A finales de 2016, el gobierno de Juan Manuel Santos y la antigua guerrilla de las FARC-EP firmaron un acuerdo de paz para dar fin a un conflicto armado de más de cinco décadas. A través de las fotografías de Federico Ríos Escobar, muchos colombianos han podido conocer parte de la cotidianidad de aquellos antiguos guerrilleros que decidieron entregar las armas y transitar a la vida civil. 


 

Fotografía de portada: Federico Ríos 

Dos hombres, parados, acomodan sus prótesis de piernas. Se visten casi en sincronía. Están frente a sus catres, bajo una tolda compartida donde resguardan sus escasas pero valiosas pertenencias, entre ellas unas muletas. No hay miradas ni poses para la cámara. El fotógrafo nos muestra lo que hay, lo que es, aquello que compone una escena cotidiana de dos guerrilleros de las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). 

La fotografía pudo haber sido tomada en cualquier rincón de Colombia donde, tras cuatro arduos años de negociaciones, los combatientes esperaban la firma de la paz entre la guerrilla más antigua del hemisferio occidental y el gobierno de Juan Manuel Santos. Pregunté a Federico Ríos, el fotógrafo, si ambos guerrilleros habían perdido una de sus piernas debido a una mina antipersonal, aunque ya presentía la respuesta. “Los guerrilleros también terminaron siendo víctimas de sus propias minas”, me dijo.  “Pero también pudo haber sido un proyectil disparado con una metralla desde un helicóptero. Muchos tienen amputaciones”. 

Esta fotografía es una de las escenas que Ríos ha capturado durante sus más de diez años fotografiando a las antiguas FARC. Formó parte de la muestra “Días póstumos de una guerra sin final”, que se expuso en la Galería Bandy Bandy de Bogotá, donde me recibió en febrero de 2020, semanas antes de que se decretara la cuarentena nacional en Colombia debido a la pandemia de covid-19. El resto de las instantáneas fueron tomadas en los campamentos de las FARC, mientras se adelantaban las negociaciones en La Habana. Son imágenes poderosas que nos muestran la cotidianidad e intimidad de los combatientes de la guerrilla, muchos de ellos, la mayoría, firmantes de la paz. 

¿Cuál fue tu primer encuentro con la fotografía?

Mi padre viene de una familia campesina pobre, pero ha sido un hombre muy inteligente y persistente en sus ideas. Fue el mejor de su clase mientras estudiaba en el colegio y luego se ganó una beca para asistir a la universidad. Allí se ganó una beca para realizar una especialización en Egipto. En 1979 ir a Egipto era como ir a la luna, más aún cuando uno es un tipo de origen humilde. 

Mi papá llevó una cámara de rollo negativo a ese viaje, todavía no existía la fotografía digital, y cuando regresó seguía siendo pobre, pero había ido a Egipto. En la sala de mi casa había un álbum de fotografías de ese viaje. Los amigos de mi papá iban a tomar café y a escucharlo  contar su aventura. Para mí esas fotografías eran fascinantes, porque era ver a mi papá montado en un camello, en las pirámides, en el desierto, con un turbante. Ese es el primer recuerdo fuerte que tengo de un enlace con la fotografía. 

¿Cuándo decidiste convertirte en fotógrafo?

Tiempo después comencé a sentir una profunda pasión por el campo y en esa fascinación que sentía tomaba fotos con una cámara pequeña, una Kodak XR 110, de rollo de teléfono. Mi papá imprimía esas fotos y yo las llevaba al colegio para mostrárselas a mis amigos. Allí empecé a encontrar un puente que me permitía contarles a mis amigos sobre esos espacios en los que había estado sin tener que hablar mucho. 

Como vengo de una familia católica, llegó el momento de hacer la primera comunión y mis padres me dieron la oportunidad de escoger un viaje y decidir si viajaba con mi papá o con mi mamá. Las opciones eran Cartagena o la isla de San Andrés, pero a mí no me interesaba ninguno de estos dos lugares. Yo quería ir a Leticia, en el Amazonas. Me fui para el Amazonas con mi papá en una época en la que este lugar no era un destino turístico. Cuando regresamos imprimí esas fotos y lo que conseguí con ellas fue una narración que no sólo no podía explicar con palabras, sino que mis compañeros tampoco podían creer. En ese momento entendí que las imágenes podían mostrar a la gente cosas que de otro modo no entenderían.

¿En algún momento contemplaste una opción de vida diferente a la fotografía? ¿Si no hubieras sido fotógrafo qué hubieras sido? 

No tengo la menor idea. Me cuesta mucho la vida de la fotografía, pero me cuesta más la vida sin ella. 

En el proceso de exploración y de ir encontrando tu propio camino, ¿por qué decides dedicarte a este tipo de fotografía documental, que acompaña reportajes con una considerable carga social? 

Estudié periodismo pero nunca me gradué, porque mientras estaba llegando al final de la carrera ya estaba trabajando como fotógrafo en dos periódicos locales de Manizales (una ciudad pequeña, ubicada en el centro occidente de Colombia). Allí comencé a sentir esta urgencia. Luego me mudé a Bogotá y comencé a trabajar en El Espectador, El Tiempo y en la Agencia EFE. 

Yo no escogí esto, la fotografía me escogió, me atrapó. Además, en Colombia la gente no entiende el país que tenemos, ni en lo bueno ni en lo malo. La gente vive en su calle, en su barrio, en su trabajo y no más. Hay una necesidad de contarle a los colombianos qué es lo que hay. Reconozco que mis fotos no son únicas, mi trabajo tampoco. Hacen parte de algo más grande, de un gran diálogo en el que participan otros fotógrafos, videógrafos y periodistas. 

Esta serie sobre la cotidianidad de las FARC es mi perspectiva, es resultado de mi experiencia sobre lo que vi de los guerrilleros mientras en La Habana se adelantaban los diálogos de paz. Hay muchos más fotógrafos y fotógrafas que hicieron un trabajo documental muy importante sobre las FARC, pero siento que si bien estos fotógrafos están haciendo un gran trabajo, Colombia no está lista para ver esas fotos, la sociedad no es receptiva. 

Cuando la [Galería] Bandy Bandy me invitó a exponer mi trabajo, me sentí muy honrado, pero también tuve un sentimiento agridulce porque hay una deuda que tienen otras galerías, otros museos, otros periódicos, otras revistas con el país. El país necesita saber qué está pasando en los territorios para que pueda reaccionar de alguna forma. Mientras el país no sepa, no hay reacción. 

Has recorrido cada extremo de este país a lomo de mula, en avión, en chiva, en carro, en lancha. ¿Qué ha sido lo que más te ha conmovido en tus diferentes viajes?

Lo más doloroso de ver en este país es el abandono del Estado. Colombia es mucho territorio y poco Estado. Son muchos los lugares a los que he ido donde los problemas o riñas eran mediadas o solucionadas por las FARC. Si ellas no estaban, se llamaba al ELN (Ejército de Liberación Nacional). Pero no se acudía a la policía, porque ésta no hacía presencia allí, no había tal. Son muchos los territorios donde no hay Estado para nada, ni para brindar educación, salud o vivienda. Sin embargo, esa ausencia del Estado, ese abandono, me permite una ventana para ver otras cosas, ver que la gente se organiza, se las arregla y sobrevive. La gente aprende a levantarse todos los días y salir a trabajar. El campesino trabaja muy duro. 

Revista Arcadia publicó una entrevista tuya y una frase que me quedó sonando mucho fue: “yo me he andado el país, pero no vi la paz”. ¿Qué viste?

He visto el horror, la tragedia. En 2019 Colombia registró el mayor número de masacres en los últimos 15 años. ¿Cuál paz? He visto desolación, desplazamiento, sangre. 

Sobre las fotografías que componen la muestra “Días póstumos de esta guerra sin final”, ¿cuál es la intención de exhibirlas? 

Sería un espejismo muy torpe pensar que la gente que vive en Bogotá va a ir a conocer la periferia colombiana en la que he estado. Eso no va a pasar. Espero que estas fotografías sirvan de ventana, una especie de puente, para que la gente entienda cómo es que se vive allá y el valor de aquellos que entregaron las armas y decidieron dar el paso a la vida civil. Ojalá el país entienda también el valor de cumplirles.

Capturaste imágenes de la vida cotidiana en los campamentos de las FARC. ¿Cómo era esa cotidianidad? ¿Qué te tocó ver?

Me tocó ver lo más bello y lo más horrible. Me tocó ver a la guerrilla construir una carretera, una escuela, poner profesores. Vi guerrilleros ayudándose, enseñando a leer a sus compañeros. Vi mujeres pariendo a sus hijos. Vi la humanidad, cosas muy bellas, pero no pienso que la guerrilla sea bella. Ninguna lucha armada lo es. Eso no debió suceder. Y aún así no puedo decir que ellos fueran el capítulo más oscuro de la historia del país.

¿Cuál fue la reacción de los ex guerrilleros al ver las fotografías? 

A algunos les gustaron las fotos, a otros no. También me decían “así fue, esa es la guerra”.

¿Cómo viviste el proceso de paz?

Cuando las FARC decidieron continuar su lucha democráticamente como partido político en el Congreso, me sentí profundamente conmovido. He fotografiado a la guerrilla durante muchos años, pero no me identifico con su idea de conquistar un objetivo, el poder, con armas. Después de 2016, después de la firma de la paz, pude moverme por Colombia con más despreocupación que antes: los paramilitares estaban debilitados, las disidencias no estaban empoderadas. Pero hoy en día viajo con mucho temor, siento la tensión que hay en el territorio. Cada vez el Estado está menos interesado en llegar a estas comunidades. En muchos lugares la guerrilla desempeña el papel del Estado.

 “Verde: diez años fotografiando a las FARC desde la selva” es un libro próximo a publicarse. Este fotolibro compila 350 fotografías tomadas a las antiguas FARC. ¿Qué hay detrás de su publicación? ¿Cuál es la motivación de hacer realidad este proyecto?

La motivación de hacer realidad este proyecto es la necesidad de compartir lo que vi durante todos estos años fotografiando a las FARC en la selva, en medio de su cotidianidad. 

¿Por qué ese nombre: “Verde”?

El nombre hace alusión a los uniformes, a los camuflados, a que esta es una guerra de ejércitos con uniforme verde oliva. Pero también hace alusión a la naturaleza, que es el medio en el que estos personajes habitan y combaten. También alude a que esa selva es nuestra riqueza.

Si pudieras elegir una de tus fotos para describir el momento actual del país, ¿cuál sería?

Es muy triste, pero si tuviera que elegir una foto elegiría alguna de las del final del libro, que son las de las disidencias. Elegiría la foto de la bandera de Colombia que está al revés, con los colores invertidos, con el rojo arriba,  deshilachada y vuelta harapos. Siento que es la forma en la que está el país en este momento. 

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Una versión corta de esta entrevista fue traducida al alemán por Felix Wellisch y publicada en Amnistía Internacional-Alemania y Blickpunt Latainamerika.

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Mariana Delgado Barón

Bogotá, Colombia, 1981. Politóloga y Magíster en Ciencia Política de la Universidad de Los Andes (Bogotá- Colombia); Magíster en Política Internacional de la Universidad de Birmingham (Inglaterra); Doctora en Ciencias Sociales con mención en Sociología de la FLACSO (Sede México). Actualmente es periodista independiente interesada en temas de memoria histórica, construcción de paz, justicia transicional y conflicto armado. Es asesora de comunicaciones del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia.

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