Escribir sobre una historia en desarrollo siempre es complicado. Más aún cuando la historia es de amor. Si la historia incluye múltiples personajes en simultáneo… Ya les diré.
Por Jordy Meléndez Yúdico
Esta historia empezó en el Fin del Mundo, en enero de 2022, cuando entre pingüinos, lagos y montañas, Alma y yo empezamos a conversar sobre la posibilidad de “intentar algo” que se extendiera más allá del viaje idílico en el que estábamos. Unos meses atrás, la pareja con la que llevaba casi cinco años de relación y cuatro de vivir juntos me llevó a la sala y me dijo: “ya no te amo”. El tono que usó no dejó abierta ninguna puerta. Yo tomé mis cosas, mis libros, lloré despidiéndome de su familia y sus mascotas, que durante un tiempo también habían sido mías, y en menos de 24 horas estaba viviendo en otro espacio.
Entre el duelo de una ruptura —para mí— inesperada, Alma se convirtió en un lugar seguro para expresar mis tristezas, en una amiga que supo escucharme en mis momentos más vulnerables. Pero también había algo más: una admiración, una química y una atracción mutua que venían de tiempo atrás.
Fue por esa ruptura que decidí pasar una temporada en Argentina para poner distancia con mis penas y nostalgias en México. Alma decidió ir a visitarme, y juntos hicimos un viaje por Ushuaia, Tierra del Fuego, la ciudad más austral de Argentina y del continente. Una noche, mientras comíamos pizza y tomábamos vino, Alma me habló de su visión del poliamor. “Si la estructura de la familia tradicional cambiara, cambiaríamos el mundo”. A mí la frase me pareció exagerada.
Tras doce días de viaje, ella regresó a México y yo me quedé en el sur.
En una videollamada, entre juegos y bromas, le pedí que me preguntara si quería ser su novio. Me preguntó. Yo dije que sí. Días después, en un tono más serio, entre mensajes y correos, vino el siguiente paso: que ella hablara con Mario, su pareja desde hace años, con quien existía ya un acuerdo de “relación abierta”. Con valentía, esa conversación sucedió poco antes de mi regreso a México.
Cuando volví, Alma fue por mí al aeropuerto, y comenzó la historia.
UNO
Este soy yo a finales de julio de 2025. Estoy en un avión, volando de Bogotá a Ciudad de México, con muchas ganas de llegar a casa. ¿Quién soy? Codirector de una ONG y gestor de proyectos mediáticos y periodísticos. Necio, ansioso, obsesivo y una persona que ama estar en control de las situaciones.
El avión aterriza tras cruzar el mar de luces que es Ciudad de México por la noche. Salgo. Paso el puesto de migración. Prendo mi celular. Mando un mensaje de WhatsApp, “ya tomé el Uber. Llego en 25 minutos”. En mi departamento están Alma y Aranza. Ambas son las destinatarias del mensaje que acabo de mandar.
Están ahí para recibirme, platicar un ratito y contarme anécdotas de Lulo y Limonada de Coco, mis gatitos que durante una semana ambas se encargaron de cuidar mientras yo estuve en Colombia.
Llego y todo es amistoso: el saludo, los abrazos, la charla. Si hace cuatro años un adivino me hubiera dicho que estaría inmerso en la dinámica relacional en la que estoy, me habría reído y solicitado la devolución de mi dinero. Y sin embargo aquí estoy.
Después de poco más de una hora y media, Alma se despide. La acompaño caminando hasta su departamento. Vive a tres cuadras de mi casa. Nos damos un abrazo y acordamos vernos al día siguiente para desayunar. Todo muy tranquilo. Normal.
Alma es diseñadora gráfica, talentosa, creativa, de risa fácil y contagiosa. La conozco desde hace 10 años. Lo cierto es que estoy enamorado de ella desde hace bastante tiempo y estamos en una relación “formal” (por decirlo de alguna manera) desde enero de 2022.
Ella sube las escaleras. Llega a su departamento. Abre la puerta. En la sala está Mario, su pareja desde hace más de 13 años quien es, también, su mejor amigo desde hace casi 20. Ellos platicarán y verán la tele un rato antes de dormir.
Mientras tanto, yo vuelvo a casa. Aranza y yo seguimos contándonos cosas: ella de su trabajo, yo del Festival Gabo. Es tarde. Nos vamos a dormir. Antes de apagar la luz ambos nos decimos “te amo”.
Aranza es fotógrafa y periodista, brillante, valiente, una mujer que se hizo a sí misma a pesar de un montón de adversidades. Conocí a Aranza en diciembre de 2023 y desde la primera conversación hubo algo que me atrapó. Lo cierto es que estoy enamorado de ella y estamos en una relación “formal” (por decirlo de alguna manera) desde abril de 2024.
La pregunta más recurrente suele ser la de los celos. Que si no se sienten, que cómo se manejan. No tengo una respuesta única. Yo, celoso reflexivo, creo que llegué a esta situación con una ligera ventaja: desde que conocí a Alma y a Mario siempre vi que su relación primaria era la amistad. No recuerdo haberlos visto nunca darse un beso apasionado o caminar tomados de la mano. Siempre he sabido que su conexión es otra, que va más allá de lo físico: son un equipo ante la vida. Quizá por eso mismo con Alma más que “celos tradicionales” he sentido “molestias logísticas” e “inseguridades existenciales”.
En junio de 2022, mi madre tuvo una operación de cadera en la que perdió mucha sangre. Con mis hermanos nos repartimos los días de cuidado en el hospital. Cuando finalmente logré organizarme para poder pasar unos días con Alma, ella terminó cancelando nuestros planes porque había tenido una discusión con Mario. Alma me pidió perdón llorando y me dijo “no puedo irme así”. Fue nuestra primera gran pelea. Aunque Alma me había hablado siempre de “no jerarquías”, ese día el peso de la realidad cobró otro sentido. La mala logística y las jerarquías no dichas fueron más espinosas que los “celos” que había sentido antes en otras relaciones.
El enojo pasó. Unos meses después, Alma festejó su cumpleaños en su departamento e invitó a todos sus amigos. Fue mi presentación en sociedad, por decirlo de alguna manera. Esa noche pasaron dos cosas: Alma y yo nos besamos frente a todos en más de una ocasión, bajo el supuesto de que “Mario no tenía problemas con eso” (algo que él había dicho explícitamente con anterioridad). Pero también, ya al final de la fiesta, cuando todo mundo estaba borracho o por irse, Mario y Alma bailaron torpemente una canción en el centro del departamento. Me dieron mucha ternura. Fue la primera vez que sentí una palabra que me parece cacofónica hasta la médula: compersión.
Con el tiempo, los acuerdos fueron cambiando.
No todo está resuelto aún, pero la logística es más sencilla, las muestras de afecto son más privadas y las inseguridades, si bien siguen existiendo, están en niveles manejables.
DOS
En mi vida he escrito miles de correos de todo tipo: laborales, personales, familiares, pasionales; y lo he hecho enojado, contento, triste, abrumado.
El lunes 15 de agosto de 2022 escribí el que, con toda seguridad, fue mi correo más extraño hasta entonces: invité a Mario, el novio de mi novia por unas cervezas.
Mario es cineasta, editor de videos promocionales y la típica persona que te tira datos o reflexiones a partir de los libros que ha leído y las pelis que ha visto. Es inteligente, práctico, un poco introvertido… y necio. (Ambos somos tauro). Él y Alma se conocen desde los 13-14 años y tienen muchas pasiones, amigos y anécdotas en común.
El caso es que aquí estamos Mario y yo en un restaurante oaxaqueño comiendo taquitos y tomando mezcal. A pesar de mi nerviosismo inicial, la charla fluye de la manera más amistosa posible. Ahí estoy yo queriendo conocer y entender qué siente Mario sobre lo que estamos viviendo. Sin embargo, Mario es una persona que se abre poco, se vulnera poco. Siempre he pensado que, en realidad, muchas de sus menciones a libros y pelis son una forma de hablar de lo que siente sin tener que personalizarlo. No dice “yo siento esto” sino más bien “el otro día leí que…”. En la charla, cada vez que yo pregunto cómo se siente y él me cita libros o pelis, yo aprieto un poco las manos. Supongo que, en el fondo, quiero saber si estoy frente a alguien con quien puedo construir o con quien solo debo aprender a coexistir. Al final tal vez no es ni uno ni otro. Mario es Mario. Salgo con muy buenos consejos de libros y un par de frases que seguro usaré en el futuro.
La dinámica de chelear con Mario a solas se repetirá unas cuatro o cinco veces entre 2022 y 2025, incluso en un viaje de trabajo que hicimos juntos a España.
Cuando conocí a Aranza, en diciembre de 2023, muy pronto le conté la dinámica relacional en la que estaba envuelto. En ese entonces ella no tenía una relación formal y salía de manera casual con otras personas. Durante los primeros meses, ambos nos contábamos todo con mucha curiosidad y una franqueza absoluta. Muy pronto se empezó a tejer una cotidianidad que ambos disfrutamos mucho y en algún momento fue evidente que nos estábamos enamorando, pero no teníamos las herramientas necesarias para explicar lo que cada uno quería, sentía y necesitaba. Para mí era claro que no quería “una relación tradicional” como las varias que tuve en el pasado y que fueron igualmente complicadas y dolorosas en su momento. Y ella no sabía bien qué era lo que quería, ni bajo qué condiciones o supuestos. Fue una etapa de muchas discusiones, pero también de mucha vulnerabilidad.
En la segunda mitad del 2024, Aranza me confesó que si bien Alma le caía bien, sí esperaba que “eventualmente” yo tuviera que elegir. También en ese tiempo, Aranza conoció a una persona “que le llamó mucho la atención”. Todos los celos tradicionales que dije no sentir antes, los sentí en esta etapa y con creces. Un nudo en el estómago constante. Paranoia en cada viaje. Los nervios de un adolescente con miedo a ser reemplazado.
Casi dos años después de conocernos, aquí seguimos. Supongo que, más allá del enamoramiento fugaz, lo que a Aranza y a mí nos mantuvo unidos fueron tres cosas: la terapia de pareja a la que empezamos a ir en ese entonces; la madurez y claridad a la que llegó Aranza un día que sentenció “si todavía no sé qué quiero, me voy a concentrar en aquello que me aporta estabilidad y no caos” (parece que a pesar de lo poco convencional de la situación, nuestra relación sí nos aporta estabilidad mutua); y porque fui capaz de cumplir una promesa que a ella le dio mucha seguridad. En enero de 2025, le conté a mi familia nuclear que Aranza no era solamente una amiga, sino una relación estable, igual que Alma. Necesitaré otro ensayo solamente para contar cómo fueron esas conversaciones.
TRES
Si de niño me hubiera ido mejor con las matemáticas, habría decidido estudiar astronomía o física cuántica. Todo lo que tiene que ver con lo inmensamente grande y lo inmensamente pequeño me causa un asombro que me quita el sueño. En algún momento me obsesioné leyendo libros de divulgación sobre aquellas “teorías del todo” que buscan hacer compatibles la teoría de la relatividad con la mecánica cuántica. Hasta ahora no se ha logrado y la culpa la tiene la gravedad.
¿Por qué la gravedad, la más débil de las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza, no se deja atrapar? Tal vez porque a diferencia de las otras, la gravedad no empuja, sino que acerca. Quizá por eso siempre me ha fascinado: porque en el fondo, lo que mantiene unido al universo no es la fuerza, sino la atracción.
En otra postal estamos Aranza, Alma y yo al finalizar un campamento astronómico en Acambay, Estado de México, al que fuimos en mayo de 2025, el mes de mi cumpleaños. La posibilidad de estar en un lugar con poca contaminación lumínica, con potentes telescopios y ver la Vía Láctea me cautivó. Al final no vimos casi nada porque toda la noche estuvo indecentemente nublado pero la experiencia de hacer un paseo fuera de la ciudad por primera vez los tres fue amena y divertida.
Para quienes quieran detalles, lo cierto es que parte de esta dinámica relacional se sostiene en un acuerdo básico: cuando estamos más de dos, toda la convivencia es —sobre todo— amistosa. No hay besos, apapachos, miraditas, triangulaciones. (Qué pena para quienes querían anécdotas promiscuas o explosiones pasionales. Para historias más descarnadas recomiendo ¿Qué locura enamorarme yo de ti? de Gabriela Wiener. Tremendo pequeño libro).
Un par de semanas más tarde, Alma, Aranza y yo vivimos otra situación por primera vez: una convivencia familiar juntos, los tres. Por supuesto, estaba nervioso por ver cómo reaccionaría mi familia —fundamentalmente conservadora— ante algo que, si bien ya les había explicado, podría resultar incómodo. No lo sentí así. No hubo preguntas, bromas, momentos complejos. Tampoco ha vuelto a suceder.
A lo largo de estos años, mi familia me ha visto convivir en plan de pareja con Alma y —más recientemente— con Aranza. Saben de la existencia de Mario. No voy a mentir: entre mi familia sí hubo un pequeño momento de confusión, suspicacia e ideas erróneas. Sin embargo, poco a poco, uno a uno, a lo largo de varios meses, les fui explicando lo que estoy viviendo, con mucho detalle. Conversaciones que podrían haber terminado mal se convirtieron en las charlas más hermosas, honestas y profundas que he tenido con mis padres, por ejemplo, quienes pasan los 75 años y ni siquiera conocían el término “poliamor”. Amores que no compiten, que se extienden. Cuando le conté a mi mamá que Alma vivía con otra persona, y que esa otra persona era su pareja, se puso tensa, se le secó la boca y su pie derecho empezó a golpear suavemente en el piso. Yo me puse pálido. Pero en un arranque de transparencia radical, le hablé de mis desamores pasados, de todas las veces que rompí y me rompieron el corazón, de cuando engañé y me engañaron, de las máscaras que nos ponemos para encajar, para amar y que nos amen y que ahora, increíblemente, sentía que alguien me aceptaba y me amaba como soy.
Y así lo siento: el amor que me tiene mi familia es tan grande que, aunque no me entiendan a cabalidad, lo extienden a las personas que amo. Una expansión de cariño no viene mal en estos tiempos de mierda.
Alma abrazó a Mario. No fue un abrazo largo ni efusivo, pero sí lo bastante íntimo para que yo lo notara. Luego lo hizo otra vez. Fue un segundo, pero sentí que me ardían las orejas. Lancé un reclamo a Alma apenas pude. En cuestión de minutos, una escena mínima se volvió un pequeño caos en cadena. Aranza vio mi enfado y le molestó, a su vez, que un abrazo de Alma tuviera ese impacto en mí. Mario, que no dijo nada verbalmente, expresaba su incomodidad en silencio.
Era diciembre de 2024. Los cuatro habíamos pasado una tarde linda en una exposición de diseño y luego fuimos a una cantina con otros amigos en común. Alma estaba particularmente sensible: una persona muy cercana tenía poco de haber fallecido.
Más tarde, ya en otro espacio, Alma se acercó a Aranza y a mí y nos explicó lo que sentía, por qué había buscado ese abrazo, y que no se repetiría. Desde entonces, el acuerdo se ha mantenido sin mayor inconveniente.
Más allá de los acuerdos logísticos, la regla de oro para mantener esta dinámica funcional —donde intervienen cuatro personas pero no hay una relación afectiva entre todos— sigue siendo el comportamiento amistoso. Cuando hemos salido juntos, cualquier espectador externo vería a cuatro personas amigas, y no necesariamente un “ecosistema poliamoroso”. Y quizá ahí radique nuestra forma más simple —y compleja— de cuidado.
CUATRO
Estoy convencido que parte de la polarización que existe actualmente en el mundo está ligada a nuestra incapacidad de afrontar conversaciones incómodas, de no saber mirar lo que no entendemos desde la curiosidad, en vez del juicio rápido y simplón que nos dan nuestros prejuicios.
Conocer al otro, escuchar, ceder, llegar a acuerdos funcionales sin pasar por encima de nadie son cosas que requieren un esfuerzo emocional y mental que no siempre queremos hacer. O que no siempre podemos sostener.
Y sin embargo, lo que pomposamente llamo “mi dinámica relacional no convencional” se ha convertido en un laboratorio de reflexión, con algunas de las lecciones políticas, sociológicas y afectivas más interesantes que nunca pensé vivir.
No quiero romantizar nada. Por supuesto que ha habido peleas, discusiones, rupturas momentáneas. Celos, inseguridades. Cansancio. Más de una noche la pasé sin dormir en el sillón de mi propia casa, convencido de que ese ‘laboratorio’ había explotado. Aquí se han gastado algunos miles de pesos en terapia individual y de pareja. De parejas.
En agosto de 2025, Alma quiso celebrar su cumpleaños en Puerto Rico, viendo a Bad Bunny en concierto. Fuimos Mario, Alma, otro amigo de ellos, y yo. Cada quien su habitación. Todos amigos.
En agosto también fue cumpleaños de Aranza. (Ambas son Leo). Su festejo comenzó en un restaurante y terminó en mi casa, con sus amigos y mis amigos, cantando karaoke. Si bien no estaban presentes, todos saben bien quiénes son Alma y Mario.
En la imagen estamos Alma, Aranza, Mario y yo frente a un espejo. Mario nos está mostrando un prisma que compró recientemente para tomar fotografías con efecto y estamos a punto de ver Y tu mamá también, comer papitas y tomar unas cervezas. Aranza, la más joven de todos, no había visto la peli. Al terminar, Mario pone un video con anécdotas chistosas del rodaje de Alfonso Cuarón. Alma prepara unas quesadillas. Aranza nos cuenta de su proyecto fotográfico “Cicatrices, flores y reflejos”, con sobrevivientes de violencia ácida. Yo miro el espacio y siento no felicidad, sino tranquilidad. Estamos aquí. En una relación improbable y posiblemente irrepetible, funcional por una suma de imponderables.
No hay besos de cuatro ni ménage a troi, o à quatre, para el caso. Solamente una tarde-noche cálida.
Por eso hoy creo más que nunca que la amistad es como la gravedad.
Una fuerza misteriosa, curiosa, supuestamente débil. La que curva el espacio y nos atrae unos a otros más allá de lo obvio, de lo visible, más allá del mundo físico. La fuerza que, en última instancia, evita que todo el universo se desmorone.






