Skip to main content

Linda y Joana llegaron a México en 2019. Ambas han vivido en al menos dos países desde que salieron de Haití. Quedaron embarazadas en su trayecto hacia la frontera sur del país. Su dominio del español es nulo, apenas esbozan unas cuantas palabras. Confían en que tras dar a luz podrán continuar su camino a Estados Unidos para iniciar de nuevo.


Texto: Perla Miranda y Astrid Rivera

Fotos: Perla Miranda

 

Abierta está una desdicha-tigre

entre la vida y yo: ¿puede uno

dominar el caos haitiano de sus días?

¿puede uno contener en sus venas de nómada

el flujo existencial de tiempos de soledad?

René Depestre

 

Linda acuna entre sus brazos su pronunciado vientre de ocho meses de embarazo. Lleva largo rato sentada, absorta en el ir y venir de sus tres hijos que corren de un lado a otro; casi no habla, mira con recelo a quien se le acerca.

Se asume como una perseguida política, en su natal Haití, Linda y su esposo eran abogados, trabajaban en el gobierno de Puerto Príncipe capital del país caribeño—. A casi un lustro de haber huido, Linda aún teme que la reconozcan y le hagan daño a ella y su familia.

Aún no domina del todo el español, su hijo Richard de siete años interrumpe a ratos la conversación para traducirle al creole, que es una mezcla del francés y lenguas africanas, uno de los idiomas oficiales de Haití.

Es firme cuando se niega a dar detalles sobre las razones que motivaron su huida,  se limita a decir que sufrieron amenazas. Una noche dejaron su casa, salieron con unas cuantas prendas de ropa y con Richard en brazos, quien en ese entonces apenas tenía dos años.

Su travesía tuvo como primera parada Brasil, donde nació su segundo hijo: Jazbeck. En el país carioca radicaron un tiempo, para luego continuar con su peregrinaje que tiene por destino final Estados Unidos, donde buscan pedir asilo político.

Johana junta dinero para hacer su próximo parto en una clínica privada. No quiere atenderse en un centro de salud público por temor a negligencia.

Chile fue la segunda nación en la que hicieron escala, ahí permanecieron por un par de años, en los que tuvo lugar el nacimiento de la pequeña Jaleil. Con tres niños, Linda y su esposo continuaron su viaje hasta llegar a México en febrero de 2019, se instalaron en Tapachula.

Los primeros días pernoctaron en la calles de esa ciudad fronteriza, si conseguían dinero rentaban un espacio en alguna de las “cuarterías”, que son viviendas ubicadas en la colonia Nueva Esperanza, un asentamiento cercano a la Estación Migratoria Siglo XXI en la que cientos de migrantes en su mayoría haitianos y de origen africano se han establecido a la espera de la emisión de los documentos migratorios que los ampare para seguir adelante con su periplo.

El esposo de Linda no conseguía trabajo y lo que ganaba vendiendo aguas en el Parque Miguel Hidalgo, plaza principal de Tapachula, no alcanzaba para el alquiler del cuarto, por lo que de nueva cuenta deambularon por la ciudad, cargando a sus hijos y sus pertenencias. Poco después se enteraron del albergue para migrantes, Jesús el Buen Pastor, donde llevan más de seis meses viviendo a la espera del nacimiento de su cuarto hijo y que la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) les otorgue la condición de refugiado, para que puedan transitar por el país.

No nos alcanza para un lugar, sólo mi esposo trabaja. Pero en cuanto nazca señala su abultado vientre, buscaré trabajo para irnos.

En el albergue Jesús El Buen Pastor, el 30% de los migrantes que ahí se refugian son de Haití; hasta marzo de 2020 el albergue había recibido 10 mil 800 personas, según Olga Sánchez Martínez,  directora de ese centro de acogida. 

Linda lamenta su situación, se rehúsa a quedarse en Tapachula debido a que no hay trabajo. Pese a las dificultades que han vivido desde que salieron de Haití, no tiene intenciones de regresar.

Nos gustaría quedarnos en México un tiempo, aquí no (en Tapachula), en otro lugar donde haya más trabajo. Hay que esperar para vivir mejor. Allá no hay esperanza, sólo dolor y hambre.  

Desde el inicio su plan era permanecer poco tiempo en esa ciudad, tramitar la solicitud de refugio, y una vez que las autoridades migratorias se lo concedieran a ella y su familia, avanzar hacia el norte para llegar a Tijuana ubicada en la frontera norte de México— y así cruzar a la Unión Americana: su destino final.

Richard (7) y Jasbeck (5) llegaron al albergue El Buen Pastor con su madre, Linda, quien sufrió persecución política en Haití.

Confía en que su bebé nazca sano, aunque en todo su embarazo no ha podido hacerse un ultrasonido, ni tener consultas médicas. A pesar de que en el albergue hay un consultorio que atiende a los migrantes, sólo brindan revisiones básicas, ya que los médicos son generales. No hay un ginecólogo para revisar a las embarazadas, ni tampoco cuentan con aparatos para realizar ultrasonidos.

Mientras recuerda todas las dificultades que han sorteado, no deja de abrazar su vientre, de acariciarlo, tampoco pierde de vista al pequeño Jazbeck y Richard que corren por el patio sosteniendo una bolsa como si se tratara de un papalote. Linda confía en que una vez dejando Tapachula su situación mejorará, su rostro serio y meditabundo se esfuma cuando su hijo Richard se le acerca y la abraza. El llanto de su hija Jaleil la hace levantarse y correr hacia el cuarto que ocupa su familia.

***

Al igual que Linda, Joana llegó a México a inicios del 2019, dejó a su hijo de dos años con su padre, con la esperanza de conseguir un mejor trabajo y algún día regresar por él.

Joana casi no habla español, apenas unas cuantas frases para ofrecer las trenzas de cabello en las calles del centro de Tapachula. Su figura impone, mide cerca de 1.80 metros, con su ceño fruncido trata de esquivar las miradas lascivas de hombres que visitan la plaza y que le intentan tomar fotos sin que se dé cuenta.

Enfundada en un vestido, que su vientre de ocho meses le ciñe al cuerpo, Joana carga un banco de plástico y su catálogo de modelos para hacer trenzas, las cuales oferta por 100 pesos equivalentes a cinco dólares y 50 pesos por un mechón. Acompañada de Zianyi, una compatriota suya que conoció al llegar a Tapachula.

Es de pocas palabras, apenas intercambia unas cuantas en su natal creole con Zianyi. Luego de dar varias vueltas a la plaza Benito Juárez, una mujer se acerca para que trencen su cabello.

Joana saca sus instrumentos de trabajo: un fragmento de espejo, con el que apenas se alcanza a ver el avance del peinado, un peine, un bote de gel y los mechones de color para que los clientes elijan el que más les guste.

Apenas estaba separando el cabello de su clienta, cuando se percata de un hombre que le estaba tomando fotos a unos cuantos metros de ella. Molesta soltó el cabello de la mujer, se lanzó contra el hombre, Zianyi y otras mujeres gritaron en creole al hombre; alzan los brazos, manotean, mientras el afectado sólo esboza una sonrisa socarrona.

Con ocho meses de embarazo, Johana se dedica a hacer trenzas de colores.

Los gritos y la multitud hace que dos hombres altos y fornidos de piel oscura, dejen las cubetas con las botellas de agua que venden en el suelo. Se aproximan, con voz firme, espetan: 

¡Déjalas! No queremos problemas, no molestes.

El hombre por fin se marcha.

Joana levanta el banco, le pide a su clienta moverse al parque de enfrente, el Miguel Hidalgo. Una vez instalada, retoma su labor, de pronto otro hombre que dice ser inspector municipal de Tapachula se acerca:

No pueden estar aquí, vete, molestas a las personas.

Estamos trabajando. Revira Joana con voz grave.

Joana no se rinde ante la exigencia de irse, lo cual crispa más al supuesto inspector, quien trata de arrebatarle los bancos colocados para los clientes. 

¡Vete de aquí, no puedes estar aquí! Vete allá, al otro lado el hombre señala hacia la otra plaza, donde minutos antes Joana se fue por el altercado que tuvo.

La clienta interviene por ella. Aleja al supuesto inspector al cuestionar sobre los motivos por los que Joana no puede estar ahí. 

Después de tanta interrupción, Joana por fin termina de trenzar el cabello de la mujer. Sus labios gruesos hacen una mueca torcida y el ceño fruncido, revelan su molestia.

Nos tratan muy mal, los inspectores. A veces nos corren de la plaza, nos corren unos supuestos inspectores. Nos pasa mucho que nos toman fotos, sin darnos cuenta.

Quiere hablar, pero no encuentra las palabras para describir todas las veces que ha vivido circunstancias parecidas, en la que los hombres la acosan o le impiden trabajar. Murmura unas frases en creole, mientras guarda sus herramientas de trabajo en una bolsa. Se sienta por unos minutos, estira sus piernas, se quita las sandalias, sus tobillos hinchados denotan el cansancio.

Joana poco a poco toma confianza, saca su teléfono que esconde entre sus pechos. Me enseña una foto. En la imagen se observa a una mujer sonriente con el cabello ensortijado que le rozaba los hombros, viste una blusa strapless de color amarillo y un short blanco.

Se queda contemplando largo rato la fotografía, antes de dar más detalles:

Soy yo, antes de salir de Haití. Me sentía bonita. No quiero que mi familia me vea así.

Guarda una vez más silencio, se da la vuelta para tallarse los ojos. Joana aún conserva rastros de la coquetería con la que posó en la fotografía, el esmalte blanco en las uñas, su vestido ceñido, se peina con las manos el cabello al ras de sus mejillas. 

Con un atropellado español cuenta que salió de Haití hace cuatro años, la falta de trabajo la llevó a salir de su país. La primera escala fue Brasil, donde conoció a su actual pareja y padre del hijo que espera. Juntos avanzaron a Chile, luego a Panamá y, finalmente, México.

Es niño dice al señalar su vientre.

Joana esperará el nacimiento de su bebé para continuar su viaje y llegar a Tijuana. El plan original era llegar a Estados Unidos, pero reconoce que “está difícil”. Piensa quedarse por un tiempo en la frontera norte de México hasta que sea posible cruzar y alcanzar el sueño americano.

Joana se levanta del banco y continúa enseñando el catálogo de sus trenzas.

mm

Somos el medio de información y análisis de América Latina, desde América Latina.

Deja un comentario