María Augusta Hermida es una arquitecta ecuatoriana que gusta de combinar lo técnico con lo social y lo artístico. Es la primera mujer al frente de la Universidad de Cuenca y, desde ahí, quiere hacer historia e inspirar a las que vengan después de ella.


 

María Augusta Hermida (Ecuador, 1967) lleva siempre un rostro sonriente aunque su agenda esté ocupada. María Augusta es una mujer cuencana de 54 años, arquitecta, docente, investigadora, madre y ahora, la primera mujer rectora, en 154 años de vida institucional, de la Universidad de Cuenca, la más importante del sur de Ecuador.

“Pensaba, y aún pienso, que podemos cambiar el mundo”, recalca al recordar su vida estudiantil universitaria, que la llevó desde dirigente estudiantil hasta ocupar puestos altos de política universitaria. De niña vivió en varios lugares del país que la llevaron a entender y trabajar por la situación de desigualdad en la ruralidad ecuatoriana, y encontró en la arquitectura la herramienta para combinar la técnica y lo social en un solo trabajo.

También disfruta de la literatura latinoamericana y es apasionada del diseño arquitectónico. “Para mí trabajar y divertirse no son cosas separadas. Disfruto mucho del trabajo y eso no le pasa a todo el mundo, pero a mí sí” afirma con seguridad.

María Augusta se siente orgullosa y agradecida por el camino de lucha que las mujeres cuencanas han marchado. Sabe que para las niñas y las mujeres la representación es importante porque los sueños y objetivos que tenemos toman impulso cuando vemos a otras lograrlo.

En Distintas Latitudes conversamos con ella. 

Cuando eras niña, ¿qué deseabas ser de grande?

Un día un tío abuelo de mi papá me quedó viendo y me dijo después de mí: el diluvio. Y aunque no le entendí fue una frase que me quedó retumbando.  Cuando la comprendí, me di cuenta que él me veía como una niña muy empoderada de lo que yo quería. Por eso ya de niña  decía que quería ser Presidenta de la República, para cambiar el mundo y hacer la revolución.  Aunque fui cambiando, durante varios años también quise ser  médico, hasta que me di cuenta que no era para mí. Después nunca me alejé de las ramas técnica, social y del arte.  

Has estudiado algunas ramas de lo social, pero ¿cómo llegaste a la arquitectura?

Yo viví en Quito y ahí empecé a estudiar ingeniería de sistemas,  pero en sexto ciclo me di cuenta que esto no era para mí y me cambié a Sociología. En el primer año de esa carrera conocí a un estudiante de arquitectura y nos casamos. Vinimos a vivir en Cuenca y aquí entré a estudiar filosofía pura en la facultad de Teología.

Esa fue una experiencia especial pues yo era la única mujer y los compañeros eran aspirantes a sacerdotes. Finalmente ingresé a estudiar arquitectura y aquí me di cuenta que era lo que me gustaba porque pude combinar la técnica, lo social y la parte artística y creativa con el diseño.

Si pudieras construir una casa sin límites de la realidad, ¿qué características tendría?

A mí me encantan las casas que están en total relación con el exterior. Yo construiría una casa metida en la mitad del bosque,  y si no necesito piso, techo y ventanas mucho mejor. De hecho un proyecto parecido que pude realizar fue el de “Los Faiques”,  una casa ubicada dentro del bosque, que tiene grandes ventanales y desde cualquier punto puedes ver los árboles y el exterior.

Estar en la mitad de un bosque es algo que a mí me parece emocionante, ojalá luego podamos tener materiales de construcción que realmente nos haga sentir y vivir dentro de estos ambientes. 

Realizaste tu doctorado en Barcelona, ¿cuál es tu plato de comida preferido del lugar y cuál de Ecuador?

El cuy con papas es, sin duda, mi plato favorito del Ecuador. Me encanta aunque no lo he comido últimamente. En España es otro tipo de comida,  tiene muy buena comida,  ahí probé un plato que se llama el fideuá,  fideos con salsa en base a ajos,  y también otro que me encantó llamado calçots, que son como unas cebollitas largas que se acompañan con una salsa con almendras,  bastante tradicional en cierta época. 

Pero te cuento que yo no soy buena para cocinar, entonces disfruto de comer pero soy pésima para la cocina, así que me hubiera gustado hablarte más de recetas pero no es mi fuerte.

¿Qué precedente marca en la historia, y en tu vida, ser la primera rectora mujer de la Universidad de Cuenca?

El proyecto de dirigir la Universidad lo venimos construyendo hace 6 años con mucha gente, pero hace dos años los compañeros me pidieron que yo lidere el proceso hacia esta elección. Yo acepté muy honrada y con mucha responsabilidad, pues lo trabajamos desde las bases y no fue nada improvisado. Pero cuando ganamos fue increíble el cariño de la gente al interior de la Universidad, Cuenca y todo el país.

Fue muy significativo. Aún me pasa que me encuentro personas en la calle que dicen “usted es la rectora, que lindo, la primera mujer”. Por eso creo que es importante que las mujeres  tengamos símbolos, que se rompa el techo de cristal y que podamos acceder a estos puestos y cargos de dirección. Así que este paso fue un paso para todas las mujeres.

Hay que reconocer que para que yo llegara a ser rectora tuvimos que pasar muchas otras mujeres pioneras. La primera estudiante debió pasar muchas cosas, incluso más que yo, y la primera decana, primeras dirigentes estudiantiles y más. Toda esta lucha acumulada permite que hoy una mujer esté frente al cargo del rectorado. Es una gran responsabilidad porque estamos mostrando lo que pueden hacer las  generaciones que vienen.

Sin embargo, alguna vez alguien me decía: María Augusta si usted fracasa en el rectorado, no solo fracasa usted, sino que fracasan las mujeres. Y es cruel porque a los hombres no les pasa. Cuando hay un mal rector es solo esa persona y ya está, no pasa nada. Pero nadie va a decir que los hombres no sirven para ser rectores.

En cambio, cuando las mujeres llegamos a estos cargos, todavía pesa para nosotras esa necesidad de siempre demostrar que podemos. Es algo muy fuerte y es parte de lo que tenemos que ir trabajando.

María Augusta Hermida, una arquitecta ecuatoriana que busca hacer historia desde su universidad

María Augusta Hermida es la primera mujer al frente de la Universidad de Cuenca.

¿Cómo asegurar un acceso integral a la educación de las mujeres en sus diversidades?

Hay que reconocer que hoy por hoy los jóvenes de escasos recursos no pueden acceder a la universidad. Es algo que queremos que suceda, sobre todo de la zona rural, pero es muy difícil que ellos puedan pasar el examen. Porque incluso si lo logran, luego sostenerse en la ciudad, donde están las universidades, resulta muy caro debido a su situación socioeconómica. Y aunque no es nuestra responsabilidad la calidad de la educación primaria y secundaria, planteamos proyectos para que puedan capacitarse. 

En el acceso de las mujeres, en cambio, se da que el número de mujeres que entran la universidad es mayor que el de los hombres. Tenemos un 54% de mujeres versus un 46% de hombres. Eso significa que, si bien el porcentaje es bueno, el problema y en donde hay que trabajar es en cuántas mujeres se quedan a lo largo de la carrera. 

Cuántas egresan, se gradúan, llegan a una maestría y doctorado; cuántas pueden entrar como docentes para hacer una vida académica en la universidad. Se produce un efecto embudo: entra el mismo número de mujeres, incluso más que varones, pero van desapareciendo en el ámbito académico y al final solo quedan pocas.

Hay que romper el techo de cristal que no permite a las mujeres avanzar. Por ello, para trabajar todo esto, se necesitan políticas públicas e institucionales que consideren las situaciones de las mujeres y mejoren sus condiciones en ámbitos como la maternidad, la situación socioeconómica, entre otras, para que se mantengan. 

Se suele decir que la Universidad es un reflejo de la sociedad. Basados en los altos niveles de violencia hacia las mujeres y las marcadas desigualdades de género, ¿qué hacer desde el rectorado para darle un giro de cambio a estas situaciones?

La violencia y el acoso es algo muy fuerte en la universidad porque obliga a muchas mujeres a abandonar o a estudiar sin plenitud. Desde micromachismos como chistes machistas, que te digan mija, que se fijen en cómo te peinas o vistes, hasta situaciones más graves de violencia simbólica, verbal o física, que también se dan en las universidades. 

Hacia esto vamos a luchar y tenemos tres planes. Primero: mejorar los reglamentos y leyes internas y trabajar en las externas. Segundo: desarrollar un plan para sensibilizar y capacitar a la población universitaria global para que se vaya aprendiendo temas de género. Y tercero: incorporar en las mallas curriculares conocimientos de género para que los profesionales que salen al mundo laboral estén más formados en este ámbito y así poder incidir en el cambio general de la sociedad.

También son importantes otras dos cosas. Primero: el conocimiento, algo que ya se ha trabajado en la universidad desde que se creó la carrera de género, en maestrías o en proyectos de investigación con esta perspectiva. Y segundo:  la voluntad política. Es decir, hay conocimiento pero debe haber una voluntad de las autoridades de que esto pase.  Ahora queremos unir estas dos cosas, para lograr los resultados esperados.

¿Cinco mujeres  que le hayan inspirado en tu vida?

Mi abuela materna, una mujer de campo y  de mucho trabajo que me inspiró por esa capacidad y  por el cuidado.  Ese cuidado que es importante y que debemos empezar a valorar más  como sociedad. El mismo que suele estar en manos de las mujeres pero subvalorado,  porque no cotiza en bolsa como suelen decir.

Por otro lado mi bisabuela, quien fue muy longeva y pude conocerla. Lo lindo de ella era que tenía una mente abierta y, a pesar de que nació a comienzos del siglo 20, era abierta a la complejidad de la vida. No fue curuchupa ni cerrada  frente a varios temas como los de la diversidad sexual, que por su época era un poco raro.

 Y también mi propia madre, quien fue una madre niña, pues me tuvo cuando tenía 15 años y nunca acabó el colegio.  Sin embargo, tuve la oportunidad de ser la primera generación de mujeres de mi familia en acabar la universidad, tener una maestría y un doctorado.  Pero nunca faltó el cuidado de mi mamá al criarme y criar a todos sus hijos. Ese cuidado fue el que me permitió llegar a donde estoy y que siempre vino de mi parte materna.

En el  ámbito académico hay muchas mujeres que me han inspirado en el tema de la arquitectura. Una de ellas Jane Jacobs, que, aunque no fue arquitecta, estudió cómo las ciudades están diseñadas para los hombres. Porque las mujeres no nos sentimos seguras en ciertas calles  que nos asustan. Y repensó cómo deberían ser las ciudades para la gente en sus diversidades.

Y por último las mujeres arquitectas que me inspiraron en el diseño, porque a pesar de su gran capacidad fueron opacadas por una época donde no se les permitía publicar, ser premiadas ni reconocidas, pero que nos abrieron camino.

¿Qué consejo, que te hubiera gustado recibir, le darías hoy a las niñas y mujeres para que alcancen sus metas?

Yo les diría que las mujeres podemos y debemos ser lo que queramos ser.  Si hay mujeres que quieren quedarse en la casa y tener hijos está muy bien,  si hay otras que no quieren tener hijos ni parejas y quieren dedicarse a la ciencia u otros ámbitos, pues que lo hagan. Tengan toda esa libertad que nuestra sociedad no nos da,  y que se abran camino luchando.  Pero también este consejo también le daría a los niños y jóvenes,  que sean lo que quieran ser y no se dejen llevar por los estereotipos de género que se nos ha impuesto.

Ilustración de portada: Alma Ríos
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Leyre Reyes Bravo

Egresada de la carrera de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Cuenca, Ecuador. Cofundadora y periodista en el medio digital El Pentágono. Realizadora audiovisual, productora de contenidos para redes sociales. Ha colaborado con medios digitales como La Andariega, El Mercurio, Kaleidos y la Casa de la Cultura. Estudiante constante del Periodismo, cubre temas de género, cultura, coyuntura política y derechos humanos. Scout y feminista. Pelea como niña para dejar al mundo en mejores condiciones de cómo lo encontró.

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