En la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia, más de 100 familias del pueblo indígena arhuaco pusieron en marcha un proyecto ambiental sin precedentes que busca reforestar su territorio ancestral, conservar las fuentes de agua y fortalecer su economía a través del cultivo de café orgánico.


Texto y fotos: Sandrine Exil

En la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia, más de 100 familias del pueblo indígena arhuaco pusieron en marcha un proyecto ambiental sin precedentes que busca reforestar su territorio ancestral, conservar las fuentes de agua y fortalecer su economía a través del cultivo de café orgánico.

Este proyecto, respaldado por el Ministerio de Ambiente, fue el primero en el país formulado y ejecutado directamente por una comunidad indígena, combinando prácticas espirituales, liderazgo femenino y saberes ancestrales para enfrentar la crisis climática. El lanzamiento ocurrió en el Centro Yewrwa, un espacio sagrado en la montaña donde se realizaron rituales tradicionales y se reafirmó una apuesta colectiva por la vida.

Desde lo alto, la Sierra Nevada de Santa Marta parece flotar. Esta majestuosa formación montañosa, separada de los Andes y ubicada en el Caribe colombiano, se alza desde el nivel del mar hasta alcanzar los 5.700 metros de altitud en apenas 42 kilómetros. Es el sistema montañoso litoral más alto del mundo. Sus picos nevados —el Bolívar y el Colón— son sagrados para los pueblos indígenas que la habitan: los arhuacos, koguis, wiwas y kankuamos.

Para los arhuacos, la Sierra no es solo territorio: es el corazón del mundo. Desde allí, aseguran, emanan las energías que mantienen el equilibrio de la naturaleza y la humanidad. Por eso, cada acción humana debe estar en armonía con ese latido esencial.

En el Centro Yewrwa, uno de los espacios espirituales del resguardo arhuaco, el día comienza con un silencio profundo. Hombres, mujeres y niños se preparan para un ritual ancestral. En el centro del círculo, los mamos, guías espirituales, mastican hojas de coca mientras frotan suavemente sus poporos: calabazas pequeñas llenas de cal que utilizan exclusivamente los hombres desde la adolescencia como símbolo de madurez, palabra sabia y conexión con lo espiritual.

“El poporo no es adorno. Es la forma como el pensamiento se vuelve palabra, y la palabra se vuelve acción”, explica uno de los mayores mientras traza círculos en el polvo con su bastón.

Sembrar con pensamiento: un proyecto liderado por la comunidad

Este acto ceremonial da inicio a un proyecto que nace del territorio y respira con él: la Reestructuración ecológica en zonas de la cuenca del río Cesar, formulada y ejecutada por el pueblo arhuaco, y financiada con recursos del Sistema General de Regalías. Por primera vez en la historia de Colombia, un proyecto ambiental no solo es aprobado, sino liderado directamente por una comunidad indígena.

Más de 100 familias participan en este proceso de restauración ecológica, que busca sembrar más de 80 mil árboles nativos, proteger los nacimientos de agua, fortalecer la producción de café orgánico y reafirmar el conocimiento espiritual como guía para el desarrollo.

“Este no es solo un proyecto ambiental, es una propuesta de vida”, afirma Aurora Izquierdo, directora de ANEI, organización indígena de café. “Aquí no se trata solo de sembrar árboles, sino de sanar la tierra desde el pensamiento.”

Mujeres arhuacas: la raíz invisible de la resistencia

Aurora camina entre la multitud de manera empoderada y como lideresa de la comunidad. Viste el tradicional traje blanco que simboliza la pureza espiritual y lleva al hombro una mochila tejida con figuras que representan la montaña y el agua.

Fue la primera mujer de su comunidad en salir del territorio para estudiar. Hoy lidera ANEI, una marca que exporta café a Japón, Alemania y Estados Unidos, con un enfoque que integra economía, espiritualidad y memoria ancestral.

“Cuando salí de aquí por primera vez, nunca había visto un carro. Tenía miedo. Me escondía debajo de la cama en el internado. Pero entendí que había que hacer un esfuerzo más, dar un paso más, para poder proteger lo que somos.”

El café, dice Aurora, es solo una excusa para contar una historia más profunda: la de un pueblo que busca vivir en equilibrio. “No solo vendemos café. Compartimos energía, pensamiento, forma de vida.”

El liderazgo femenino en este proceso es evidente. Mujeres como Alba Mirella Izquierdo enseñan a sus hijos que el agua no se ensucia, que los bosques no se talan y que la basura se recoge incluso si no es propia. “Cuando vamos a la ciudad y vemos cómo tiran todo al suelo, uno se preocupa. Aquí les decimos a los niños: si ves algo fuera de lugar, llévalo de vuelta a casa.”

Una guía desde lo ancestral

Este proyecto fue uno de los 17 seleccionados entre más de 200 en una convocatoria nacional dirigida a pueblos indígenas. No fue diseñado en Bogotá ni por una ONG externa, sino por las propias autoridades arhuacas, en diálogo con sus mamos, respetando los tiempos espirituales del territorio.

“La sostenibilidad que propone el sistema es solo una parte. Nosotros hablamos también de bienestar colectivo, de alegría, de respeto. Agradecemos la brisa, el agua, la sombra. Todo eso también es desarrollo”, dice Aurora.

La estrategia incluye reforestación, educación ambiental, capacitación técnica y fortalecimiento del gobierno propio. Pero más que eso, propone una visión que podría inspirar a otros pueblos del continente.

“Somos los hermanos mayores”, concluye Aurora. “Y no por superioridad, sino porque asumimos la responsabilidad de cuidar el corazón del mundo. Nuestro mensaje es simple: sí es posible producir sin destruir.”

Café con alma

En cada grano de café que ANEI envía al mundo viaja una historia tejida con tiempo, neblina y sabiduría.

El café orgánico arhuaco no solo tiene sabor: tiene intención. Cada paso, desde la siembra hasta la recolección, se acompaña con rituales y pagamentos para asegurar que la energía fluya en armonía.

“Queremos que quien tome este café en Tokio o en Nueva York sepa que no está tomando solo una bebida, sino una forma de pensar, de cuidar, de agradecer”, dice Aurora. “Así sembramos armonía.”

Y mientras el humo del tabaco se eleva entre las montañas y los niños riegan los primeros árboles del día, la Sierra respira. Su corazón aún late. Y sus guardianas siguen sembrando.

El corazón del mundo bajo amenaza

A pesar de su belleza, la Sierra Nevada está en peligro. Según datos del IDEAM, ha perdido más del 35% de su cobertura boscosa en cinco décadas. El deshielo ha reducido los glaciares en más del 90% desde el siglo XX. Los incendios forestales, las sequías, la expansión agroindustrial y la tala ilegal deterioran lo que para los pueblos indígenas es sagrado.

“La crisis climática nos afecta a todos, pero quienes la sienten primero son quienes viven más cerca de la tierra”, advirtió la ahora ex-ministra de Ambiente, Lena Estrada, al reconocer el carácter ejemplar del proyecto arhuaco. “Esta comunidad nos enseña cómo conservar sin violencia, cómo vivir con el bosque y no contra él.”

Además del impacto ecológico, la Sierra enfrenta amenazas sociales: abandono estatal, conflicto armado, narcotráfico y presiones extractivistas. Frente a esto, el pueblo arhuaco responde con lo que ha practicado por siglos: pensamiento, espiritualidad, trabajo colectivo y ritual.

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