Por Nicole Torres Arévalo (Ecuador, 1995)
Nadie nace odiándose, lo aprendemos en el camino. En la infancia nos enseñan lo que es bueno y es malo, lindo y feo, deseable e indeseable y luego, simplemente, hacemos asociaciones mentales: lo bueno, lo lindo y lo deseable, entran en la misma categoría. Como niña de mediados de los noventa, aprendí muchas cosas con libros, revistas y en la televisión.
Las protagonistas de las novelas, películas, series y videos musicales —casi siempre— eran delgadas, guapísimas, rubias, lacias, con pieles claras. Las que no lo eran se transformaban de patito feo a cisne. En las revistas ofrecían consejos para lograr verse igual de “deslumbrantes” que las famosas: dietas, ropa “favorecedora”, peinados y trucos de maquillaje para disimular cualquier imperfección.
En las noticias —casi siempre— relacionaban la pobreza con la criminalidad, exponían sus rostros morenos, con torsos desnudos y en chancletas, en “megaoperativos” que en realidad eran redadas. En la escuela y colegios religiosos, en los que estudié, la belleza también incluía bondad, “nadie nos querría si no éramos ‘buenas’», entonces nos educaban para agradar.
En la familia los comentarios sobre el peso y la apariencia no ayudaban: “¡qué gordita que está la guagua”.[1] “Se nota que estás gorda porque te comes la comida de tus hermanas”. “¡Tiene la carita bien redonda!” y un largo etcétera, que prefiero no desbloquear. Entonces mi idea de la belleza era algo tan distorsionado que incluía a mujeres guapísimas, delgadas y con una personalidad agradable, basada en ceder. Amarme a mí misma, siendo como soy, era impensable.
Aceptación
Afortunadamente, con el avance de internet, empecé a consumir otro tipo de contenido. Seguí creciendo, y después de los primeros semestres de la universidad, encontré a We Lover Size, una comunidad en la que muchas mujeres contaban sus experiencias y sensaciones teniendo cuerpos “no normativos”. En una de sus publicaciones una mujer contaba que le tomó 70 años animarse a entrar al mar, viviendo toda la vida en la playa, por el miedo que tenía a que vieran su cuerpo.
Leerla me marcó y me rompió el corazón. ¿Cuántas veces había cancelado planes sólo para que no me vieran en traje de baño? ¿A cuántas experiencias había renunciado? Por esa época, también llegó a mis manos el libro Afrodita de Isabel Allende, cuya primera fase dice: “me arrepiento de las dietas, de los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtud puritana”. Recordé las veces que intenté dejar de comer, o comer menos, sin lograrlo.
También me acerqué a los feminismos, y empecé a comprender que varios de mis temores tenían orígenes estructurales y obedecían al control de los cuerpos feminizados. Por esa época, creé un blog al que titulé “Y amarme pude…” en homenaje al poema Quejas[2] de la ecuatoriana Dolores Veintimilla. Ahí escribí algunas reflexiones contra la gordofobia y conté mi experiencia siendo “gorda”.
Fui una niña que otros calificaban como gorda, una adolescente gorda y evidentemente era gorda en la universidad. Pero al ver algunas fotos, que usé para ejemplificar los temas de los que hablaba en mi blog, no me veo “tan” grande como me sentía. Siempre tuve sobrepeso, nunca llegué a tener obesidad, pero, aun así, me era muy difícil encontrar ropa, recibía comentarios despectivos sobre mi apariencia y desarrollé muchas inseguridades.
Unos meses antes tomé una postura ética que me ayudó a mejorar, notablemente, mi relación con la comida. Me di cuenta de que la culpa que sentía al comer no venía del miedo a engordar, sino del tener que comer animales muertos. Me hice vegetariana y alimentarme se convirtió en un proceso que requería compromiso y mucha creatividad.
Escribí mis entradas en el blog durante el 2017, y en 2020 con la cuarentena por COVID, intenté retomarlo, pero dejé de hacerlo. Me sentía hipócrita porque no era como mis creadoras de contenido favoritas, estaba lejos de amarme completamente y mostrarme en prendas cortas con orgullo. Sólo que, en ese momento, no consideré que por mi personalidad introvertida me incomodaba exponerme al mundo.
Me sentía mejor habitando en mi piel, pero como en otras relaciones, las emociones varían y una no amanece todos los días amándose locamente. A ese primer acercamiento al amor propio relacionado más con la apariencia, lo denomino aceptación. Aprender a quererme, gracias a los consejos, experiencias y amor de otras mujeres.
Respeto
Mi cuerpo ha cambiado mucho, los cuerpos cambian y eso está bien. El mío, adelgazó cuando opté por el veganismo y se estabilizó. Luego, adelgazó mucho más mientras atravesaba por un proceso de ansiedad, depresión y duelo. Lo curioso es que no dejaban de felicitarme y preguntarme qué dieta hacía. Si tan solo hubieran sabido que era como felicitarme por desaparecer, porque nunca estuve tan mal como en ese periodo, y solo por aclararlo, se debía a razones psicológicas, no nutricionales.
Tuve apoyo familiar, psicológico, psiquiátrico y me tomó casi dos años salir del hueco en el que estaba. Llegué a estar al límite de un peso considerado saludable, pero mi cuerpo me mostró otro tipo de fortaleza. En ese periodo empecé a ejercitarme venciendo prejuicios que me acompañaron desde la niñez, y aunque, continúo siendo principiante, mi cuerpo se acopló y me sostuvo. Es más fuerte de lo que creí.
Yo soy más fuerte de lo que creí, tuve —tengo— el privilegio de asistir a terapia y cuando fue necesario, pude pagar el costo de los medicamentos. Tengo una familia que me acompañó cuando tuve que parar y que me ha incentivado a seguir. He aprendido poco a poco a escucharme más, a entender cuando tengo que descansar, a poner límites, aunque cueste, y a alejarme de lugares y personas que no me hacen bien. Le llamo respeto a entender que tenemos límites físicos y mentales, y no vulnerarlos.
Valoración
En un mundo en el que los estímulos son constantes, con personas subiendo a sus redes partes “increíbles” de sus vidas, es difícil sentirse satisfecha. Es complicado no compararse y pensar que una va tarde, lento y atrás. Pero he conversado y leído a personas a las que admiro, y ellas tampoco tienen muy claro a dónde van. En una sociedad que lucra con nuestras inseguridades para vendernos cosméticos, cirugías y productos, querernos como somos es un reto.
En un continente en el que los derechos humanos van en retroceso y la violencia es pan de cada día, hablar de estos temas, se siente superficial. Pero basta con recordar, desapariciones forzadas y crímenes de Estado como el de “los cuatro de Guayaquil”, para comprender que es necesario hacerlo. Porque los prejuicios con los que crecemos, hacen que consideremos “terroristas”, “maleantes” o “peligrosos” a niños, solo por su color de piel.
Nombrar al perfilamiento racial, gordofobia, machismo, clasismo, xenofobia, permite que seamos más conscientes de lo que somos, nos tratemos mejor y tratemos mejor a los demás. Poder llamar a las cosas por su nombre, hace que seamos capaces de mirar estas injusticias que destrozan familias y deseemos frenarlas de cualquier manera. Si tan solo pudiéramos ver la riqueza que trae consigo la diversidad, y dejáramos de verla como una amenaza, quizá no pusiéramos nuestros miedos en “los otros”.
Si tan solo pudiéramos tratarnos con ternura y compasión a la hora de repasar nuestras fortalezas y debilidades, todo fuera un poquito menos hostil. Me ha tomado muchísimo tiempo hacer las paces con lo que soy, con cómo luzco por fuera y con la sensibilidad que cargo por dentro. El amor propio, para mí, fluctúa
Después de mucho, valorarme es sentirme merecedora de mi amor, del amor de los demás. Siento que si fuera Belisa Crepusculario – vendedora de palabras en el cuento Dos Palabras de Isabel Allende- me diría las mismas dos palabras secretas que ella le dijo al coronel y lo hechizaron.
***
[1] Palabra que viene del quichua, para referirse a bebés, niños pequeños.
[2] Quejas fue publicado en 1886 y es un poema que se centra en el amor de juventud, no correspondido, de la autora. Inicia con la frase “¡Y amarle pude! Al sol de la existencia”. Al cambiar una letra, pretendía modificar el significado del poema.




