Por: Vanessa Insinga
«Esa perra no sirve, regálala». «¿Sabes cómo le pegaría si me muerde?». «¿No pensaste en sacrificarla?».
Estos son solo algunos de los comentarios con los que me enfrento cada vez que cuento la historia de mi perra Nala.
Nala llegó a mi vida el 7 de febrero de 2019. En ese momento, estaba atravesando el duelo por la pérdida de mis dos perros, con un dolor y un vacío enormes en el corazón. Pero cuando la vi en los brazos de mi mamá, tan chiquitita, sentí cómo ese vacío se llenaba de golpe. Fue, sin dudas, uno de los días más felices de mi vida.
Sin embargo, la felicidad inicial pronto se vio opacada. A los tres meses, Nala comenzó a mostrar un carácter complejo: robaba objetos, se ponía posesiva, lanzaba tarascones e incluso llegaba a morder. Nunca había tenido un perro que mordiera, así que me sentía completamente perdida.
Después de mucho investigar, decidí buscar ayuda profesional. Contraté a un «experto», pero cada sesión parecía empeorar la situación. Las recomendaciones de collares de ahorque y el uso de bocinas para espantarla no solo eran crueles, sino que también tenían el efecto contrario: Nala se volvía más agresiva y ansiosa.
(Si un adiestrador sugiere métodos basados en miedo o castigo, ¡salí de ahí cuanto antes!).
Mi frustración crecía. No sabía qué hacer. Lo único que tenía claro era que no iba a regalar a Nala. Primero, porque la amo con todo mi ser. Segundo, porque una perra con sus características necesitaba tutores responsables y, sinceramente,… no confío mucho en la gente.
Seguí buscando ayuda hasta que conocí a Eri, la etóloga que cambiaría nuestras vidas. Ella no solo se preocupó por mejorar la calidad de vida de Nala, sino que también le dio un diagnóstico certero: distimia con rasgos sociopáticos, un trastorno que en perros se asemeja a la bipolaridad. Aunque Nala no cumplía con todos los criterios, este diagnóstico era lo más cercano a sus comportamientos: robo de objetos, intolerancia a la manipulación, búsqueda de conflicto, cambios abruptos de ánimos y agresividad, por nombrar algunos. Así, todo comenzó a tener sentido y pude empezar a entenderla desde un lugar más empático.
Su diagnóstico no tiene cura. Había que aprender a convivir con «las dos Nalas». Con la pandemia de por medio, Eri me dio las herramientas necesarias para entrenarla y manejar esos momentos en los que su «personalidad mala» tomaba el control. (Con mis amigas la llamamos Patricia ).
Aprendimos juntas. Desde las órdenes más simples: dar la pata, ir a su cucha o acudir al llamado, hasta ejercicios más complejos para positivizar los saludos con extraños (sin caricias), respetar el «NO» y gestionar sin conflictos los objetos que se robaba. Todo siempre a su ritmo, respetando sus tiempos y límites.
Estas pequeñas victorias diarias son las que hoy permiten que nuestra convivencia sea posible y en paz.
En nuestra casa hay reglas claras: no dejar objetos a su alcance (porque se los roba), y si lo hace no intentar quitárselos de manera brusca. Respetar su rutina es clave: el paseo, el juego y sus pastillas son el combo perfecto para mantener a Patricia bajo control.
No te voy a mentir: hubo días oscuros. Momentos en los que sentía que dábamos dos pasos hacia adelante y tres hacia atrás. Sin embargo, cada pequeño avance, cada día en el que Nala lograba controlarse un poquito más, me demostraba que el esfuerzo valía la pena.
Tengo muchas anécdotas para contar. Como el día que volví del recital de Fito Páez. Diluviaba en Buenos Aires y a las pocas horas tenía que levantarme temprano para ir a trabajar. Cuando llegué a casa, me encontré con Nala arriba de mi cama, rodeada por todos, absolutamente todos sus juguetes. Estaba pasando por un embarazo psicológico y se había apoderado de mi cama y de todos sus chiches. Esa noche, terminé durmiendo en la casa de mi papá.
Nala me hizo trabajar el ingenio y la lógica más que la facultad. Me acuerdo que una vez habíamos salido a pasear y pisó caca de gato. Tenía sus patitas todas sucias y un olor inaguantable. El problema era cómo hacer para limpiarla sin que me arrancara las manos… Así que llené el balcón de agua y shampoo, y nos quedamos ahí una hora encerradas hasta que se limpió solita de tanto caminar.
Y seguro estarás pensando que una solución genial es usar el bozal. Pero resulta que cuando tenía un año y medio, estábamos trabajando en positivizar su uso. En el adiestramiento canino hay que ir paso a paso para que el animal no se frustre y aprenda los ejercicios de forma positiva. Ese día, me confié de que estábamos avanzando muy bien, hasta que de repente Patricia entró en acción y no le gustó mucho la idea de tener un bozal. Sacárselo fue algo así como acariciar a un león sabiendo que te va a morder. Por suerte, tener a Nala me hizo entrenar los reflejos y la agilidad para esquivar sus tarascones. Desde ese día, no volvimos a tener constancia en el ejercicio del bozal. #Trauma
A veces me pregunto si quizás otra persona le hubiera dado una mejor vida. Pero después hablo con las personas que nos conocen y me dicen algo cierto: muchos habrían optado por la salida fácil. Regalarla, abandonarla o, incluso, algo peor.
Sé que nunca voy a tener una vida «normal» mientras ella me acompañe, pero no me importa. Mi entorno aprendió a respetarla y a entender nuestra relación. Entendieron que, a pesar de ser «media loca», conmigo es la mejor perra del mundo. Admito que me resultó más fácil educar a Nala que hacerle entender a las personas que debían respetar sus límites.
Hoy hace seis años que estamos juntas y, sinceramente, no sé qué hubiera sido de mi vida sin ella. Es mi compañera, mi sostén y mi ángel de la guarda. Me acompaña en los momentos malos, en los lindos, me hace reír, enojar, llorar. Pero también me recuerda que la vida sin ella sería aburrida y triste.
El paso del tiempo nos pone desafíos todos los días. Ahora, Nala se está quedando ciega por una degeneración de sus retinas. Así que estamos aprendiendo de nuevo, pero esta vez a vivir con su ceguera para que su día a día sea lo más normal posible.
Aun así, sigue sorprendiéndome. Tras separarme de mi pareja, decidí adoptar a Chichito, un gatito bebé que rescaté de un galpón a punto de morirse. (Sí, a esta altura ya te diste cuenta que me encantan los desafíos). Para mi sorpresa, Nala lo aceptó e incluso juega con él. No siempre, porque hay días en los que pierde la paciencia y parece querer comérselo. Pero, seamos sinceros, ¿quién no pierde la paciencia con un gatito chiquito?
Ella es única. Con sus cosas buenas y sus cosas malas, es una perra que te hace sentir afortunada y especial de ser amada por ella. Es graciosa, mimosa, miedosa, protectora y loca. Pero una «loca linda», con la que, con el tiempo, logramos entendernos hasta en sus momentos Patricia.
Cada día que pasa la veo caminar más despacio. Sus ojitos ya no ven como antes y a veces le cuesta moverse. Me duele el corazón al pensar que algún día no va a estar más en este plano. No estoy preparada para una vida sin Nala. Y, si soy honesta, no me importa seguir adaptando mi vida por ella.
Mi vida al lado de Nala es tener cuidado de dónde apoyar las cosas para que ella no lo agarre, es salir a pasear de día para que ella no tenga miedo, es sacrificar viajes y vacaciones porque no tengo a nadie que pueda cuidarla. Es tratar de educar a las personas para que entiendan que tienen que respetar su espacio. Es estar caminando por el departamento y que de repente te ataque los pies porque…no hay por qué. Es evitar traer visitas a mi casa para que ella no se estrese. Es decirle a las personas que se dejen saludar por ella pero con las manos en alto para que nadie salga herido. Es hacerla bajar del sillón cada vez que me tengo que sentar para que no se enoje. Es no poder interactuar con ella de la misma manera que lo haría con un perro “normal”.
Pero también es un amor incondicional, los besos de la mañana y la alegría con la que me recibe cada vez que llego a casa. Los abrazos y las caricias cuando está de buen humor. Son los juegos con la pelota, los paseos bordeando la vía, las siestas del fin de semana abrazadas en el sillón. Nala es la que me limpia las lágrimas cuando lloro y la misma que no duda un segundo en defenderme cuando me ve en una situación de peligro. Es la que me saca una sonrisa todos los días y me hace reír a carcajadas. Es el motivo por el que me levanto de la cama todos los días. No tengo dudas que la prefiero a ella antes que a todo.
Yo soy una fiel creyente de que todo pasa por algo. Y que Nala haya llegado a mi vida no es casualidad. Siento que es una maestra que vino a enseñarme un montón de cuestiones sobre la vida que antes no se me hubieran ocurrido. Vino a hacerme mejor persona, a enseñarme a ser más paciente, empática y a conocer lo que es el amor incondicional.
Si estás viviendo una situación similar con tu mascota, mi consejo de corazón es que nunca bajes los brazos. Asesórate, busca profesionales y lucha por ellos. Al final, la recompensa es el amor incondicional. Y eso no te lo va a dar nadie, solo ellos.




