En general soy una persona bastante estoica; incluso, ilusamente, en algún momento presumí de serlo. Y luego, de repente, pasé de ser la chica risueña fan de las canciones de desamor a investigar si es posible sentir dolor físico por pura tristeza (sí lo es) y fracasar cada día en el intento de no llorar en cuanto abriera los ojos.
¿Te ha pasado que hay canciones que te pegan durísimo aunque no estés pasando por lo mismo? A mí me pasaba con Adiós de Cerati. Hace tres años, cualquiera que me hubiera escuchado cantarla hubiera apostado que tenía el corazón roto. No podía estar más lejos: en realidad estaba en una relación de seis años y me sentía lista para dar el próximo paso. Ahora entiendo mi gusto por esa canción como un presagio.
Había logrado ser “particularmente fría” cuando de terminar relaciones se trataba. En la adolescencia y en la primera mitad de los veinte tuve relaciones que claramente no iban a ningún lado —o no esperaba que ese fuera el caso—. El músico, el tatuador, el extranjero, el fotógrafo catorce años mayor… Cada uno salió de mi vida para dejar de ser significativo unos meses después.
En general soy una persona bastante estoica; incluso, ilusamente, en algún momento presumí de serlo. Y luego, de repente, pasé de ser la chica risueña fan de las canciones de desamor a investigar si es posible sentir dolor físico por pura tristeza (sí lo es) y fracasar cada día en el intento de no llorar en cuanto abriera los ojos.
Nos conocimos en una fiesta de Halloween por un amigo en común. Yo era Frida Kahlo y él Superman. Nos volvimos a encontrar unos siete meses después en un festival de música y, una semana más tarde, nos cruzamos por casualidad en un bar. Esa noche, su banda tocaría en el lugar. Hablamos otro poco y esa noche recibí un mensaje en Facebook pidiéndome una foto que nos tomaron ese día. Él sonreía y yo lo veía fijamente a los ojos . A partir de allí hablamos todos los días —por horas— durante unos dos meses hasta que acepté una cita. Teníamos mucho en común y era fácil hablar con él.
Fue mi mejor relación hasta el momento. Nunca tuvimos una pelea, hasta que conocí su lado más cruel.
Era diciembre de 2021. Llevábamos varios años juntos y teníamos el plan de dar el siguiente paso en la relación en cuanto pudiéramos. En ese momento era imposible: tras renunciar pensando que el efecto pandemia ya no afectaría tanto su búsqueda de trabajo, él llevaba desempleado desde abril, y yo acababa de recibir la noticia de
que mi contrato en el empleo —que consideraba el soñado— iba a quedar suspendido por tiempo indefinido.
Durante ese año su consumo de alcohol, un problema constante en la relación, fue en aumento, pero la mezcla de esperar a que un nuevo trabajo le impidiera seguir ese ritmo y la convicción de que quería quedarme allí para siempre, me hacían pensar que armar un problema no tenía caso. Acumulaba enojos sin decir nada, pero no era la única en la relación que lo hacía.
La diferencia era que, mientras yo me autoconvencía para ser paciente, él tomaba la decisión de asegurarse una nueva relación.
Lo que dijo: estaba cansado de mi baja energía y que llevábamos mucho tiempo sin intimidad. Lo que sumó para suavizar la situación: que yo estaba lista para dar otro paso pero él quería “seguir de fiesta”, que sentía que no estaba a la altura de mi nivel financiero, laboral, etc., y que necesitaba un tiempo.
Lo que descubrí tres días después, en una historia de Instagram: ya había avanzado lo suficiente con una chica de pelo rosa para ponerle la mano en la pierna sin dudar, porque claramente ya lo había hecho varias veces antes. Con las luces rojizas y el tiempo fugaz de la historia apenas se distinguía, pero yo pude hacerlo. Lo habría reconocido entre decenas de personas, incluso si hubiera estado de espaldas.
Vi la historia una y otra vez, como si con cada repetición intentara convencerme de que no era cierto, pero al mismo tiempo necesitaba entender lo que estaba pasando.
Me costaba procesarlo porque, apenas unos días antes, nos habíamos despedido en la puerta de mi casa con un “te amo” y un beso. Porque nunca me había hecho dudar de su fidelidad, no llevábamos una temporada de incesantes peleas (nunca llegamos a tener una discusión fuerte) ni nada parecido. Por eso, verlo allí, tan lejos de todo lo que me había hecho creer, se sintió como un golpe en la cara.
Le reenvié la historia con un mensaje preguntándole si para eso quería un tiempo, y lloré hasta quedarme dormida.
Creo que hablamos por teléfono al día siguiente. Mientras me mostré vulnerable, su silencio sólo era interrumpido por frases cortas de vergüenza y culpa. Pero cuando empecé a reclamar y a exigir respuestas, la conversación se tornó hostil.
Me dijo las cosas que según él, “lo habían orillado» a hacer lo que estaba haciendo (nunca fue capaz de usar la palabra engaño o infidelidad), y todo se resumía a una causa en particular: el impacto que había provocado en mí la endometriosis, junto a los efectos secundarios del medicamento que tendré que tomar hasta que llegue a la menopausia.
La endometriosis es una condición en la que el tejido similar al revestimiento del útero crece fuera de él, causando inflamación y un dolor crónico que se intensifica con los ciclos menstruales. Pero va mucho más allá de una afección física. Tanto la enfermedad como el medicamento que tomaré diariamente por más de quince años, hasta que llegue a la menopausia, me han generado cambios de humor y fatiga. Al inicio, me metieron en un limbo de no querer hacer nada, sentirme mal por ello, forzarme y sentirme peor. Me sentía culpable porque, a pesar de haber dejado de sentir dolor crónico desde la operación, parecía incapaz de reponerme al cien por ciento. Incluso ir a conciertos podía pasar de ser una actividad que me hacía sentir súper bien, a convertirse en una experiencia incómoda y frustrante, porque la espalda baja comenzaba a dolerme después de estar mucho tiempo de pie.
Dolor de cabeza, malestar en los senos, acné, pérdida de cabello, dolor abdominal y de espalda, aumento de peso y sangrado vaginal son otros de los efectos secundarios comunes. Cuento más sobre la enfermedad, mi diagnóstico y el impacto en mi salud mental en una nota para la BBC que titulé «Cuando vives con endometriosis giras una ruleta cada mañana: puedes tener un buen día o retorcerte del dolor por horas».
Me diagnosticaron a los 27, cuando teníamos un poco más de un año de estar saliendo y fuimos juntos a una consulta ginecológica. Yo estaba teniendo una hemorragia y pensábamos que podía tratarse de un sangrado de implantación.
Salimos de allí con la certeza de que no estaba embarazada pero con una nueva preocupación: definitivamente algo no estaba bien. A eso le siguieron varios exámenes, una operación y un mes de reposo.
En cada etapa, él estuvo allí. Después de la cirugía me ayudó a caminar de nuevo y a sobrellevar el dolor. Hizo que me sintiera cómoda incluso en los días en los que me sentía más frágil, y fue ahí cuando dejé de quererlo como estaba acostumbrada a querer —con cautela— y pasé a amarlo con la entrega de quien cree haber encontrado algo genuino: un vínculo que permanece firme, que no se va.
Aún no hay una causa específica determinada ni una cura absoluta para la endometriosis. Al tenerla, no podés hacer mucho más que medicarte e intentar sobrellevar los días lo mejor posible mientras te enfrentas a días de cansancio crónico, cambios de humor y dolor intenso al tener relaciones sexuales, lo que acabó por completo con mi líbido.
Cansancio y falta de intimidad: las razones que él usó como justificación para ser infiel. Claro, experimenté lo que cualquiera vive en una ruptura tras un engaño: enojo, dolor y, aunque ahora sé que no hay razón para ello, también me sentía avergonzada.
Sabía que él era un idiota e inmaduro, y que aunque al inicio parece imposible, del ego dolido y el corazón roto se sale. Pero la forma en la que hizo las cosas dejó algo en mí que no se aligera con noches de borrachera ni maratones de Gilmore Girls y comfort food.
Si la persona que tenía la misma información que yo sobre la enfermedad, que me apartaba la mano cuando intentaba tapar con vergüenza la cicatriz de la cirugía para besarla, no podía entenderme, ¿cómo lo iba a hacer alguien más? ¿Cómo iba a interesarse en mí otra persona, si sólo iba a conocer a mi versión con baja energía, cambios de humor y poco interés en el sexo? Esa versión que, después de las acusaciones de mi ex, terminé tachando como “dañada”.
El cambio en él fue tan abrupto que realmente llegué a pensar que merecía lo que me había hecho. Que yo, que no fui capaz de sobreponerme a una enfermedad crónica, fui matando su amor poco a poco.
Frente a él pareció que decidí hacerme a un lado y arrancarlo de mi vida borrándolo de redes sociales y desapareciendo de su radar, pero la verdad es que sólo me levantaba de la cama para bañarme y lloraba todo el día. Al principio pensé que lo mejor era dejar que todo saliera y me repetía una y otra vez que el tiempo haría lo suyo, pero alcancé mi límite cuando dejé de comer, cuando noté que la tristeza empezaba a mutar hacia el abandono propio, e incluso a rozar el autocastigo.
Probablemente jamás podré ver lo que me pasó desde una perspectiva zen, pero agradezco que sucediera cuando tenía una red de apoyo y los medios económicos para buscar ayuda psicológica y hacer lo que considerara necesario para salir a flote.
Aunque el estar segura de que jamás va a dimensionar el impacto que tuvo en mí la forma en la que decidió irse es algo que aún no logro soltar, con el tiempo también entendí que, aunque nada justifica lo que hizo, su inmadurez lo llevó a esquivar conversaciones que debimos tener. Yo misma evité tener la iniciativa para ponerlas sobre la mesa.
Además de hacer terapia también me contacté con decenas de mujeres que tienen endometriosis. Muchas compartimos la experiencia de que, al no tener secuelas físicas visibles, con el tiempo el hecho de sentirnos constantemente vulnerables, física o mentalmente, pasa desapercibido o es minimizado.
Conocerlas, conocerme e informarme más no sólo me ha permitido soltar, sino también entender que en su momento hice lo mejor que pude con la información que tenía. También he aprendido a tratarme con suavidad y a respetar mis tiempos. Hoy sé que el amor verdadero llega con aceptación plena y que “poder decir adiós es crecer”.




