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Aunque cada año los líderes de la Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) reafirman la importancia de incluir las voces de las siete regiones socioculturales del mundo para hacer frente a la crisis climática, los representantes indígenas se enfrentan a retos financieros y logísticos para poder asistir.


Fotos: Pilar Valbuena, Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO)

 

Jessica Vázquez, activista ambiental Mixteca, esperaba paciente su turno para participar como panelista en la antesala del XV Congreso Forestal Mundial de Corea en mayo de este año. Poco antes de empezar, se encontró de frente con Sameh Shoukry, ministro de Asuntos Exteriores de Egipto y próximo presidente de la COP27, la máxima reunión internacional donde los países negocian y discuten las acciones a tomar frente a la crisis climática. 

“¿Dónde están las flores que llevabas ayer?”, le preguntó él refiriéndose a la corona que la joven usa cuando se presenta en eventos de alto nivel. “Aquí las flores son muy caras. Es eso o comer, pero espero que en Egipto sean más baratas”, le contestó ella. “Vas a tener flores para toda tu habitación. Por supuesto, tienes que estar en la COP”, le dijo Shuokory. 

Aunque Vázquez es activista indígena desde los 12 años y está registrada como representante del Caucus Global de Jóvenes Indígenas de América Latina, aún no ha encontrado una fuente de financiamiento nacional o internacional que la ayude a llegar al país africano en noviembre de este año.

La situación de la joven no es única. Aunque cada año los líderes de la Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) reafirman la importancia de incluir las voces de las siete regiones socioculturales del mundo para hacer frente a la crisis climática, los representantes indígenas se enfrentan a retos financieros y logísticos para poder asistir.

“Es todo un tormento”, dice Vázquez refiriéndose a la complejidad burocrática que implica el registro para un evento internacional de ese tipo, incluyendo la dificultad de conseguir viáticos para vuelos, transporte interno, hospedaje y comida, que muchas veces sus propios gobiernos no les proveen. 

En la mayoría de las ocasiones, la COP suele llevarse a cabo en ciudades caras, donde los gastos son aún mayores, como es el caso de la metrópolis egipcia Sharm El-Sheikh este año.

Las expectativas sobre la inclusión de las comunidades indígenas en la COP27 son altas. Se trata de la primera vez en cinco años que el evento se celebra fuera del continente europeo. La COP26, celebrada en Glasgow, Escocia, fue incluso nombrada como “la COP más inclusiva de la historia”, lo que deja la mira puesta sobre África.

Aunque en los últimos años se ha logrado implementar espacios y plataformas de participación indígena como el Grupo de Trabajo de Facilitación (FWG) o el Pabellón de los pueblos indígenas en la COP26, que se instaló en la zona azul (donde están las salas de negociaciones) por primera vez en la historia, las comunidades siguen sin formar parte de la toma de decisiones de manera directa.

“Con esfuerzos logramos llegar, y a pesar de todo seguimos siendo solo observadores”, dice Vázquez. 

La raíz del problema

Aunque en Glasgow se acordó destinar 1.7 mil millones de dólares para apoyar a los pueblos indígenas, las comunidades tienen grandes limitaciones para dar seguimiento a estos procesos, dice Myrna Cunningham, vicepresidenta del Consejo Directivo del Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe (FILAC).

“Las negociaciones se dan en idiomas que no son los nuestros, y el mismo sistema de Naciones Unidas establece estructuras de negociación o grupos de trabajo en los cuales no tenemos ni siquiera capacidad para participar porque no tenemos suficientes personas ni recursos para estar yendo a esas reuniones”, dice Cunningham. “Sigue sin ser un espacio abierto”.

Para la lideresa indígena nicaragüense, el problema de fondo es que la COP está definida unilateralmente desde los Estados, que en muchos casos tienen una visión monocultural y excluyente. “Los que negocian el tema del cambio climático son los mismos que en muchas regiones del mundo no reconocen la existencia de los pueblos indígenas en sus países”.

En América Latina, los conflictos socioambientales por la implementación de megaproyectos energéticos que forman parte de las políticas de mitigación climática no son algo nuevo. Según el Atlas de Justicia Ambiental, hasta 2021 existían más de 80 en toda la región. 

El caso de México no es ajeno. Diversas comunidades indígenas a lo largo del país han alzado la voz en contra de megaproyectos que han afectado sus territorios sin haber sido previamente consultados, resultando en deforestación, contaminación del agua y extractivismo de recursos. 

Aunque el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) establece que la consulta comunitaria es el mecanismo idóneo para garantizar la participación de las comunidades en la toma de decisiones respecto a megaproyectos territoriales, muchas veces esta es utilizada para la imposición de los mismos, dice Iyari Balderas, miembro de la División Juvenil de Cambio Climático México.

Balderas, originario de Oaxaca, ha colaborado con diversas asociaciones en el desarrollo de protocolos autonómicos de consulta previa indígena, un mecanismo implementado en varios países latinoamericanos para favorecer la comprensión de la comunidad sobre sus derechos internacionales y nacionales, así como apoyar en la organización para que las mismas “elijan la manera en la que quieren ser consultadas” y puedan mantener diálogos en igualdad de condiciones con las empresas y el Estado.

En años recientes, Balderas trabajó directamente en Kimbilá, una comunidad maya de Yucatán que se ha visto fuertemente presionada y en donde se han denunciado violaciones a la ley internacional para imponer proyectos como parques eólicos y el Tren Maya.

Los protocolos autonómicos, reconoce el joven, son diferentes para cada comunidad. Intentan revertir la homogeneización de las distintas formas de pensamiento y cultura indígena que generalmente se comete al interior de los países y en las negociaciones internacionales, lo que invisibiliza la diversidad de ideas.

No hay muchas expectativas

Hasta el momento, los líderes de la COP27 no han buscado acercarse a las comunidades indígenas que asistirán al evento para generar espacios de diálogo, preparación y representación, algo que sí se hizo el año pasado en Glasgow. En este sentido, para las comunidades “no hay grandes expectativas”, dice Cunningham.

La prioridad ahora se centra en conseguir una amplia representación. “El espacio en la zona azul ya lo ganamos, ahora hay que invertir recursos para que haya voces indígenas diversas […] que lleguen, aunque se sienten en el suelo, pero que lleguen”.

Aunque en el caso de México la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) anunció que llevará a cuatro jóvenes de entre 18 y 25 años de edad como embajadores de las juventudes indígenas dentro de su delegación, las limitaciones para una participación realmente inclusiva siguen presentes porque las convocatorias no siempre llegan a las comunidades, dice Vázquez. 

En México, solo el 66% de la población indígena cuenta con dispositivos para acceder a internet. Es ahí donde el gobierno no ha logrado cubrir la brecha de desigualdad en el acceso a oportunidades. Además, que sea el Estado quien elija a las y los representantes de las comunidades a cualquier nivel, y no las propias comunidades, es un tema que ha generado fuertes críticas en México y en toda la región.

Para este año, Vázquez tiene preparada una campaña sobre los sistemas alimentarios, una preocupación relacionada con la pérdida de identidades indígenas. “Queremos que las políticas de la COP dejen de centrarse solamente en bonos verdes o de carbono que solo enriquecen a algunos a costa nuestra”, dice.

En caso de lograr el dinero para asistir, dice la joven, no sólo buscará cruzar palabras con Shoukry, sino asegurar que para la siguiente COP haya recursos para que una delegación más grande de jóvenes indígenas pueda estar presente, y que más organizaciones de base sean reconocidas como observadoras. 

“Yo le diría que, más que flores, queremos resultados para asegurar que la Madre Tierra pueda sanar. El cambio climático es un dolor para ella, es un dolor que todos sentimos”.

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Periodista especializado en temas de ciencia, salud y medioambiente de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia. Cuenta con 3 años de experiencia en el campo de la comunicación científica a través del Centro de Ciencias de la Complejidad (C3) y el Instituto de Física (IF) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Actual becario de la Escuela Virtual CONNECTAS de periodismo de investigación en América Latina y el Caribe. Especialidad: Investigación y periodismo escrito.

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