UNO. No soy una hoja en blanco

Hace diez años tomé un vuelo de ida al otro lado del mundo. Perdí 24 horas en algún lugar entre París y el océano Atlántico, hasta llegar a la antípoda de Colombia, Tailandia. «Antípoda» viene de «anti» (opuesto) y «pod» (pie), «aquellos cuyos pies son opuestos a los nuestros». Así me sentía, trazando un túnel bajo mis pies para llegar a los de otrxs, para conocer los de otrxs. 

Era Laura Valentina, una joven de dieciocho, aún no periodista, y con una relación complicada con la colombianidad. Crecí en Bogotá, una de tantas ciudades latinoamericanas con cercas eléctricas y hombres armados en supermercados, droguerías, condominios. Donde los ricos elevan sus muros y los pobres los resienten y resisten como pueden, o esto es lo que me habían enseñado. 

Ya cargaba en mi ADN el estado de alerta, desconfianza y la peligrosa idea de “no dar papaya”, no dar chance al otrx de hacerte daño. Aprendí antes que el teléfono de mis padres, el estrato al que pertenecía y a catalogar a cada persona con un número del uno a seis para dividirles por sus ingresos, elitismo institucionalizado. 

Fui una niña que vivió la tensión televisada de las liberaciones de secuestrados de las FARC. Marché frente al colegio por la paz y por las víctimas del conflicto. Antes de los 12 ya había temido por mi familia en “zonas rojas” del país y ya había vivido el dolor de aprender la definición de falsos positivos, cuando el estado disfraza ciudadanos como guerrilleros para cobrar por asesinarlos. Sí, mucho que cargar más allá de un orgullo patrio que nos inculcaban por la radio, en el himno nacional dos veces al día y por la piel en el sueño tricolor de ganar un mundial de fútbol. Nací aprendiendo a temer, aunque también a esperar.  

Salí y pensé que tendría un respiro, que sería una hoja en blanco. Pero pronto entendí que no era sólo Laura Valentina: “¿Tienes cocaína?”, me pidió un conocido; “no me quiero acostar contigo”, dijo un amigo cuando bailé hasta el piso Gasolina. Para algunos, Colombia era drogas, mujeres “fáciles” y Miss Universo. Para la mayoría, simplemente no existía. Decía «Colombia» y escuchaban «Camboya».

Me convertí en embajadora, describiendo climas tropicales que nos conectaban, frutas compartidas y un catolicismo que apenas practicaba. Cargué la bandera colombiana que tanto me dolía, porque más me hería que se  la resumiera en una palabra hostil desde la ignorancia o la maldad. Y qué agotadores fueron esos años.

Hoy que cubro migraciones entiendo que parte del daño que le hacemos a las diásporas es sólo exaltar casos de éxito o criminalidad, cuando la mayoría, sin ser extraordinarios, buscamos vivir en paz y tener derechos. Me sentía obligada a siempre ser mi mejor versión, a ser la colombiana perfecta: «soy la primera colombiana que conoce esta persona, tengo una responsabilidad».

Entonces, en plena frontera entrando a Camboya, conocí a dos argentinas que me advirtieron de un estafador que les había retenido los pasaportes. Al despedirme deseé intensamente volverlas a ver. Y así fue, nos vimos dos veces más, en pleno complejo de templos de 82 hectáreas y en un bus, en el que al fin nos agregamos a Facebook. 

Fue la primera vez que lo sentí, un corrientazo de latinidad, de cercanía tácita, de hogar en la distancia. A mis 18 años estaba conociendo a mis primeras amigas latinoamericanas. Hablamos de los sueños, del amor, fuimos vulnerables sobre nuestros países, nadamos en Hoi An, jugamos básquet en Bangkok. Diez años después seguimos en contacto y me escribieron «lo siento tanto» cuando mi papá falleció. Conocerlas me hizo sentirme parte. Me sentí latina.

Ese mismo año conocí a una profesora que me acogió como a otra hija y que hoy considero mi segunda mamá. Había vivido en muchos países y no se consideraba ni japonesa ni asiática, sino ciudadana del mundo. Ella me introdujo al concepto de política de la identidad, justo en un momento en que yo exploraba con entusiasmo mi latinidad y mi individualidad, mis compromisos políticos y mi plan de vida.

Mientras yo celebraba mi sentido de pertenencia, ella cuestionaba estas categorías y desafiaba mi manera de entender la identidad. “¿No crees que en lugar de unirnos, nos fragmentan aún más?” me planteaba, “¿estas categorías realmente nos fortalecen o, por el contrario, nos limitan y nos meten en casillas en las que favorecemos a quienes son similares a nosotros y eventualmente generan odio y discriminación hacia quienes son diferentes?”

DOS. Nombrarme latina

Me empecé a nombrar latinoamericana, pero con la vocecita de la profesora en mi cabeza. Debo tener cuidado con estas categorías porque pueden excluir y herir a quienes no caben en ellas. Entonces en 2019 entré a la Red Latam de Jóvenes Periodistas, más específico imposible. Ahí me cuestioné: ¿y quienes no son jóvenes, ni periodistas, ni latines? ¿Y ellxs qué?

No tenía la respuesta pero sí mil ganas de colaborar, conocerme y conectar con una identidad de la que no me sentí parte hasta que salí del continente. Asumí mi latinidad en las investigaciones colaborativas. Aprendí que las vértebras de los Andes, las venas de los manglares y los pulmones de los frailejones comparten amenazas: entes armados, políticos y multinacionales. 

Nos unían la resistencia de lxs guardianes de la tierra y la fuerza del paro nacional chileno que nos contagió como continente. Brindé con mi hermana ecuatoriana en Ciudad de México por nuestros «muertitos». Fuimos vulnerables y nos abrazamos dispuestxs a romper ciclos de violencia. Hoy a mis cuates, mis panas, mis parces, mis pibas, personas que desde lo digital se volvieron mi familia elegida, les digo “tú me enseñaste a querer, me enseñaste a bailar”

TRES. Más que un cliché

Inglaterra, año 2023. Hace ocho años había salido de Colombia y estaba enamorada. Lo que empezó con una fiesta internacional y Lechona en El Campín, iba en esquivar visas entre países para mantenernos juntos. Sobrevivimos la pandemia al son de la Champeta virtual desde el cuartito que servía de comedor, oficina y nido de amor. A la vez, él me introducía al apasionante mundo del curry nacido de la comunión entre la cocina india y británica. Este inglés, tímido a primera vista y aún más en karaoke, me acompañó a cantar un domingo.

Para mí el karaoke era casi un ritual. Me transportaba al carro en el que entendí cantando con mi mamá las bases de A desalambrar, de Ana y Jaime. Cantar me conectaba con mi papá y su colección de cassettes de nueva trova y su Saudade de una Cuba gloriosa y dorada que ya no existe. Recordaba las tardes de guitarra desafinada con mi hermanito que primero aprendía y luego me daba clases de escritura de canciones. Cantar era nostalgia líquida.

Tenía la emoción post pandemia atorada en el cuello, estaba tan lejos de mi tierrita. Pero una tras otra las canciones pasaban sin siquiera poder seguir la letra. Todos gozaban de una fiesta de la que yo no tenía la playlist. Me sentí pequeñita. Mi cabeza me decía “qué vergüenza, no conozco las canciones ni puedo seguirlas y llevo dos años en este país y casi 20 hablando inglés.”

Llegó mi turno. Entré en pánico y caí en el cliché: «Hips Don’t Lie». Aunque mis caderas mintieran, y estuviera muy lejos del carisma de mi compatriota barranquillera con raíces libanesas, canté Shakira. Me sentí un fiasco. No sabía la letra en inglés. Estaba actuando un papel autoimpuesto y aunque la gente aplaudió y hasta bailó, ese día me marcó, irreversiblemente. ¿Por qué lo hice? ¿Por qué quería caber tan desesperadamente? ¿Por qué me había sentido tan mal cantando Shakira? ¿Soy más que un cliché?

Hoy, tres años después, le puedo poner nombre: “esencialismo identitario”. Esta idea sostiene que las identidades tienen una esencia fija, inmutable y universal. Asume que las personas dentro de una categoría comparten características esenciales, ignorando la diversidad interna y cayendo en estereotipos. En resumen, dice que ser colombiana es una cosa y que todes somos iguales.

Caí en la trampa de querer encajar en una imagen reconocible de colombianidad, aferrándome a una expectativa en lugar de elegir lo que realmente quería cantar. Quizás era miedo a que la música protesta de mi padre no les pareciera cool. Temía dejar de ser la latina fiestera y volverme menos interesante, más traumada, menos integrada en su Inglaterra.

CUATRO. Amar con etiquetas

Ese hombre inglés ahora canta Adiós amor desde nuestra taquería favorita de Madrid con la solemnidad de una telenovela latina. Usa el pretérito pluscuamperfecto del subjuntivo que aprendió de Qué hubiera sido, si antes te hubiera conocido. Pero no todo es amor e integración: él aún hoy critica lo que considera una competencia por la palabra cuando hablamos entre latinxs y lo difícil que es para un nuevo hablante ajeno a nuestras formas participar. Para mí es difícil entender su concepto de lo privado y lo público.

¿Cómo evitar excluir a quienes no comparten nuestra identidad? ¿Cómo crear un mundo en el que tantas categorías no generen odio, sino que nos acerquen? No sé la respuesta a nivel mundial, pero sí sé que, desde lo más íntimo de dos bocas que se eligen hasta lo político de enfrentar un mundo que nos pone difícil vivir en un mismo lugar, cada día él y yo somos la prueba de que se puede existir y amar entre las diferencias, entre nuestras identidades.

CINCO. Más política que nunca

Ahora me identifico con la política de la diferencia, acuñada por Iris Marion Young, que  reconoce y valora las particularidades de cada quien sin reducirlas a etiquetas fijas o impuestas. También me encuentro en la interseccionalidad, explicada por Kimberlé Crenshaw, porque mi identidad no es estática: así como la discriminación no puede entenderse aislando una sola categoría. Cada cruce de mi identidad me fortalece con la fuerza de tantas luchas que decido dar. Como la música latina, soy fusión, evoluciono y fluyo.

Ahora entiendo que quienes no son jóvenes, ni periodistas, ni latinos, ni son elegidxs por la red, igual son bienvenidos en mi vida, en mi casa, en mi familia. Pues ellxs son por quienes trabajamos, y con sus diferencias nos enriquecemos.

Ahora sé que no saber bailar salsa u odiar el reguetón no te hace menos latinx. Incluso ser reservado y que no te guste la guachafita, el desorden, la juerga. Admiro que somos latines en nuestras diversidades: indígenas, afrocaribeñas, europeas, urbanas y campesinas, activistas y exiliadas, políticas y fatigadas, dolientes y gozosas. 

Ahora enseño bachata a mis amigos marroquíes y ellos me enseñan la danza Bereber de sus raíces indígenas. 

Ahora siento que pertenecer no es encajar en una expectativa o categoría, sino habitar el mundo desde mi propio ritmo mientras aprendo y me construyo desde los bailes de otrxs.

Ahora en el Karaoke, canto canciones españolas de Nino Bravo y Shakira cuando lo deseo. Pero también canto salsa caleña y mariachis mexicanos, porque caber ya no es mi prioridad.

Aquí estoy, aquí estamos. Amando y doliendo juntxs. Ya no nos culpamos por sentir intensamente, porque nuestro gozo migrante Latinx también es revolución. Ahora no quiero ser embajadora ni me define solo ser colombiana. He tenido la suerte de nutrirme de este mundo y planeo seguir haciéndolo. 

Ahora, a diez años de haber salido de mi tierrita Colombia por primera vez, sigo intentando explorar antípodas y ponerme en los pies de aquellos opuestos a los míos. Hoy me siento colombiana, mujer, bisexual, periodista, migrante, ciudadana de este mundo maravilloso y, sobre todo, muy latinoamericana.

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Laura es periodista y viajera Colombiana. Escribe, narra y toma fotos para conectarse con el mundo y para conectar mundos. Ha vivido en cuatro continentes y sueña con convertirse en corresponsal. Le apasionan los temas de diversidad, género y derechos humanos. Ama cuando la gente vibra y vibra como latinoamérica, con fuerza de cambio y sueños enormes. Especialidad: foto, prensa, podcast.