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Imágenes tomadas en la Fanfarria Invernal 2017. Del Facebook de Urbano

Urbano es un espacio de colores intensos, sonrisas duraderas y saludos hasta a los desconocidos. Se cuelan por las ventanas de una de sus salas luces brillantes y ruidos altos, dentro se proyecta una película como parte del taller cine-foro. Pequeñas estatuillas de barro pintadas descansan quietas sobre un aparador, mientras que no para de entrar y salir gente por la puerta principal. Son las 15:30 horas del jueves cinco de octubre en Paraguay esquina Canelones, en Barrio Sur de Montevideo, donde se ubica la vieja casona que contiene al espacio cultural.

Una iniciativa única en Uruguay —y el mundo— que trabaja los derechos culturales de personas en situación de calle. Su singularidad no recae tanto en el hecho de que se trabaja con personas en situación de calle mediante el arte y la cultura, más bien, es que es una política pública que funciona bajo la órbita del Ministerio de Educación y Cultura (MEC) en convenio con el Ministerio de Desarrollo Social. Una política pública que se para firme en el arte para ver y fomentar las potencialidades de cada una de las personas que se suman en el proyecto.

Luego de una reunión de trabajo, el coordinador de Urbano Walter Ferreira, recibe a Distintas Latitudes para conversar sobre el funcionamiento del espacio cultural y su concepción sobre el trabajo con personas en situación de calle a través del arte en Uruguay y la región.

 ¿Cuándo empezaste con la coordinación de Urbano?

Desde el 2010 al 2012 Urbano fue gestionado por la ONG Luna Nueva. Cuando se cierra esa etapa, la Dirección de Cultura del MEC decide tomar el proyecto. Desde el 2013 lo coordino yo; ya estamos en el cuarto año, pero Urbano en total tiene seis años.

¿Siempre tuvo esa perspectiva de trabajar con personas en situación de calle a través del arte y la cultura?

Lo que dio lugar a que se formara Urbano fue esa idea de trabajar los derechos culturales de las personas en situación de calle por medio de las herramientas del arte y la cultura. Ese fue el origen. Al principio se abrió una licitación y se presentó Luna Nueva, esa fue la primera etapa. Lo que pasó ahí es muy problemático pero interesante, porque tener una propuesta exclusivamente cultural que sea poderosa es muy difícil en un contexto en el que se trabaja con políticas sociales que están basadas en el paradigma asistencial. Lo que pasó en esa primera etapa, el peso de lo social y de trabajar sobre las problemáticas, obturó todos los procesos que tenían que ver con arte y cultura. Ese primer Urbano se transformó en una especie de refugio diurno que atendía problemáticas de las personas y toda la parte cultural perdió peso. Los talleres perdieron peso en desmedro del trabajo concreto con la problemática: la salud, la alimentación, la higiene.

Lo que hicimos cuando retomamos la segunda etapa, que lo empezamos a coordinar nosotros, fue recuperar lo esencial del trabajo de Urbano: los talleres de arte y cultura para privilegiar cada vez más esa herramienta como medio de abordaje de algunas de las problemáticas que se dan en la situación calle. Pero esto es bien una política cultural. Sabemos que trabajamos con una población que está repleta de problemáticas y que vienen de distintos lugares, pero nosotros todo el tiempo vamos hacia la herramienta de lo cultural. No nos hacemos los desentendidos en cuanto a las problemáticas que aparecen, lo que hacemos es derivar y coordinar con organismos, personas o instituciones que trabajan específicamente la problemática y nos seguimos quedando con la política cultural.

Se centran en el arte y la cultura para abordar las problemáticas que se dan en la situación de calle, ¿cómo se trabaja eso?

Una persona que vive en situación de calle tiene muchos técnicos alrededor. Está el Ministerio de Salud Pública, el Ministerio de Desarrollo Social, el Instituto Nacional de Alimentación, el Instituto Nacional de la Juventud, el Ministerio del Interior, los centros nocturnos. Un individuo está todo el tiempo sobre atendido, eso lleva al sujeto a una institucionalización, a un fortalecimiento de su situación de marginalidad. Esa es la lectura que hicimos desde un comienzo en Urbano y decidimos no seguir reproduciendo esa sobre atención. Somos un centro cultural, acá no trabajamos ninguna problemática puntualmente. Acá no hacemos curriculum vitae, ni tramitamos la cédula de identidad. Nada de eso, pero sí coordinamos con quienes lo hacen. En un refugio tienen un equipo de técnicos que están para eso.

Hay una relación interinstitucional…

Cumplimos un rol muy articulador. Por otro lado, la esencia del trabajo con arte y cultura es que cualquiera que hace un proceso artístico en Urbano lo lleve a sentirse mejor, con más autoestima, con una producción de subjetividad que hasta el momento no tenía, con ganas de salir de la situación calle, y con la producción de símbolos que le permitan pensar la vida a través del arte. Hacen procesos preciosos. Los ves llegar y en cuestión de meses cuando lo ves que se viste mejor, que está bien, que sonríe.

En el mejor de los casos un participante hace el proceso, logra salir de la calle y del refugio, se alquila una habitación en una pensión. Pero el medio es tan fuerte que, seguramente, al no tener un soporte, esa persona vuelve a caer en la situación calle. Si nosotros abrimos procesos y no articulamos bien el después, es inútil. Ahí es donde hay que hablar con los refugios, y tratar de ser, a través del arte y la cultura, un articulador para ir mejorando un sistema que trabaja con las personas. Al mismo tiempo Urbano plantea una tensión dentro del sistema, una tensión positiva. Tenemos una mirada que no está presente.

¿Cómo explicas esa tensión positiva?

Somos un dispositivo nuevo en cuanto a la atención de personas en situación de calle, al estar trabajando diferente y no trabajar con las lógicas históricas del trabajo asistencial. Eso hace ruido, un dispositivo que concibe a la persona como un adulto.

Conciben a la persona como un artista, más que una persona en situación de calle.

La mirada que tenemos hacia la persona es conceptual pero también metodológica. Nos salimos del lugar de ver al otro como un carente de, vemos a una persona como artista y se lo transmitimos. Esto genera cambios a largo plazo en el otro. Ahora que tenemos el proyecto maduro, ya va apareciendo un empoderamiento en relación a algunos temas donde las personas pueden empezar a poner palabras y empezar a pelear algunas cosas que tienen que ver con su derecho vulnerado.

Una vez a la semana tenemos un encuentro de participantes con características de asamblea, la idea es que la palabra vaya apareciendo. El estar en situación de calle implica un carácter de subalternidad por parte de la persona, que no tiene una voz propia, no es escuchado, por eso pierde fuerza, y reproduce discursos ajenos. Acá, primero con los lenguajes artísticos y después con un encuentro quincenal, es que va apareciendo la palabra propia.

Últimamente denunciamos mucho la situación de calle desde una perspectiva de violación de derechos humanos. Un ejemplo es la Fanfarria, una fiesta en la calle que hacemos al comienzo del invierno para visibilizar la situación calle. Ahí va apareciendo un discurso, que se va construyendo de a poco. Como para que el horizonte que trabajamos no sea que la situación de calle es para siempre, que podamos pensar que en muy poco tiempo no haya personas en la calle. Para eso, si alguien tiene que tener iniciativa son las mismas personas que sufren el sistema, servir de medio para eso. Nos manejamos en un horizonte de transformación y construcción de subjetividad, cuando hay un sistema que no apunta para ahí.

Ahora cuando vas a trabajar a los refugios o centros nocturnos encontrás personas o equipos que están pensando como nosotros. Cuando empezamos a trabajar en el 2010 a dar talleres en los refugios no había nada de arte, eran un dispositivo de control. Fuimos tirando de esa piolita, porque es interesante tomar esta herramienta. Hoy hay un fondo específico con el que se pagan cosas a nivel de arte en este ámbito, eso ha sido un logro en el tiempo y tenemos que ver con eso.

Ahora hay una avidez por trabajar con arte. Y está apareciendo un discurso de dar soluciones a la situación de calle, no es que estamos trabajando con una situación inamovible que te pone en la cadena de ocultamiento, del loco, del pobre.

Urbano cuenta con talleres de teatro, expresión corporal, cine, coro, composición musical, danza, títeres, expresión plástica y literatura. Desde el 2015, alrededor de 300 personas se inscriben a las propuestas del centro, de los cuales el 60% son adultos mayores de 40 años. Además de personas en situación de calle, Urbano recibe a vecinos y a todo aquel interesado en la propuesta. Según datos actuales del Ministerio de Desarrollo Social de Uruguay, en Montevideo hay 1651 personas en situación de calle. Con respecto a los datos de 2011, un crecimiento del 26,3% de las personas que duermen a la intemperie, y uno de 59,4% de las que se alojan en refugios.

Es interesante para cortar con ese imaginario social de que la persona que está en situación de calle quiere estar ahí.  

Me ha pasado en entrevistas de radio. Gente que me quiere convencer de que las personas que están en situación de calle quieren estar ahí porque es romántico, porque no se quieren atar a nada. Y yo les digo que no. Si bien la situación calle es multicausal, sabemos que no. Hay una serie de políticas que tienden a agudizar la situación de marginalidad. Urbano si no está pensado como conector dentro de un sistema con un montón de espacios más no sirve para nada, al mismo tiempo si nos perdemos en ese sistema tampoco sirve. El fin último es el lenguaje. Si logramos seguir trabajando en conjunto va a aparecer ese discurso propio de las personas en situación de calle y el nuestro.

Trabajan desde la inclusión, no desde la resistencia.  

La inclusión tiene que ser en la comunidad, en un entorno, en un barrio. Que esas siluetas que vagan en la calle pasan a ser artistas. Ahora hubo tres que fueron parte de la obra del Ballet Nacional del Sodre, Romeo y Julieta. Acompañaron todo el proceso, y son muy buenos artistas. El panorama donde se van a incluir es en una sociedad que es bien compleja pero es la que tenemos.

¿Cómo se trabaja con las personas en situación de calle a través del arte? ¿Conocen algún tipo de iniciativa parecida a Urbano en otros países?

Al principio buscamos qué había en la región y no encontramos nada parecido. Un director del área de cultura del MEC buscó por muchos lados y llegó a la conclusión de que somos muy particulares en cuanto a política pública. Estuve en Europa hace poco y no hay un proyecto de este estilo. Lo que sí hemos encontrado son algunos colectivos de cultura comunitaria que trabajan en favelas de Brasil, pero no son políticas públicas estatales, son grupos independientes.

Estuve hace poco en Barcelona, todo el mundo muy interesado en como una política pública se podía transformar en algo así. Es que no es cultura para pobres, acá los dispositivos que tenemos son de excelencia: buenas sillas, buen sofá, aunque la casa se nos caiga a pedazos. Al principio nos entrevistaban de medios extranjeros con curiosidad de lo que estábamos haciendo. Hace poco visité Estrasburgo [ciudad en Francia], les interesó mucho lo que trabajamos en Urbano, sobre todo ahora que Europa está complicada con las poblaciones que llegan sin papeles. Voy a volver a viajar para hablar sobre Urbano como un dispositivo de trabajo, y como una posibilidad transformadora de las personas en situación de calle a través del arte y la cultura.

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Florencia Pagola (1988) periodista uruguaya. Trabajó en La Diaria. Desde 2015 es una de las integrantes de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas, iniciativa inédita para impulsar el periodismo regional y destacar nuevos talentos. Twitter: @FlorPagolaLuc

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