Yo tenía apenas siete años cuando nació mi hermano menor. Recuerdo el momento exacto en el que mi madre me contó que estaba esperando a otro bebé; era su cuarto embarazo. Me emocioné muchísimo. Durante muchos años estuve absolutamente enamorada de su cara gordita y suave, su pelo que se hacía rizos en las puntas y su olor, un olor que solo existe en el mundo de los bebés.

Ese bebé se llama Miguel y, aunque ya tiene 22, sigue siendo mi hermanito. Junto a él, Juan y Andreina, son las personas sobre las que he construido mi manera de relacionarme con el mundo. Ser hermana mayor me ha permitido experimentar un amor tan profundo e intenso que, paradójicamente, puede ser fuente de dolor.

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Me senté a escribir este texto con una nota adhesiva frente a mí que dice: ser hermana mayor me dio la capacidad de amar de una manera tan intensa que llega a ser doloroso.  Lo pienso un rato y descubro que lo que realmente quiero contar es como ser la hermana mayor, según tu contexto, sí te define de algún modo. 

No sé por dónde empezar. No sé qué significa ser hermana mayor. No sé qué momentos de mi vida son los que me permitieron desarrollar esa capacidad de amar. ¿Sí es algo que se desarrolla? Repaso mi vida como si de una película se tratara. Veo escenas llenas de risas, llanto, juegos, miedo, dolor, complicidad, secretos, compañía. ¿Cómo se puede resumir la experiencia de ser hermana mayor en unas páginas?

Pienso en el trabajo de cuidado que ha implicado y me pregunto si eso me define. ¿Me definen el dolor, el miedo y la responsabilidad? Nunca lo sabré, pero no puedo evitar preguntarme qué tipo de persona sería si mi historia fuera otra: cómo me relacionaría, qué me importaría, de qué me haría cargo. 

Buscando respuestas acudí a mis fuentes de confianza: internet y mis amigas. Encontré un texto de Catherine Pearson, publicado en The New York Times, en el que intenta explicar de dónde viene el síndrome de la hermana mayor. Spoiler: no existe. Pero sí hay patrones y si eres hermana mayor seguro tendrás varios en tu lista de traumas. La autora cuenta que Kati Morton, una terapeuta familiar, listó algunos indicadores: una profunda sensación de responsabilidad hacia la familia, la tendencia a complacer a la gente y un resentimiento hacia tus hermanos y tus padres. Cómo dolió. 

No hay  respaldo científico para afirmar que existe este síndrome, pero cuando leí esto me sentí completamente identificada. 

Intentando entender mi historia le pregunto una amiga que es hermana mayor sobre cómo se siente ella. Leyéndola, supe que no estoy sola. Nos tocaron las versiones más duras de mamá y papá; hemos sido responsables de nuestras familias; nos exigimos más de la cuenta; sentimos la necesidad controlar todo; tenemos dificultades para reconocer nuestros logros y somos constantemente las mediadoras de los conflictos en casa. 

Entonces: ¿mi identidad está construida sobre eso nada más? ¿Voy a crear vínculos siempre desde la necesidad de resolver los problemas del otro? Hasta hace muy poco, creía que mi valor estaba en lo que podía hacer por los demás: si no soy útil, no merezco ser amada. Y sí pienso que tiene mucho que ver con mi rol.

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Soy la hermana mayor de tres personas. Hija de mamá y papá divorciados, Autoexigente, nunca suficiente. Soy la hermana que resuelve todo. La hija que se cuida sola. 

Las circunstancias y una madre trabajadora me obligaron a aprender a cocinar muy temprano, a hacer las compras sola y a movilizarme sin supervisión. La mayor parte del tiempo, cuando no estaba mamá, yo era la cuidadora de mis hermanos. No culpo a nadie ni me victimizo por esto, tengo unos padres maravillosos y amorosos y mi infancia fue muy feliz. Pero han sido años de introspección y he aprendido a nombrar mi dolor y a darle lugar a lo que siento. Eso también me ha permitido aligerar la carga.

No sé cómo nació ese sentido de responsabilidad, no sé si hubo un detonante. Quizás fue esa vez que mi madre enfermó, yo tenía nueve años y, como pude, hice el almuerzo por primera vez: una pasta gomosa e insípida que mezclé con salsa de atún. Un desastre. O tal vez fue cuando Juan me contó que una niña en el colegio lo acosaba e inmediatamente salí a defenderlo, literalmente, a los golpes. Puede que haya sido esa otra vez en que Andreina, con cuatro o cinco años, se estaba ahogando en una piscina y sentí que la vida se detuvo, entonces me lancé al agua como si con 10 años pudiera salvarla. O a lo mejor fue esa vez en la que Miguel se perdió en un centro comercial y, de repente, la vida me pareció un lugar horrible sin él. 

Me encantaría saber qué significa ser hermana mayor. He reflexionado durante años y creo que lo primero que me viene a la mente es la palabra vulnerabilidad. Porque cuidar al otro muchas veces implica dejar de pensar en ti, poner en primer lugar sus necesidades y, sobre todo, trae dificultad  para poner límites. 

Hablándolo en terapia descubrí que siempre me definía a mí misma en función de lo que hago o siento por los demás. En primer lugar, por mis hermanos. Siempre repetía cosas como “soy muy entregada”, “me encanta ser servicial” o “cuido a los demás como me gustaría que me cuiden”. Pero pasar constantemente por encima de mis límites nunca me trajo buenos resultados, sólo conseguía insatisfacción y una constante necesidad de aprobación por lo que hacía.

Por ejemplo, algo que siempre me dolió mucho es que yo me encargaba de organizar y costear todos los cumpleaños en mi familia. Y aunque realmente lo hacía de corazón, mentiría si digo que no esperaba el mismo nivel detalle en el mío. Pero cuando llegaba ese día, nunca sentía reciprocidad. Hace un par de años solté esa responsabilidad, que me impuse yo, y comencé a impulsar más bien un trabajo en equipo y sólo me enfoco en pasarla bien sin esperar que me agradezcan. 

Poner ese límite, aprender a decir “no”, es vivir en la constante dualidad que hay entre la culpa y la responsabilidad. Porque soy cuidadora desde que recuerdo y soltar la carga es un trabajo de autonomía bastante significativo y que requiere muchísima introspección. Es entender que amar muchísimo a alguien no es hacerte cargo de todos sus problemas, no es intentar salvarlo a diario ni es evitar que sufra. No se puede controlar todo pero cuando eres hermana mayor crees que sí puedes. 

Y una parte muy dura de este rol es justamente eso: no pude ni puedo evitar que mis hermanos sufran. Siento fuego dentro de mí cuando sé que algo les dañó y yo no estuve ahí para protegerles/defenderles. Es una violencia que me invade, que no tiene lugar en ningún otro contexto. Escribo esto y me veo a mí misma como una leona con sus crías. Aunque no son mías, pero tampoco dejan de serlo. Si lo pienso mucho, es rarísimo: cuatro personas diferentes que vienen del mismo lugar/vientre/hogar.

Una relación que me servirá para explicar mejor esto es la que tengo con Juan. Sólo nos llevamos un año de diferencia y siempre hemos sido muy cercanos. Mientras crecíamos, siempre estuve ahí para defenderlo. No recuerdo todas las veces que golpeé a alguien para hacerlo.

Durante la adolescencia, nos hicimos confidentes. Fui la única persona a la que le contó cuando supo que no era heterosexual. En una familia católica y en un momento en el que no se hablaba de diversidad, éramos Juan y yo contra el mundo. Siempre fui leal, sentía que así lo protegía. Hasta que “el secreto” se supo en nuestra familia y mis padres me responsabilizaron por no contarles. Así es para mí ese amor: violento, volátil, desgarrador. 

Pero tener hermanos también es saber que siempre tendrás un lugar seguro al que volver. Tu hogar en el mundo está ahí. Soy afortunada. Como en todas las relaciones, hay que hacer un esfuerzo colectivo para que esa balsa que es la hermandad no se sostenga por una sola persona, que es lo que me pasó durante años. Ahora me permito ver cómo es posible mantenerla a flote entre todos y todas.

Me permito, también, dejar el ego a un lado para aprender de mis hermanos. De Juan me gusta que a diario puedo ser testigo de su sensibilidad; me enseña que la vida es más bonita cuando entiendes que eres parte del universo y no el centro. Con Andreina puedo ver cómo es una mujer decidida, una que siempre defiende sus ideales con convicción. Miguel me permite ver la belleza en los detalles, el amor genuino y la paciencia que requiere crecer juntos.

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Escribir sobre mí, sobre estas heridas y estos amores ha sido desgarrador. Ha sido reconocer que no sé priorizarme porque siempre he tenido que atender a otros, o que me cuesta poner límites y responsabilizarme. Ha sido ver que puedo cuidar de otras personas pero cuidar de mí me ha costado años. Pero también vi en mí el amor y la empatía. Vivo entre el deseo de construir un mundo mejor para ellos y la belleza que hay en la complicidad. Conozco sus dolores y se convirtieron en los míos. 

Puedo decir que sí: ser hermana mayor ha sido definir mi valor en función de mi utilidad; pero también es saberme acompañada y amada en medio de esta aventura incierta y caótica a la que llamamos vida.

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Periodista egresada de la Universidad Católica Andrés Bello. Estudiante de la Maestría en Estudios de la Mujer de la Universidad Central de Venezuela. Ganadora del Ortega y Gasset 2019 por mejor cobertura y Mención Honorífica de los premios de Excelencia Periodística 2019 de la SIP. Feminista. Interesada en las historias que ayudan a entender las desigualdades. Afortunada por hacer lo que ama. Intensa con cada cosa que hace y en constante búsqueda de inspiración y de historias con finales felices; aunque la mayoría de las que cuenta le rompen el corazón.