A los quince años mi vida transcurría en Lima, la gran ciudad, entre el colegio y la comodidad de ciertos privilegios. Mis preocupaciones eran simples: qué carrera elegir, si ésta me haría feliz, el primer amor y mantener buenas notas. Se asomaban también algunas crisis existenciales: la religión, la muerte y lo que venía después. No frecuentaba la ansiedad. Todo parecía claro y tan predecible, sin imaginar que estaba a tres días de descubrir que esa vida surgió de una mentira.

Tercer día. Llegó la noche y, mientras veía la televisión con mi madre, dejé que mi mirada cambiara de enfoque y recorriera, con mayor interés, su habitación: el tocador con el maquillaje ordenado, fotos nuestras, joyas sueltas. Nada nuevo. Pronto una inquietud, sin origen, me llevó a abrir su armario.

Pasé los dedos entre sus abrigos y blusas. Y en el último cajón, debajo de más fotos nuestras, una esquina de papel sobresalía apenas visible. Volteé a ver a mi madre: su mirada fija en la pantalla. Seguidamente mi mano se deslizó y tiró traviesamente de aquella esquina.

“Ac-ta de naci-miento», pronuncié. Debajo: mi nombre.

—Esto es mío —exclamé.

Sentí a mi madre voltear de golpe, pero ya era tarde. Mis ojos habían recorrido cada línea del viejo documento. En la casilla de padres, la ausencia de sus nombres. En su lugar, mi hermano mayor y una mujer llamada Doris.

Alejé el acta de la altura de mis ojos y lo bajé lentamente. Detrás, aparecía mi madre cada vez más en sollozos. Me aferré a la idea de estar en un sueño, uno de esos que se prolongan demasiado. Me pellizqué. Una y otra vez. Pero nada dolía más que la incertidumbre. 

«Mamá, ¿quién es Doris?» La pregunta retumbaba en mi cabeza, pero no me atrevía a verbalizarla.

—Siempre serás mi hija —fue lo primero que atinó a decir. Dos segundos después continuó:

—Soy… Soy tu abuela. Tu hermano es tu papá. Y tu papá, tu abuelo—.

Tragó el dolor en seco y prosiguió:
—Pero te criamos como una hija. Y lo serás siempre—.

Su voz apenas lograba sostenerse, mientras mis pensamientos seguían anclados a una sola pregunta:

«¿Quién es Doris?»

—Doris es hermana de Olga —respondió al fin.

Habité el silencio y la confusión. Olga no me era un nombre ajeno. Había sido parte de mi infancia. Me cuidaba, me llevaba al colegio, me ayudaba con mis tareas. También cocinaba, limpiaba y estudiaba. La quería como a una hermana mayor. Pero un día se fue y no la volví a ver.

Entendí que Doris era quien alguna vez fue Olga, pero antes de que yo existiera. Para comprenderlo, tuvimos que retroceder en el tiempo.

1993

  1. Doris llegó a Lima desde Ayacucho, en busca de una oportunidad que le abriese otro futuro. Tenía 12 años. Demasiado joven para trabajar, pero la pobreza no permitía tejer más opciones. Limpiaba, cocinaba, estudiaba y cuidaba a los hijos de la casa. El mayor tenía su edad. 
  2. Excelente estudiante. Su sueño era verse profesional, la primera de su familia. Había planes. Pero un día, sin sospecha alguna, anunció que debía regresar. A su tierra. Con urgencia. Extrañaba a los suyos.

La dejaron ir. Y como Olga, nunca volvió.

Casi tres años después de su partida, los rumores llegaron. Susurros desde Ayacucho, chismes incompletos, secretos mal guardados. Uno de ellos estremeció a la familia en Lima. Esa misma noche los señores tomaron un bus. Once horas después, estaban en medio del campo, frente a la casa de Doris.

—Vengo a llevarme a mi nieta —anunció la señora que venía de Lima.

El silencio que siguió abrió viejas y nuevas heridas. Miradas cruzadas, rostros desencajados. Doris no estaba. 

Separadas por un muro invisible, las dos familias se sentaron. Pronto la conversación se hizo discusión. Cada palabra era más dura, más punzante. Cada frase golpeaba y sangraba. Tras horas de desgarro, la familia que triplicaba en número a los visitantes terminó por ceder.

Mandaron a una de las hijas a buscar a la niña. Tenía un poco más de dos años y tenía la nariz de Doris y los ojos del primogénito de la otra familia. La hallaron entre los maizales, acurrucada junto a su perra, más arriba en la montaña. La llamaron con suavidad, pero al no reconocer los brazos que la alzaban, rompió en llanto.

Fue entregada con dolor, pero también con generosidad. Nadie era capaz de negarle un futuro distinto en la ciudad. Sus abuelos, sus tíos, su perra, su mundo entero, la envolvieron en amor por última vez. Pero ella rechazaba ese giro de destino. Desobedecía, lloraba, caía, pataleaba. Las lágrimas no cesaban de ninguno de los dos lados. Y, como el pesar, la resistencia también crecía y se agigantaba.

Rendidos, los señores de la gran ciudad preguntaron:

—¿Quién puede venir con nosotros? A cuidarla y a estudiar—

Y así aquella pequeña se marchó de Patibamba. Sin voluntad. Sin elección. Llegó a Lima, le cortaron el cabello, fue bautizada y le dieron un nuevo nombre: Alejandra. 

Olvidó su quechua y aprendió español. Olvidó su cielo y aprendió a mirar a los señores de la casa y llamarlos “papá” y “mamá”. Con el tiempo, también a mirar a sus hijos y decirles “hermanos”.

Olvidó el sonido de la leña bajo el fuego y el olor de la tierra mojada. Olvidó a su perra. Olvidó los nombres y los rostros de quienes primero la amaron, y reaprendió el amor en otros recuerdos, otros cariños, otras costumbres.

Hasta aquella noche, tres días después de haber cumplido los quince años, cuando todo volvió.

Volviendo al inicio

Diez años después de aquella noche en que los secretos se quebraron, me encontraba en el campo, como Alejandra y como Alondra. Estaba en la tierra donde aprendí a dar mis primeros pasos. La leña crujía en el fuego, la lluvia no cesaba.

—Perdóname, hija —escuché decir a Doris, de frente pero con la mirada hundida en el suelo—. Perdóname por no haber ido tras de ti.

Era la noche de nuestro primer encuentro. Sus palabras cargaban disculpas, razones que intentaban suavizar un dolor acumulado, un arrepentimiento que había esperado demasiado en hablar. Escuché. No interrumpí.

Doris se detuvo, y con ella la lluvia. Se secó el rostro con la manga, siguió moviendo la leña que calentaba la sopa y, al fin, me miró.

—No hay nada que perdonarte —le respondí.

Un mes antes, había reunido el valor para comprarme un pasaje a Ayacucho. Llevaba años meditándolo. Me detenía el pensar si, a mis 25 años, sería capaz de sentirlo por una mujer a la que nunca había visto. Me asustaba aún más la posibilidad de que ella no pudiera incluirme en su corazón. Así que viajé sin expectativas de amor. Viajé para encontrarme con una parte de mí suspendida en el tiempo.

En Huamanga, la ciudad principal, me recibieron tres hermanos de Doris que habían construido su vida allí. Entre ellos, Olga. La abracé con profundidad y besé a sus hijos. Gente desconocida me acogió como si hubiera estado perdida por más de dos décadas y, al fin, me hubieran encontrado. Tíos, primos, sobrinos, me hicieron parte de sus rituales y volví a escuchar quechua en mi propia voz.

Pero el encuentro más difícil aún estaba por llegar.

Doris había sido la única de los siete hermanos que se quedó en Patibamba, cuidando a su madre. Supe que su padre había muerto antes de mi retorno. Que tras mi partida, la casa estuvo en duelo durante un mes entero. Que con los años, la fe en mi regreso se apagó. Que todos sabían mi origen, pero el pacto entre familias dictó que debía crecer creyendo en una “familia funcional”, con un padre, una madre y hermanos en la ciudad. Que la verdad me sería revelada al cumplir los 18. Que mi primer nombre fue Alondra.

El día llegó. Cargué mi mochila y partí. Durante el camino, repasé cada posibilidad. ¿Me reconocería? ¿Yo a ella? ¿Y si, después de todo, no había nada que rescatar entre nosotras? Pero cuando vi a Doris, las dudas se disiparon. No necesitaba que me quisiera. No necesitaba saber si yo la querría. Solo necesitaba conocerla.

La abracé. Conocí a sus dos hijos pequeños, mis hermanos. A mi abuela, que solo hablaba quechua. Aprendí a comunicarme con ella en el lenguaje de los gestos, las miradas y acciones compartidas. Su risa, luminosa, no necesitaba traducción. Observé a Doris en su día a día: despertar a las cuatro de la mañana, prender el fogón, sembrar y cosechar bajo el desafiante sol, volver a la cocina, regresar al campo, encender de nuevo el fogón al caer la última parte de la tarde, rendirse al pronto descanso y repetirlo todo al día siguiente.

En nuestra primera noche, junto al fuego, nos encontramos de verdad. Tras escuchar su perdón y afirmarle que no había nada que perdonar, compartí un deseo: reescribir nuestra historia. Me miró en silencio, movió la leña, y después de servir la sopa, asintió.

Los días siguientes se desplegaron como páginas nuevas. Trabajamos juntas la tierra, alimentamos a los animales, y entre el calor por turnos del sol y del fogón, me fue revelando partes de sí misma. Temores, alegrías y anhelos. Yo, a mi vez, fui abriendo el corazón. Le conté que era periodista, que escribir era mi forma de entender y explicar el mundo, y que me gustaba el nombre que me puso: Alondra. Con cada jornada, los abrazos se volvían más firmes, más ciertos, más sentidos.

Al despedirme, sentí menos peso del que había traído conmigo. Volví con una parte de mi historia reescrita, una donde tuve opción de elegir. Una reconstrucción de mi identidad, hecha de viejos y nuevos recuerdos y de un amor latente tanto en Lima como en Ayacucho.

Desde entonces, vuelvo cada año. Paso unos días en Huamanga con mis tíos y el resto en Patibamba. Doris siempre me espera con pacays recién cortados de sus árboles. Con cada encuentro, el vínculo echa raíces más profundas y el amor, ese que alguna vez puse en duda, se expande en gestos simples. Lo veo en su manera de apartarme la mejor fruta, en el ofrecimiento de un segundo o tercer plato de comida y en el silencio contemplativo mientras el cielo sobre nosotras se tiñe de atardecer.

Hoy, a punto de cumplir 29, acabo de regresar de otro viaje a Ayacucho. Cada despedida me atraviesa más. Como el amor que aprendimos a tejer en presencia, la ausencia cada vez se enreda con mayor dificultad en el pecho y duele. Y aún así, vale la pena ser vivido. He aprendido, con el desarrollo de esta historia, que el amor no siempre es algo dado. Se cultiva. Se protege. Y un día se revela en toda su fuerza.

Pude hacer de una desconocida mi madre. Pudo mi madre hacer de una desconocida, su hija. Pude quererla y dejarme querer. Pude encontrarme en sus lunares, en sus manías, en sus grietas, en su carácter y, al mismo tiempo, en la fuerza de su amor por los otros.

Fui tras las huellas de mi madre y, en el camino, descubrí las mías.

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Perú (1996). Trabajó como reportera en Convoca.pe donde elaboró una serie de reportajes y podcast sobre corrupción y justicia. Junto al medio fue parte de la investigación transfronteriza «División de sobornos», coordinada por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). Finalista del Premio RELE 2019 «Acceso a la Información Pública y Periodismo de Investigación”, organizado por el Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS) y UNESCO, Montevideo. Actual aprendiz del periodismo de datos a través de una perspectiva de género. Feminista, fotógrafa, voluntaria cultural y amante de la música soul.