y los recicladores que actualmente trabajan en el vertedero a cielo abierto de Marmolejo. De los empleos generados hasta ahora, más de la mitad ya trabajaban en Marmolejo y ahora la fundación, con ayuda de otras organizaciones de recicladores, les ha ido capacitando en temas como contabilidad, administración, comercialización, entre otros.

Un ejemplo es el de Leidy Rivas, una mujer que trabajaba como recicladora en Marmolejo y ahora está con las lombrices de tierra en la planta de transformación de residuos orgánicos. Leidy Rivas fue entrevistada por Noticias Caracol y contó que tras escuchar del proyecto que quería implementar MIMA en Quibdó se dijo a sí misma: “Yo tengo que estar ahí”.

Además de estos empleos, las lombrices y su humus de lombriz también favorecen la producción y cultivo de alimentos de los habitantes de Quibdó. La calidad del abono hace que la asimilación de nutrientes sea más efectiva de manera casi inmediata.

Carlos Vergel describe el modelo de Fundación MIMA “como cuando le estamos enseñando a un niño a caminar o a montar bicicleta. Cuando ya están listos los soltamos y ya caminan solos. Los acompañamos de manera permanente con instructores permanentes en todas las actividades y cuando ellos ya lo están haciendo bien los vamos soltando, que ellos ya las ejecuten solo pero ya con disciplina, con horarios como empresas. Lo que somos realmente es una especie de incubadora de empresas”.

El equipo de la organización trabaja con cada uno de los hogares en juntas de acción comunal y realizan visitas técnicas constantes hogar por hogar para enseñar a cada una de las familias cómo separar sus residuos. También trabajan con los colegios de Quibdó, con tareas didácticas para el hogar, una de las cuales es enseñar a su familia a clasificar sus residuos.

Carlos Vergel ha notado que eso genera sentido de pertenencia y cambio de conducta en la comunidad de Quibdó, “empiezan a verse a sí mismos como solución del problema ambiental del mundo. Es como esa la filosofía”. Por ejemplo, antes si la basura se tiraba en el río, en los caminos, o incluso se quemaba era considerado normal. Pero tras el arranque del proyecto de reciclaje ahora los mismos vecinos denuncian o interpelan a quienes todavía lo hacen a escondidas.

Además del impacto social, también hay uno ambiental evidente. Especialmente en ahorro de emisiones, como lo explica Carlos Vergel, “en un vertedero como el de Quibdó de 90 toneladas día, la producción de gas metano es impresionante, que es el principal gas que está afectando la capa de ozono. Los lixiviados que se producen son gigantescos porque en Quibdó llueve en promedio 8 mil milímetros anuales, llueve todos los días. Lo que se produce en un vertedero normal de lixiviados aquí es cinco o seis veces por la cantidad de agua que cae todos los días”.

Respecto a los residuos orgánicos, el trabajo de las lombrices evita que se fermenten y se mezclen con otro tipo de residuos, no se generan lixiviados ni sustancias tóxicas y logran un ahorro de hasta 90% en emisiones a la atmósfera.

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La diferencia entre un relleno sanitario y un vertedero a cielo abierto es que en el primero se toman medidas para que los desechos no causen daños a la salud, al entorno, ni al medio ambiente. El relleno implica que está sanitariamente controlado. Por otro lado, en un vertedero a cielo abierto simplemente se depositan las basuras sin organización alguna.

Marmolejo se ha transformado poco a poco en un relleno sanitario. Actualmente conviven tres modelos: el vertedero a cielo abierto donde aún operan recicladores independientes, el relleno sanitario, y las plantas de reciclaje y lombricultura de Fundación MIMA.

El objetivo por supuesto es lograr que el vertedero a cielo abierto tenga su cierre. Por ello requieren transformarlo primero por completo en relleno sanitario. Carlos Vergel y el equipo de MIMA están en proceso de realizar todos los trámites necesarios para el cierre y para montar los diez módulos de reciclaje que faltan para poder gestionar el 100% de la basura de Quibdó.

Ya puesto en funcionamiento, el gobierno del municipio ha mostrado mayor disposición para trabajar con Fundación MIMA, e incluso han incluido en sus programas de gobierno la creación de los módulos faltantes con miras al cierre de Marmolejo. Sin embargo, hacen falta recursos. “A las empresas privadas no les está interesando invertir en Quibdó porque no tienen mucha presencia ahí, porque no hay fábricas, porque no hay industria, entonces ha sido muy complejo conseguir los recursos”. Por esta razón que da Carlos Vergel, es que han optado por buscar ayuda de organismos internacionales. El Banco Interamericano de Desarrollo ya hizo una pre aprobación de recursos para montar un nuevo módulo de reciclaje, el cual esperan tener montado en 2019.

Foto: Fundación MIMA

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“La revolución de las pequeñas cosas” es parte de la filosofía de Fundación MIMA. Una revolución que que comienza con lombrices rojas. “La lombricultura y el manejo responsable de residuos sólidos son la base de nuestro trabajo. Queremos que todas las poblaciones de Colombia logren superar el problema de las basuras, a través de modelos que generen nuevas oportunidades de trabajo y desarrollo para la población”, resume Carlos Vergel.

Otra mujer que trabajaba en Marmolejo cuando era sólo un vertedero a cielo abierto, ahora hace lombricultura y también fue entrevistada por Noticias Caracol, es María Isabel Perea. Ella convivía con el desperdicio de residuos orgánicos todos los días y ahora le da gusto convertirlo en una oportunidad para su ciudad. “Ver que la gente ya no está en esa problemática, ver que la gente ya no tira residuos ni basura al río ya es ganancia. A lo reciclable todo mundo le encuentra solución, pero a lo orgánico no”.

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Este texto forma parte de Nada es basura, una serie sobre cómo es, qué pasa y quiénes están en el ecosistema del reciclaje en América Latina. ¿Qué posibilidades existen para personas, gobiernos, empresas y organizaciones en la basura? Distintas Latitudes te lo cuenta en este especial quincenal.

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Ilustración de portadas: Alma Ríos
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Tania Chacón Ortiz

Ciudad de México, 1994. Miembro de la 2a Generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas. Busca aportar a la lucha por la conservación, la justicia ambiental y contra la crisis climática desde el periodismo. Sus días favoritos son en los bosques como voluntaria para su conservación.

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