“Somos mariposas que vuelan por un día
y piensan que es para siempre”
Carl Sagan
V le dice a S que quisiera recordar ese momento, y que antes de abordar el avión y cruzar medio continente leyó una instrucción de cómo construir un recuerdo.
Avanzan por un túnel oscuro de la estación de metro, esos días han viajado y dormido juntos:
—Primero tienes que anticipar—, dice V. —Saber por qué quieres recordar algo, y para que te servirá.
V sabe que es porque está enamorado de S, y quiere recordar esa caminata y esos días cálidos con ella cruzando Ciudad de México, pero no se lo dice.
S calla y mira a V con ojos verdes y curiosos. V se vanagloria por dentro por haber captado su atención.
—La segunda fase es la construcción. Volcar todos nuestros sentidos sobre un recuerdo. Y anotar olor, sabor, temperatura, la sensación en la punta de los dedos.
V piensa en tomarle la mano a S pero llegan al final del pasillo y los baña la luz del sol de mediodía, y nace la ciudad con sus ruidos, sus buses gruñones y charlas, bocinas y bosques de gente yendo a todas direcciones. Así que el recuerdo no se termina de construir.
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La forma en que los humanos recuerdan no es como tener un cajón en el que se guarda algo. La memoria a largo plazo primero se almacena en el hipocampo, y con el tiempo pasa a todo el cerebro.
Para recordar, una red dentro de nuestra cabeza recopila las señales eléctricas de todas esas neuronas para traernos un recuerdo, pero nunca se activan las mismas. A veces los recuerdos vienen de la corteza, otras del lóbulo frontal o el hipocampo otra vez. Y así los recuerdos se ensamblan cada vez de forma distinta.
***
V no sabe si realmente conoció a S, aunque sospecha que lo hizo. Tampoco sabe si pelearon en una discoteca una noche porque S estaba bailando con otra chica y V decidió irse antes de que se besaran. O si realmente se sentó en sus piernas una noche antes y le dio la sonrisa más azucarada del mundo. O si una noche antes acarició su cabello y la oyó respirar dentro un sueño.
S es un rompecabezas que se arma y desarma dentro de V. Un brazo, un ojo, una pierna. Una voz, una mirada, el dedo del medio cuándo V se burlaba de su altura por no alcanzar el pasamanos del autobús. La risa y el “quedé vuelta nada” que S soltó cuando se le cayó la tortilla en una estación de servicio o la pequeña bola envuelta en una manta azul que era dentro de un bus caluroso yendo al norte.
***
Cuando V y S regresaron a su país, V comenzó a odiar a S. Porque parecía no extrañarlo, y estaba en un frenesí propio de alguien que acaba de salir de una relación larga y dolorosa, que no fue con V, él solo fue el punto suspensivo en su vida, y eso es lo que le dolía.
V fue a terapia, tuvo sexo con otras personas, y salió con una chica que lo amaba, mientras veía a S viajando por el mundo hasta llegar al país caluroso dónde decidió que iba a residir por un año, que fueron muchos más.
V dejó de ver las fotos que S subía y con el tiempo sintió que dejó de conocerla.
Entonces V se dedicó a recordar los días con S en México.
“Aún nos queda México”, pensaba decirle cuando la vuelva a ver.
V vivió tanto del recuerdo que se puso a investigar cómo funciona la memoria humana y el tiempo y averiguó que este no es medible. Es una farsa humana. No hay posibilidades reales de decir la hora exacta. Porque cuando uno diga que son las 15:00, ya serán las 15:00 con dos segundos. Y cuando uno diga que está en el presente, ya será el pasado.
Un alemán judío en 1905 descubrió que el tiempo así como la luz se curvan ante la presencia de la gravedad. Mientras más gravedad, menos tiempo.
En 1958 en Harvard, dos científicos comprobaron usando un reloj atómico que mientras en el piso 6 de un edificio el tiempo pasaba a una velocidad, en el primer piso el tiempo pasaba a otra. Por lo que el tiempo no es uno solo y no pasa igual para todos.
V comenzó a pensar que si hubiera una máquina que pudiera manipular la gravedad, y doblarla a su capricho, podría viajar a México (2021), y estar de nuevo con S, frente a frente, cada uno en su catre en ese cuarto frío y blanco y repetir el momento en que sus ojos se juntaron. Porque pese a que casi no había luz, él sintió la mirada de S.
Si el tiempo fuera una representación 2D doblada por una enorme masa como la del sol, o la de esta máquina para manipular la gravedad, V y S estarían en un punto específico de la curvatura del espacio tiempo, repitiendo una y otra vez el viaje a Mixquic, y volviendo al departamento de su amigo más tarde en metro. Viajando en un bus caluroso al norte. Besándose en la fiesta con tequila y mariachis.
Y V le diría a S que quisiera recordar ese momento, ya que antes de llegar a México leyó un cuento de Camila Urioste en el que la autora daba instrucciones de cómo construir un recuerdo. Pero esta vez le diría a S que la amaba, y que no esperaría a verla por última vez a través de la ventana de un auto en Guadalajara para decírselo, cuando ella ya no podía escucharlo.
Le diría que, aunque ahora no están juntos, y lo suyo duró apenas unos días, para él, en algún lugar de esa ciudad monstruosa, siguen juntos y esta vez sí salen de la estación del metro tomados de la mano.




