Ana María Buitrón reflexiona sobre el oficio de la fotografía documental en tiempos complejos y cómo la pandemia le ha permitido conectar con una mirada más íntima de sí misma y el entorno. Todo esto a partir del trabajo que desarrolló con Fluxus Foto, el colectivo del cual forma parte, para retratar la cotidianidad de la educación en algunas escuelas de Ecuador.  


 

En donde pone la mirada, pone la palabra. La capacidad que tiene Ana María Buitrón para disparar va más allá del movimiento automático de una cámara, hace lo mismo con las palabras. Habla con claridad: mira la imagen completa y apunta hacia la frase exacta que describa procesos complejos como los que le ha tocado vivir, de manera individual y colectiva, durante la pandemia. Su mirada sobre el oficio de la fotografía documental es honesta, profunda y real. 

Con ella conversamos sobre el proyecto Educación por WhatsApp”: historias sobre cómo se aprende en Ecuador durante la pandemia. Este trabajo fue realizado por el colectivo del que forma parte: Fluxus Foto y con el apoyo del Fondo de Emergencia por covid-19 para Periodistas de National Geographic Society.

Ana María recorrió Quito en una de las etapas más difíciles de la cuarentena: cuando el miedo era todo lo que conocíamos. En esta conversación nos comparte algunas de sus reflexiones sobre el proceso y cómo esta experiencia la ha transformado, no solo como creadora, sino también como ser humano. 

¿Cómo se ha transformado el ejercicio de hacer fotos durante la cuarentena? 

Si bien la mayoría de la gente en Quito estuvo encerrada casi tres meses y después de a poco comenzaron a salir, yo creo que a los dos meses, o menos de dos meses, ya empecé a salir a trabajar. Si bien nosotros los documentalistas contamos las historias de las personas, el ejercicio de hacer fotos se transformó en hablar de cómo nos sentíamos nosotros, de vernos a nosotros. Los resultados, como habrás visto, son un montón de fotos intimistas, súper sensibles, conmovedoras, introspectivas. Eso fue interesante: los fotógrafos mirándonos a nosotros mismos, éramos nuestros objetos de estudio y de observación. De esos trabajos, creo que muchos tienen un montón de fuerza, de imágenes reveladoras. Salieron autorretratos súper conmovedores, algunos con una mirada fuerte, otros con una mirada muy dulce, muy compasiva o muy reflexiva. 

El ejercicio de hacer fotos ha cambiado también en la relación con la gente físicamente, digamos. En laa cercanía, por ejemplo, se guarda cierta distancia; la mascarilla es una barrera de ley. Sin duda, es distinto ver a alguien con mascarilla o que entres a la casa de una persona y esté con mascarilla cuando sabes que dentro de su casa la gente no vive así. Con todo, cuando les vas a tomar fotos, muchas veces están con mascarillas y otras veces ellos mismos están relajados porque saben el trabajo que estamos haciendo y dicen: “Ah bueno, usted está con mascarilla, nosotros no”.  Creo que todas las medidas de bioseguridad  de una forma u otra sirven para cuidarnos y para cuidar a las personas que nos abren las puertas de sus vidas. La dinámica cambia, no gravemente, pero sí cambia. Es bien interesante porque es el resultado de lo que estamos viviendo ahora. A nosotros los fotógrafos, los documentalistas como siempre, nos ha tocado romper las barreras y llegar a lo más profundo, a lo más sensible de la cotidianidad.

¿Podrías explicar brevemente de qué va el proyecto “Educación por WhatsApp” de la Escuela Yachay Wasi Quito?

Cada fotógrafo mostró cómo se estaba desarrollando cierto tipo de educación en la cuarentena. En mi caso trabajé en la Escuela Yachay Wasi Quito. Otras personas se concentraron en escuelas privadas donde las personas tienen mayores recursos económicos y otros en escuelas públicas, personas privadas de libertad, o la situación de los migrantes durante la cuarentena. Hay fotógrafos que hablaron de la educación rural y otras de una educación más alternativa. Entonces todos intentamos tomar varios espacios en donde se veían otras realidades, otros estilos de vida de las familias, los estudiantes y los maestros. Fue súper interesante. 

¿De quién fue la iniciativa para hacer “Educación por WhatsApp”?

Este proyecto se pudo realizar gracias a una beca de creación de National Geographic Society. Nosotros aplicamos con nuestro colectivo Fluxus Foto  y justo nos dieron esa beca. Fue hermoso poder profundizar sobre este tema porque para nuestro colectivo, y dentro de nuestro enfoque social, son muy importantes los procesos educativos. Yo directamente trabajé con una escuelita que queda en Quito y recibe a estudiantes migrantes de otras provincias del país, muchos son indígenas. El estudiante mayor en esa escuela debe tener unos 13 años. No es un colegio, es una escuela. 

Estos profesores son maravillosos. Están muy conectados con las luchas sociales y  las revoluciones del pensamiento. La verdad ha sido muy lindo porque lo que han hecho durante la pandemia y en la cuarentena es que, si bien han tratado de cumplir lo que dice el programa, su objetivo mayor es que los estudiantes no pierdan ni las ganas de estudiar, ni el pensamiento crítico. Buscan que vean este proceso de la pandemia desde un lado analítico, compasivo y sensible; que aprendan a entretenerse. Ellos tratan de encontrar otros métodos para que estudiar en casa sea divertido y los estudiantes no pierdan las ganas de continuar este proceso durante la pandemia. 

¿Cuáles fueron los principales retos que enfrentaron a la hora de desarrollar este proyecto?

El principal reto fue trabajar en pandemia, sobre todo los primeros meses que el miedo era más fuerte. No conocíamos tantas cosas sobre el virus y, por ende, entrar a una casa, pensando que tú puedes contagiar o que tú puedes salir contagiado era difícil. El reto era aprender a manejar nuestra vulnerabilidad como seres humanos y creo que es algo que seguimos haciendo. Es muy fuerte para las personas que tienen que estar todo el tiempo relacionándose con otras personas porque no sabes cuán expuesto puedes estar. El reto para mí es dimensionar lo vulnerables que somos los seres humanos, ese ha sido el reto mayor. 

Luego, como colectivo, creamos un cuerpo de trabajo con lo que cada uno realizó que fueron cientos de miles de fotos. Hicimos varias ediciones de fotos: había algunas que estaban destinadas a cierto tipo de medios o espacios en donde queríamos publicar. Algunos eran espacios más poéticos, más artísticos, otros eran espacios más fotoperiodísticos, más informativos. Teníamos varias propuestas de edición para que pudieran adaptarse a la narrativa o al interés de comunicación de distintos medios. 

¿Cómo solucionaron esos retos que describes?

Tuvimos varias sesiones muy largas de zoom para trabajar. A veces teníamos varios grupos o comisiones que nos encargamos de trabajar distintas raíces del proyecto: la difusión, buscar grants, hacer las ediciones y otras a veces teníamos reuniones todos juntos. El reto era aprender a trabajar en colectivo que es un reto muy grande; el aprendizaje que obtienes es enorme. Logramos construir una voz colectiva, somos muchos y somos diversos. Fue un proceso muy generoso. 

¿Cuáles plataformas han usado para difundir el proyecto?

Hemos usado plataformas digitales como Instagram para empezar el colectivo Fluxus y luego están la de los medios de comunicación que nos han publicado, como las webs. 

Padres de familia, del Centro Educativo Intercultural Bilingüe Yachay Wasi, apoyan a sus hijos en las tareas de la escuela. Utilizan herramientas online como Google Translate. Foto: ANA MARÍA BUITRÓ.

¿La migración a lo virtual ha traído algún beneficio económico para ti, para ustedes, en esta época?

No, no podría decir que nos ha traído algún beneficio. Más bien lo lindo de la virtualidad es que las barreras se rompieron, se diluyeron aún más. Tuvimos un montón de encuentros con fotógrafos en el mundo, tuvimos charlas, algunas las di yo. Hubo un medio que sí me pagó, pero creo que, honestamente, la virtualidad en mi vida creó más lazos con amigos, fotógrafos, editores que otra cosa. Se ha tratado más de eso que del dinero concretamente.  

¿Cuál crees que es la función de la fotografía en esta era de virtualidad? 

Se pueden hacer varias reflexiones. Por un lado, los formatos se han vuelto muy diversos: tienes los formatos que te imponen las redes sociales, que cambian a verticales, tienes filtros con los que puedes jugar, videos que puedes subir, hacer transmisiones en vivo o publicar fotos tan rápido como lo estás viviendo. Es lindo tener ese acceso tan rápido a la información. La virtualidad te permite informarte rápido de todo lo sucedido y es increíble si te pones a pensar en cómo viaja la información en todas estas plataformas. 

Me encanta que las plataformas virtuales como Instagram te permiten que tú publiques tus fotos y que la gente a la que le gusta tu trabajo, lo comparta. No necesitas esperar a que un editor apruebe tu historia para publicar, puedes hacerlo en tus redes y si hay un fotógrafo con el que tienes conexiones o que tiene muchos seguidores, tu trabajo rápidamente se puede difundir y divulgar. También puede que no tenga muchos seguidores, pero lo puede compartir y ese poder de réplica que tienen las redes sociales es increíble. 

Creo que es súper interesante la “libertad” que tenemos en muchos casos, y eso lo digo entre comillas porque, por ejemplo, en el caso de las protestas en Colombia, Instagram ha censurado muchas fotos y videos a muchos colegas. A algunas mujeres que están trabajando les han bajado sus fotos y videos. Eso es una realidad, pero, digamos, también tienes la posibilidad de publicar rápidamente, de informar y no esperar por alguien que diga: “Bueno, le voy a dar el chance”. Digamos que tú eres tu propio editor y eres dueño de tu propio espacio. La virtualidad también permite que podamos acercarnos a otros fotógrafos: desde conocer su trabajo, inspirarnos a partir de ellos, crear redes, conocerlos y hacer proyectos juntos uno a uno con colectivos de otros países. Eso me gusta mucho.

Han cambiado los formatos y, por ejemplo, la fotografía a distancia ha tendido puentes en todas partes del mundo. ¿Cómo ves estos cambios? ¿Crees que permanezcan en la época post pandemia?  

Como somos seres sociables, fue interesante ver cómo con la pandemia creamos estas redes, encontramos formas. Durante este tiempo se han creado más colectivos, más espacios para compartir, para conversar, para discutir. También creo que el tema de todas estas plataformas hace que en algún punto te satures y esa es otra verdad. Conozco a tantos amigos con los que he dicho: “Bueno, ya estoy saturada de las imágenes” y no porque sean feas o negativas, sino porque te saturas el sistema, tu sistema. Creo que uno tiene que aprender a usarlas con cuidado, en una forma que te ayude, que te inspire, que te relaje, que te divierta, porque también te puede saturar. 

La fotografía a distancia ha tendido puentes con la pandemia. Pasamos mucho tiempo encerrados, no teníamos tanto que hacer y eso nos dio ganas de conectarnos con otras personas en el mundo para crear proyectos colectivos o simplemente conversar y reírnos un rato. Yo sí creo que después de la pandemia esto va a continuar. Creo que en algunas situaciones o encuentros vamos a tratar de hacer todo lo posible por vernos, porque ha sido muy fuerte esta carencia de la presencia, de la mirada, de tocar, de sentir un abrazo y ver al otro hablando de frente. En algunas cosas, creo que se retomará rápidamente esa cercanía apenas se pueda. Pero también creo que la virtualidad permitió que sucedan un montón de cosas que antes ni se nos ocurrían. Antes de la pandemia decíamos: sí, aquí está esta red y hay zoom pero, ¿cómo puedo realizar un encuentro de esta forma? Esto demuestra que sí se puede y que también ha tenido resultados súper interesantes. 

¿Cuál es el estatus actual de los espacios físicos que se ocupaban antes para hacer fotos? Es decir: antes de la pandemia dónde y cómo operaba la Escuela Yachay Wasi Quito.

Es una escuelita que queda en Quito y en esa misma escuela, a un lado, viven los dueños, que son los mismos profesores que trabajan desde allí. Es una escuela preciosa que tiene un chacra donde siembran frutos comestibles, plantas medicinales, plantas ornamentales. Es como un pequeño bosque encantado donde los profesores siguen dando clases. Por ejemplo, les dan clases sobre plantas y alimentos a sus alumnos y lo hacen desde el jardín. Les dan clases sobre otros temas y van a las aulas que tienen con posters pegados y otras herramientas visuales, educativas. 

Desde el lado personal te puedo decir que yo aprendí que existen escuelas maravillosas como la Escuela Yachay Wasi que les importa mucho la formación de cada uno de sus estudiantes, que son tan maravillosos en esta escuela que tienen muy bajo porcentaje de ausentismo. Y cuando no sabían nada de alguno de ellos durante algunas semanas, literal cogían un auto y los iban a buscar a los pueblos. Que estos niños se habían ido con sus papás a sus pueblos natales entre las montañas, entonces iban a buscarles y encontrarles para saber que estaban bien. Que no importaba si no tenían conexión a internet y que no puedan estudiar para saber que estaban bien. Entonces fue conocer ese lado de una educación con enfoque realmente y de verdad social, generoso y desinteresado. Si bien ellos necesitan mucho dinero para sobrevivir como escuela y están abiertos a donaciones porque funcionan a través de pequeños aportes de padres de familia que tienen para pagar porque no todos tienen  es increíble cómo a pesar de estos fondos limitados ellos no dejan de trabajar y dar su cien por cien. Fue una locura conocer este lado de una educación tan generosa, tan conectada con lo que está sucediendo ahora en el mundo. No están con conceptos retrógrados. Es muy lindo tener una educación que se siente que está floreciendo y todo el tiempo en construcción, reconstrucción, cuestionamiento. Se siente mucha frescura, mucha honestidad.

¿Cuáles lecciones aprendieron de este proyecto? 

Wow. Primero, lo vulnerables que somos como seres humanos, que siempre lo hemos sido y, en una pandemia, en un desastre mundial o en una catástrofe, se evidencia de una forma más palpable. También lo vulnerables que somos los fotógrafos porque tenemos que enfrentar todos estos “peligros” reales y aún así, salir a trabajar porque eso es lo que sabemos hacer: tomar fotos. A los fotógrafos documentalistas se nos necesita mucho cuando tenemos que contar historias de vida, de personas que están viviendo situaciones complejas y una pandemia es el reflejo de eso. 

La lección es saberte frágil, saberte vulnerable, quererte así, aceptarte, ponerte retos, aprender a manejar tus miedos y con todas estas variables tratar de hacer un lindo trabajo: que sea profundo, sentido, generoso, pero que también informe y conmueva. Y del lado colectivo la lección fue pensar en lo poderoso que es trabajar en un grupo de personas diversas, qué poderoso es crear un proyecto entre tantos y ver que lo logramos. Qué hermoso es que varias voces se unan. Eso, sin duda, le ha dado  fortalezas a este proyecto que queremos mucho. Hemos aprendido que sí, que a veces hay diferencias entre los miembros del colectivo y es importante escuchar al otro, entender de dónde viene esa diferencia y como eso lo vuelve mucho más llevadero y más fácil de incorporar. Trabajar en colectivo es así, como es la vida, enfrentarte a diferencias. El reto es ver cómo varias miradas diversas se vuelven una sola voz que eleva varias visiones y enfoques de la vida. 

¿Cómo ven el futuro de la fotografía y de la Educación por WhatsApp para estas comunidades en un mundo post pandemia?

La fotografía no creo que desaparezca. Se ha vuelto, quizás, más universal. Casi todos tenemos un celular con una cámara y a mí me encanta que todos podamos ser narradores de nuestra realidad. Cada vez encontramos en la fotografía visiones particulares, íntimas, únicas, locales, tan así que se siente cómo se respira, cómo se ve o es estar en tal lugar, tal ciudad o situación. La fotografía es una herramienta, una disciplina, es un qué hacer que se va transformando a través del tiempo. Es muy hermoso cómo a partir de lo que vamos viviendo en cada época de la vida ya sea desde una visión política o social muy abierta podemos contar historias, hasta algo muy íntimo, local o muy personal.

Con la fotografía podemos tocar desde temas de coyuntura a temas más personales. Tenemos herramientas narrativas que vienen de nuestras experiencias creativas, de experiencias de aprendizaje o de la academia. Lo más importante son las licencias que se dan a les fotógrafes para encontrar narrativas que sean un reflejo de cómo vibra nuestra energía, cómo fluye nuestra sangre, cómo miramos. A mí me parece genial que cada vez haya más dispositivos y más herramientas digitales, cada uno verá cómo las utiliza en beneficio de su propia voluntad de contar. Siempre habrá infinidad de estilos, el público y nosotros mismos veremos a cuál nos apegamos más, pero yo celebro la libertad para contar y obviamente estoy totalmente en contra de que los medios nos censuren. Por eso celebro la libertad que tenemos con estas plataformas porque uno se encuentra con uno mismo, se permite ser, jugar, contar y crear imágenes más auténticas, más reales y más conmovedoras. 

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Este texto forma parte de Arte en Pandemia, una serie de artículos que muestran cómo las expresiones culturales y artísticas de América Latina se reinventaron/adaptaron a las condiciones de aislamiento social provocadas por la pandemia de covid-19. 

 

Ilustración de portada: Rocío Rojas (Perú).
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Ana Cristina Frías

Venezuela (1993). En 2017 se mudó a Buenos Aires debido a la situación política y social que se vive en su país. se graduó como Licenciada en Letras de la Universidad Central de Venezuela en 2016. Trabajó como redactora creativa para diferentes agencias digitales, hasta que empezó como coordinadora de prensa para bandas alternativas y proyectos culturales. Colaboro periódicamente para distintos portales web como No Son Horas y Revista NERVIO en Argentina y en Venezuela para UB Magazine, Mente Kupa, Cúsica Plus y Caracas Contexturas.

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