No todas las personas en Colombia tienen las mismas oportunidades de superar la desigualdad. De acuerdo un informe del Banco Mundial “Trayectorias: Prosperidad y reducción de la pobreza en el territorio colombiano” esta superación depende del lugar de nacimiento, etnicidad, género y nivel socio-económico de sus padres. Pero, ¿qué sucede cuando el huracán golpea tu comunidad, vives en una isla del Caribe y el Estado no te escucha? ¿Cómo te levantas y sobrevives?
Texto: Betty Zambrano Zabaleta
Era la una de la madrugada en Old Providence cuando la casa de Milliscent O´neill quedó sin electricidad, y el viento del huracán Iota en medio de la oscuridad se llevaba todo a su paso. Techos amarrados, ventanas aseguradas, paredes de madera, televisores, lavadoras. Todos los utensilios que puede tener una casa.
El huracán Iota de categoría 5 destruyó el 98% de la infraestructura de Old Providence and Ketlina (Providencia y Santa Catalina), y el 90% de su ecosistema marino y bosque seco tropical que conforma el archipiélago de San Andrés, Old Providence and Ketlina, localizado en el Caribe occidental, a cerca de 750 Km de territorio continental Colombiano; a 270 Km. de Panamá; a 240 Km. de Costa Rica y a 125 Km. de Nicaragua.
Durante el paso del huracán, la noche del 15 de noviembre del 2020, Judah, el bebé de cinco meses de Milliscent O´neill permaneció dormido. Primero en la cama de su cuarto, luego en el pecho de su mamá, después en los brazos del vecino Reinaldo, y por último, en el pecho de su vecina Indira cuando se encontraban refugiados junto con nueve personas en el baño de su casa. Ahí duraron cinco horas, rezando, y esperando con ansiedad que el viento se calmará.
A la mañana siguiente, cuando el viento bajó y la mar se tranquilizó, Dean Hyman, su compañero, cogió el celular y tomó una foto de su casa desde un orificio del baño de la vecina y le dijo a Milliscent “Se fue”, y ella le preguntó “¿Qué se fue? ¿El techo?”. Dean le respondió “No, la casa se fue”, y Milisenth sintió que se le acababa el mundo.
“Esa casa estaba ahí desde los 90. Mi tía Elena la construyó con plata de ella, y de la pensión de mi difunta madre” recuerda Hyman. Lo único que quedó de la casa de madera con arquitectura tradicional raizal, fue el baño, que en medio del desastre para muchas familias raizales se convirtió en un refugio.
La presencia del Estado colombiano, en ese entonces a cargo de la presidencia de Iván Duque, como respuesta ante la emergencia, llegó dos días después del huracán. Milliscent y Dean se cubrieron con unos plásticos que les había dado el vecino Reinaldo. Caminaron unos cinco minutos hasta la bodega de Coca Cola en The Mountain. Todavía estaba lloviendo y venteando pero no tan peligroso como la noche anterior.
“En la bodega había muchas familias. Cuando nosotros entramos y me vieron con el bebé obviamente trataron de ayudarme, y de tenerlo confortable, después otros muchachos empezaron a buscar comida”, explica Milliscent.
Milliscent en el patio de su casa en Old Providence. Foto_ Ana María Jessie Serna
Poco a poco la comunidad raizal entera comenzó a ir a ese mismo lugar, porque no se sentían seguros en lo que había quedado de sus casas, el baño. En la bodega, donde se resguardaban unas 30 personas Milliscent y su familia se quedaron un día. La señora Francia les ofreció su casa en el barrio The Mountain. Allá se quedaron 3 días refugiándose del desastre y de contagios de COVID-19.
El 17 de noviembre, dos días después del huracán, en la mañana Milliscent vió un avión que volaba bajito por todo el alrededor de la isla de Old Providence and Ketlina. En las horas del mediodía apareció otro avión, que aterrizó en la isla con bolsas de cadáveres que había enviado el gobierno colombiano. “ Ellos pensaban que todo el mundo estaba muerto, trajeron bolsas para empacar cuerpos y llevarlos a tierra firme o a San Andrés, y eso fue impactante para mí, saber que ellos llegaron preparados para recoger cadáveres, y nosotros decidimos que nos íbamos a quedar porque ese era nuestro hogar”.
Judah se enfermó, la cara se le comenzó a hinchar. Milliscenst se asustó, y junto a Dean, que llevaba tres días reporteando, recopilando información y haciendo entrevistas, decidieron viajar a San Andrés donde el huracán llegó a impactar a niveles bajos. Ahí se quedaron ocho meses mientras las islas de Old Providence and Ketlina volvían a la normalidad, y Milliscent pensaba “todo lo que tenía estaba en esa casa, y si la casa se fue no tengo absolutamente nada, el bebé no tiene nada, nosotros no tenemos nada” solo la bendición de estar vivos.
“El costo de vida empeoró con el Huracán Iota”
Para llegar a Old Providence and Ketlina desde Colombia o cualquier parte del mundo, primero debes aterrizar en la isla de San Andrés, y de ahí tomar un vuelo en avioneta de 15 minutos. Desde arriba ves el azul de la mar profunda, la barrera de coral que bordea las islas, y que protege al pueblo raizal, las montañas verdes, gigantes que están abrazadas entre ellas con casitas que sobresalen en lo alto y a su orilla. No hay transporte acuático público entre las dos islas, solo barcos de carga que transportan alimentos y materiales de construcción que son traídos desde Cartagena. En el cielo, que entre segundos se pone azul y luego gris, siempre hay Managuares (Quiscalus nicaraguensis) volando con el viento que trae la marea, a veces furiosa, a veces tranquila en el mar Caribe, y las personas raizales leen el tiempo, y saben cuándo salir a pescar o quedarse en casa.
Milliscent está maquillada, acaba de llegar del canal Teleislas donde trabaja, es periodista y presentadora de noticias. Su cabello afro rizado es corto, lleva puesto una blusa estampada de flores rosadas con líneas verdes, todo el tiempo sonríe, a veces se queda ida, como tratando de recordar lo que pasó, pero luego vuelve y sonríe. Dean, su compañero, está al frente de la casa en Old Providence, está sentado en un paradero de buses esperando a Judah, su hijo, quien cumplió cinco años el mes pasado, y que viene de la guardería. Son las 3 de la tarde, se siente la sofocación del sol, pero la brisa que trae la mar refresca.
Sentada en una mecedora Milliscent me cuenta lo que está viviendo ahora, cuatro años y seis meses después de que el Huracán Iota les arrebatará todo, menos la vida. Milliscent me dice, que con Dean, no sabe de donde sale la plata con que hacen el mercado. Me explica que no hay matemáticas, que todo es misericordia de Dios.
“Después del huracán los precios incrementaron. Antes del huracán la harina costaba dos mil pesos, después subió a cuatro mil pesos. La bolsa de pollo de 5 kilos pasó de 35 a 50, antes un cuarto de queso costaba entre 5 mil y 7 mil, ahora está en 17 mil pesos”.
Judah llega de la guardería y nos dice “Hi” en creole, entra al cuarto y al rato se mete en la cocina y nos sirve agua. Mientras Milliscetn nos cuenta que vende tortas de chocolate, jengibre y maní de lunes a viernes desde que Dean se quedó sin trabajo.
“Yo acá no compro ropa, una blusa que puedes comprar en 30 mil pesos aquí la consigues en 200 mil pesos. Una persona con el sueldo mínimo no puede vivir en San Andrés mucho menos en Old Providence and Ketlina. Semanalmente cuando voy al mercado yo gasto entre 600 y 800 mil pesos. Acá los alimentos llegan por barco, todo llega por transporte marítimo y aéreo por eso es tan caro”.
La situación empeoró con el Huracán Iota
Dean también es periodista y activista del pueblo raizal. Lleva puesto una camisa fondo gris con rayas negras verticales con un pantalón corto beige, tiene barba y hace unas horas limpiaba las cisternas donde recogen el agua lluvia para los quehaceres diarios.
El Huracán Iota causó la muerte de tres personas y dejó a 2.347 familias damnificadas de acuerdo con el Registro Único de Damnificados (RUD). En cuanto a infraestructura, dejó un saldo de 1.088 viviendas colapsadas, 877 viviendas averiadas y 150 equipamientos turísticos afectados, según la Veeduría Cívica Old Providence.
Muelle de Old Providence donde arriban los barcos que vienes de San Andrés y Colombia. Foto_ Ana María Jessie Serna
“El proceso de reconstrucción fue muy lento. Después del paso del huracán todo se vuelve un poquito más caro, Old Providence en sí ya era costoso. Yo ahora mismo vivo en una casa alquilada, antes te podía costar 400 mil pesos un alquiler, ahora te cuesta un millón”.
La destrucción en la infraestructura de las islas generó una afectación en la garantía del derecho a la salud en un contexto de COVID-19 y solo hasta abril del 2024 se finalizó la construcción del nuevo hospital de Old Providence and Ketlina. De hecho, el Banco Mundial en su Informe sobre Clima y Desarrollo en el país, explica que la mitad de los hogares de los departamentos vulnerables al cambio climático no están cubiertos por ningún programa de asistencia social, y sí se produce un desastre climático, el 45% de estos departamentos no estarían cubiertos por esta asistencia.
“La salud aquí nunca ha sido buena. Derrumbaron lo que había quedado del hospital, y por meses y años estuvo funcionando en carpas. Hubo un sufrimiento tremendo, más en un proceso de COVID-19. El hospital es como un centro de salud. Si hoy te pasa algo grave tienen que llevarte a San Andrés o al interior del país”.
Según el Banco Mundial, la gran mayoría de la población de San Andrés, Old Providence and Ketlina compra agua embotellada o en bolsa (89,5%, la proporción más alta entre los departamentos del país). Sólo el 9,2% de los hogares del departamento manifestó usar el agua tal como la obtiene, mientras que el 1,2% señaló que la hierve antes de tomarla.
“El agua no llega todos los días, pero está llegando mucho mejor que antes. Dicen que es potable, eso no lo sabemos, antes yo no usaba esa agua. Aquí la mayoría de la comunidad vive con cisternas, recogen el agua lluvia y con eso sobreviven diariamente” Explica Hyman.
Para el DANE, en 2022 en San Andrés y Old Providence el 8,8% de la población se encontraba en condición de pobreza multidimensional aumentando en 1,8 puntos porcentuales en comparación con el año 2021 (7,0%). Además, para 2005 el archipiélago de San Andrés y Providencia no contaban con el servicio de recolección de basuras e internet. Solo tenían acceso a 98,6% de energía eléctrica, un 47,7% de acueducto y un 11,9% de alcantarillado.Con relación al gas natural, no se cuenta con cobertura en el territorio.
“Nosotros compramos la pimpina del gas. Sobre el internet, no tenemos ese servicio. Hay algunos lugares donde hay servicio de internet, pero no en toda la isla. Con el huracán el colegio de la Inmaculada desapareció. Los estudiantes ahora están en salones provisionales sin ventanas, y cuando llueve se mojan, igual que los estudiantes del colegio Junin.
Johanie James, profesora raizal de la Universidad Nacional, economista, con magister en economía ambiental y doctorado sobre sostenibilidad de la universidad de Guadalajara en México, explica que pese a que el archipiélago se ubica como el segundo lugar de Colombia con PIB más alto, los indicadores no son suficientes, se necesita también el contexto de cada territorio.
“Según las cifras del DANE somos el quinto departamento con mejor PIB per cápita, el promedio nacional es de 30 millones y acá es de 36 millones de pesos. Índice de pobreza multidimensional tenemos 6%, Bogotá es el más bajito con un 5%. Entonces uno dice wao estamos super bien, pero hay que mirar cómo se mide esa pobreza. Con 100 mil pesos en Bogotá no compras lo mismo que en la isla. Aquí usted tenga o no tenga dinero sufre por agua y por seguridad alimentaria. Un indicador no es suficiente si no se analiza el contexto”, concluye James.
Legado colonial y desigualdades
El informe del Banco Mundial explica que el legado colonial que se sigue reproduciendo es una de las causas que generan las inequidades en las regiones de Colombia, y que en los casos de territorios colonizados las desigualdades también pueden ser heredadas.
Paola James, raizal, trabajadora social y lideresa de Old Providence and Ketlina, explica que las desigualdades del pueblo raizal se da por la discriminación del mismo Estado que por muchos años los ha infantilizado y no ha tenido a la comunidad en cuenta para la toma de decisiones en lo que respecta a las islas.
Vista de Ketlina, a la orilla manglares destruidos por el huracán. Foto_ Ana María Jessie Serna
“Siempre se nos ha mirado como si fuéramos otra ciudadanía. Como pueblo nos hemos visto infantilizados, y esto ha sido un factor discriminatorio. El Estado cuando piensa en las islas lo hace desde el turismo, y todo esto pasó en el marco de la colombianización, porque no le permitió al país conocer las islas y quienes las habitamos desde su experiencia, su lenguaje y cultura”.
Además, también asegura que “por mucho tiempo los profesionales que venían eran de afuera, consideraban que tenían mayor conocimiento, el Estado en muchas ocasiones ha sido espectador distante de las situaciones, y ha intervenido momentos en los que le es favorable”.
Johanie James, también explica que “El raizal ha ido perdiendo sus tierras, ha sido desplazado, hoy en día si tu ves quiénes están en los puestos de poder no son raizales, antes eso no se veía. Si miramos con detenimiento es la población que más dificultades económicas enfrenta, entonces las desigualdades hacia la comunidad raizal negra han existido y persisten”.
Dean Hyman, también dice que “cuando estuvieron reconstruyendo yo pregunté qué por qué estaban trayendo ese tipo de madera, y el señor me contestó: ‘ustedes los isleños que se creen que saben más de madera que Homecenter´. Nosotros llevamos más de 300 años viviendo en casas de madera, y obviamente hoy se pueden ver los resultados, no hay barandas en las casas porque se pudren. El Estado llega aquí con planes, ellos deciden allá que necesitamos”.
Solución: reparación del pueblo raizal
Ante toda la situación desigual del pueblo raizal que ha sido histórica, Paola James ve como camino la reparación para arreglar o remediar las acciones que no se han hecho bien y que hoy siguen pesando “Ahora nos vemos desafiadas a tomar acciones y exigir la reparación, y el arreglo de muchas cosas que se pudieron hacer bien pero no se hicieron. El Estado debe estar de manera justa y debe reconocer al pueblo raizal como un interlocutor válido y no como un lugar pasivo, porque a veces se piensa en las islas como un lugar y ni siquiera como una gente o como un pueblo”.
Además, explica que para esto va a ser necesario empezar a considerar esas relaciones históricas y ancestrales que tiene el pueblo raizal con la tierra y la mar de una manera legal. “Debemos empezar a buscar un lenguaje legal que soporte las dinámicas que tenemos en el territorio con asuntos que para otras personas podrían ser no profundos, como un paisaje o con el mar, con la montaña o con un espacio de tierra que nos evoca alguna memoria”.
Johanie James, en cambio, explica que la veeduría ciudadana puede acabar con la corrupción política de las islas, un aspecto que provoca desigualdades. “Necesitamos de la veeduría ciudadana y un movimiento social fuerte porque hoy no tenemos líderes con legitimidad porque buscan sus propios intereses”, asegura.
Milliscent lleva puesto en una de sus manos su anillo matrimonial. Sentada en la mecedora me dice que no le gustaría vivir otro huracán, que cuando sucedió el desastre no estaban notificados de cuán grande sería, que en ese momento pensó en el huracán Joan que golpeó las islas en los años 1988. Está segura que no quiere irse de la isla, pero piensa en las necesidades de su hijo Judah y en la vida que puede llegar a tener. A veces planean volver por segunda vez a Estados Unidos y con Dean se lo están pensando. Pero nuevamente sus pensamientos la devuelven a su archipiélago. Entonces quieren terminar la construcción de su casa en la que se le han ido 150 millones de pesos, y todavía sigue en obra gris porque los materiales son muy caros, dice que el Estado debería poner un salario mínimo más alto en las islas, porque todo es muy caro. Cierra la conversación diciendo que a ella le gusta mucho Old Providence por el paisaje y la tranquilidad, aunque ya no sea la misma de antes.
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Esta pieza periodística es resultado de las Becas del Taller: ‘Brechas y oportunidades:
narrativas periodísticas para la equidad’, otorgadas por la Fundación Gabo en alianza
con el Banco Mundial.




