Lleva un tatuaje de mí al otro lado del mundo pero espera un hijo con quien me dijo había terminado hace mucho. Esta es la historia de un amor bonito, intenso y fugaz. Esa última palabra describe bien lo nuestro, porque fue un amor bonito, pese a no haber terminado como se supone: con el “felices para siempre”.
Por: Xilena Pinedo
Mis relaciones con los chicos siempre han sido complicadas. Que en mi crecimiento haya tenido como ejemplo una relación bastante disfuncional me hizo creer, por mucho tiempo, que yo no quería eso: una relación, un matrimonio, niñes. Y así disfruté los primeros cinco años de mi veinte: fluyendo. No strings attached at all. Pero algo cambió cuando conocí a Manuel.
Cómo lo conocí no es diferente a como he conocido a otros chicos antes: en una fiesta durante un viaje al extranjero. Luego de un poco de español mal hablado, inglés mal hablado, mucho reguetón y algunos besos, me dije a mí misma que este chico sería la última relación casual que tendría.
No mentí, sólo que no entendí. Yo creí que él sería el último y después llegaría alguien mejor y me asentaría. Pero lo que realmente estaba escrito era que sería el último porque después de conocerlo no querría a nadie más en mi vida.
Cómo imaginar que él se iba a ir, si en la primera cita le hice su carta astral y no se espantó. Para la segunda, le cambié los planes un millón de veces y él siguió allí. Para la tercera, la última, ya hablábamos de planes a futuro y recuerdos imborrables.
Aún recuerdo el último día. Me acompañó hasta el último filtro de seguridad del aeropuerto. Frente a la puerta que nos alejaría por siempre, nos despedimos.
Nos dimos un abrazo tan fuerte y tan largo como pudimos. Entre los adioses que sólo se dicen algunas veces en la vida, cruzamos meñiques y nos prometimos volver a vernos en dos años, cuando yo estudiara mi maestría en Europa. Él bromeaba con que no debía enamorarme en ese lapso de tiempo e insistía en que se haría algo que le recordara a mí.
Seis horas más tarde, cuando aterricé en Lima, recibí el que creí sería su último mensaje: “me hice el tatuaje”, acompañada de una foto con mi inicial tatuada en su brazo derecho.
Ese no fue el último mensaje ni esa, la última vez que nos vimos.
Él fue un antes y un después para mí. Recuerdo que antes de conocerlo esperaba que los chicos que me gustaban mostraran un mínimo de interés en volver a salir conmigo. Pero con él, bastaba pedirlo y tomaba un avión en dirección a mí. Fue así que los primeros tres días en Sudamérica, fueron seguidos por un par de días en Europa.
No tuvimos que esperar dos años para vernos, lo tenía allí frente a mí de nuevo y ahora en Madrid.
En ese punto sentía que ya lo conocía y podía confiar en él, pero mis orígenes en los que la violencia a la mujer es recurrente y con el recuerdo del asesinato de una modelo peruana por parte de un holandés en mi cabeza decidí que nuestra primera salida juntos, en ese nuevo país, fuera visitar a una amiga que vivía en la ciudad.
Al finalizar el día los dos fuimos a un bar que ella nos recomendó y en el que tuvimos la oportunidad de conocernos más profundamente. Supe sobre su difícil relación con su hermano y lo querido que era por sus padres. Supe también que quería tener hijos. “Algún día”, decía él, como dando a entender que no se refería al presente inmediato.
Esa noche también recibimos la confirmación de que todo lo que vivimos era obra del destino, cuando en el bar el que atendía era alguien de su ciudad que le regaló los tragos por el simple hecho de celebrar ese amor tan ideal que estábamos viviendo. Las siguientes 12 horas las pasamos de turistas recorriendo la ciudad tomados de la mano como si no tuviéramos el tiempo en contra. Fueron los dos días más largos de mi vida. El tiempo se paró a nuestro favor y decir adiós se volvió casi imposible.
Nunca antes había llorado en un aeropuerto como luego de esos dos días con él. No era consciente de lo lejos que íbamos a estar hasta que lo vi 30 segundos antes de embarcar el avión. Él sonreía y me enviaba besos a lo lejos. Yo lo miraba y luego cambiaba la dirección de mi mirada para evitar llorar.
Para mí, de nuevo, ese era el final definitivo. El último adiós a alguien que quise tanto y en tan poco tiempo.
Él no quiso que fuera el final, yo tampoco. Y seguimos hablando. El tiempo pasó, entre videollamadas, fotos y videos que intercambiamos cada tanto cuando las palabras no eran suficientes.
Con el tiempo, la relación se enfrió. Cuando cada uno volvió a su ciudad y nos apartó la distancia, las cosas cambiaron. Nosotros cambiamos. Nos cayó el peso de lo que significa ser quienes éramos en nuestras vidas cotidianas y no siempre aburridas. Aterrizamos en lo que la vida adulta acarrea y ya no pudimos vivir nuestro loco e intenso amor como lo hicimos hasta ese momento.
Pero, de nuevo, encontramos una oportunidad más para estar juntos. Yo tenía un viaje al otro lado del mundo, un cambio de vida y él era una parada necesaria y deseada antes de volver a estar a miles de kilómetros lejos.
Entre la emoción de volver a verlo y el temor de que las cosas no fueran como antes, me di cuenta que todo el tiempo que estuvimos juntos lo estuvimos en territorio neutro. Él nunca estuvo en mi ciudad ni yo en la suya. Todo el tiempo que estuvimos juntos fuimos quienes quisimos ser y me gustó quienes éramos juntos.
“¿Será igual cuando esté en Manchester?”, me pregunté.
En definitiva, no lo fue. No era suelo neutro, era su ciudad. Llena de sus responsabilidades: su trabajo, su familia, sus amigos y yo, una extraña a la que quería tanto pero que se le hacía muy difícil imaginarla —ahora, verla— entre las calles que recorría a diario. Los cinco días en Manchester pasaron mucho más rápido que los primeros tres en los que nos conocimos en México y aún más rápido que los dos en España. Y tuvo todo eso que tienen las relaciones largas: apapachos, mucha sensación de costumbre, discusión, contención y sexo.
Un año después, conmigo de vuelta en casa, nos escribimos. Me preguntó si me quedaré en Lima. “¿Aún recordará nuestra promesa?”, pensé. No toqué el tema, porque no la podía cumplir en ese momento, ese año, justo como lo acordamos. Le respondí que me quedaré por un tiempo. Un par de corroboraciones más de que ambos estamos bien y decidió soltar la bomba que nunca esperé venir. Mejor dicho, nunca quise oír.
“No estoy seguro de que te guste esta noticia, pero tengo un bebé en camino”, me dijo.
Y lo único que atiné a pensar es que él sería papá y yo estaba menstruando. Sin duda, algo no estaba bien. Y mi ser tan políticamente correcto, lo único que atina a escribir es “felicitaciones”.
Todas las lágrimas y todo el enojo lo guardo para alguien más, no para él. Lo guardo para mi cama que me verá dar vueltas por los próximos días, lo guardo para los viajes en auto en los que cada vez que suena “Bebé” de Rawayana inevitablemente correrá una lágrima por mis ojos. Y, sobre todo, lo guardo para mí. Para esta versión de mí que todo lo que le quema por dentro lo convierte en texto.
Este texto que quiero escribirlo desde el amor, porque aún lo quiero. Pero, cada cierto tiempo, me recuerdo que está bien también escribirlo desde el enojo, porque las cosas no salieron como quisiera, porque él no volvió a tomar un avión por mí, porque no volvió a abrazarme ni a despedirme en la puerta de embarque del aeropuerto y, sobre todo, porque cerró toda posibilidad de que algo así vuelva a pasar entre nosotros.




