Con el paso del tiempo, mi visión de la maternidad ha mutado. Aquella rotunda frase de “no quiero ser mamá” me parece difusa. Me he dado cuenta de que para ser madre no necesito engendrar.


 

Recuerdo con exactitud la primera vez que dije que no quería ser madre; eran los inicios de mis tiernos 20. Fue algo muy natural para mí, como decir que no me gustaba el betabel. Las reacciones siempre estaban cargadas de sorpresa, incredulidad o escepticismo.

“¿Por qué? ¿Estás segura? Eso dices ahora, eres muy joven, después cambiarás de opinión”.

Aquellas palabras solo tenían una verdad: era muy joven, pero estaba segura de mi decisión. Ahora, estoy cada vez más cerca de llegar a los 40 y los deseos de procrear no han aparecido. Ni siquiera aunque soy amante de los bebés y me encanta presenciar sus primeras curiosidades del mundo.

No obstante, con el paso del tiempo, mi visión de la maternidad sí ha mutado. Y aquella rotunda frase de “no quiero ser mamá”, me parece difusa. Me he dado cuenta que para ser madre no necesito engendrar.

Llevo más de cinco años maternando a Santi y a Marifer, los hijos de mi esposo.

Soy madrastra.

 

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En una charla de avión me enamoré de Gabo, mi esposo. Él estaba pasando por un proceso de divorcio y yo salía de una relación tóxica y violenta. Nos contamos cosas que a nadie le habíamos dicho y nos conectamos. Nos sentimos vivos.

Mi amor por él nació de la admiración que me provocó su rol de padre. Escucharlo hablar de Santi y Marifer; su dedicación, su amor por sus hijos, me cautivó.

En aquel momento, aunque muchas personas cercanas hacían comentarios marcando el hecho de que él tenía hijos, preguntando si estaba segura de involucrarme en una relación así, para mí no resultó problemático que existieran dos pequeñines en la ecuación del amor; era algo nuevo, sí, pero no me preocupaba ni quitaba el sueño. Ahora puedo decir que la madurez de mis 30 me hizo darme cuenta que una relación perfecta, sin complicaciones, no era lo que buscaba. Yo quería amar y sentirme amada, y eso fue lo que encontré y de formas invaluables.

Para mí, la paternidad de Gabo era algo que admiraba y que quería apoyar, como cuando tu novio es basquetbolista y no faltas a ningún partido porque siempre estás echando porras. Él era un papá presente y yo no iba a ser un obstáculo en ello.

Por eso, cuando estábamos en una date, si él recibía una llamada con una petición de pijamada, la cita se daba por terminada. Eso no me entristecía ni me hacía sentir molesta. Creo que,  justo, el hecho de respetar los procesos por los que cada uno estábamos pasando, fue algo que nos unió profundamente. Él nunca se sintió en una disyuntiva entre sus hijos y su novia, y yo nunca me sentí menos apreciada/amada porque nuestros planes cambiarán de súbito.

Un año después de nuestro primer beso, conocí a Santi y a Marifer. 

Con el primero que conecté fue con Santi. Era el mayor y con quien pude conversar más sobre su fascinación por las matemáticas y sobre el coleccionista que tiene en el corazón. Mi acercamiento con Marifer fue más paulatino, ella era más pequeña y de pronto se conflictuaba entre el cariño que me empezaba a tener y el papel que estaba ocupando en su familia.

Con el paso del tiempo pasé de ser la amiga de papá, que de pronto los acompañaba en las salidas al zoológico, al cine o al parque, a la novia y a la mujer con la que papá se quería casar.

Todo fue muy gradual y natural.

Nunca sentí la necesidad de presionar algo, mucho menos a los niños a que me quisieran o aceptaran. Tampoco me sentí presionada para ocupar un rol que en absoluto estaba vacante. Bere, la mamá de Santi y Marifer, es una mamá presente y siempre hemos tenido una convivencia y comunicación cordial. Que yo tuviera conciencia de que Gabo tenía hijos y que Bere era alguien que iba a estar en nuestra vida, irremediablemente ayudó a que todos estuviéramos cómodos con mi presencia. Yo aparecía cuando Santi y Marifer me invitaban y querían compartir conmigo. Genuinamente sentí su cariño y quedé perdidamente involucrada.

La pandemia por COVID-19 nos terminó de convertir en familia. Cuando Santi y Marifer estaban con Gabo y él tenía que salir al trabajo, yo iba a su casa a hacer home office para estar con ellos mientras estaban en las clases virtuales. Me convertí en un apoyo para todos y la convivencia se volvió muy cercana.

No puedo negar que muchas veces me sentí muy nerviosa de las primeras veces que me quedé sola con los niños, sobre todo, pensando en los momentos de conflicto: qué hago si no quieren comer, si no quieren hacer tarea. El hecho de no saber bien de qué cosas encargarme y de qué no, me generó mucho estrés. Pero también lo vi como un reto. Y, por eso, continuamente mis búsquedas en Google eran preguntas básicas: ¿qué hago si mi hijo no quiere comer calabazas? ¿Cómo explicarle a un niño la importancia de las tareas escolares? Muchas conversaciones con Gabo respondían a mis dudas sobre cómo actuar ante escenarios adversos (en los que era especialista en imaginar). Luego, pensaba en cómo lo había hecho mi mamá, qué sí me gustaba, qué quería cambiar y así fui encontrando mi propia versión para sobrellevar las vicisitudes, que en realidad no fueron muchas.

Después, Santi y Marifer empezaron a invitarme a sus celebraciones de cumpleaños, sus festivales escolares y demás actividades.

Tenemos muchas anécdotas que nos hacen reír a carcajadas sobre cómo nos empezamos a amar y a hacernos cómplices (como chanclas voladoras y paseos peligrosos en bicicleta). Sobre cómo ellos me llegaron a considerar alguien indispensable en su vida y cómo se convirtieron en mis hijos.

 

***

 

Mucho se habla de la maternidad, pero poco de la madrastridad. Existe poca investigación social sobre la figura de la madrastra y muchas de las referencias culturales nos remiten a la madrastra malvada de los cuentos infantiles, como Cenicienta. Todavía existen muchos prejuicios y estigmas sobre esta figura, que la misma RAE define en sentido figurado como “madre que trata mal a sus hijos”.

Se tiende a hablar de las mujeres que son malvadas o menosprecian a los hijos de la pareja y poco se habla del estrés que también experimentan las mujeres que se implican en el cuidado de los hijos que sus parejas aportan a la relación, por el rol que deben adoptar, por su participación en una familia que ya tiene una historia, o por involucrarse en la crianza y cuidados sin tener que robarle el sitio/protagonismo a la madre biológica, y donde, además, se enfrentan al estigma social de ser consideradas “como las malas”. También, poco se habla de la figura de las mujeres que se validan como madrastras, pero deciden no maternar.

Son las mismas madrastras las que se han atrevido a compartir sus experiencias más profundas de lo que su rol implica en sus hogares y cómo lo han sobrellevado. Es ahí donde se ha logrado un poco explicar los diferentes aspectos de una figura muchas veces juzgada.

Una de las pocas sociólogas que estudia el tema, es la investigadora de la Universitat de València, España, Elvira Mondragón. Ella, precisamente, entrevistó a varias madrastras y llegó a la hipótesis de que estas mujeres tienen mayor dificultad para encontrar su sitio en el hogar.

Para mí no fue nada sencillo llegar a nombrarme y asumirme como madrastra. Asumir que no solo era un apoyo para Gabo o para los niños, sino que estaba maternando, ese verbo que, precisamente, refiere la acción de cuidar, amar y acompañar, trascendiendo el rol biológico de ser madre. Que implica establecer vínculos afectivos, proveer protección, alimento, apoyo emocional.

Al ser percibida como mamá y que yo me sentía como tal, fue una confrontación conmigo misma, pero, sobre todo, con el mundo.

Primero, porque Santi y Marifer tienen una mamá y yo siempre he sido respetuosa de eso. 

En segundo lugar, porque en los espacios a los que era invitada por Santi y Marifer, tenía que explicar quién era para que mi presencia fuera comprendida o tuviera sentido. La esposa del papá de… era mi forma de nombrar mi relación con Santi y Marifer, pero no lo que la definía o abarcaba todo lo que ellos significan en mi vida.

Decir que era su madre era mal visto por no haberlos engendrado y decir que era la esposa del papá, me quedaba corto. 

La solución la encontré en algo elemental: la definición legal del término. “la esposa del padre de un infante”. No existe una relación biológica, por eso, el término se refiere al estado civil y a su relación con el padre. Nombrarme así me resultó liberador, ha sido una forma de encontrar mi lugar, y también me ha colocado en un sitio donde me toca resignificar el concepto.

“Soy la madrastra de Santi y Marifer”, es una frase que ha causado sorpresa. Hay quienes hacen la precisión de que no soy “la madrastra malvada” y hay quienes lo celebran como una forma de reconocimiento por la entrega que tengo con ellos.

Lo cierto es que ha sido un proceso que muchas veces me ha causado tristeza y ansiedad, no lo puedo negar. Ha sido complicado sentir aceptación o, de pronto, sentirme juzgada. Sentirme, incluso, insegura por si tengo el derecho de actuar de cierta forma con Santi y Marifer. Pero lo que sí he logrado conciliar es que no todos van a entender que no somos una familia convencional, que en esta ecuación somos tres adultos que amamos y estamos al cuidado de dos pequeños, y ahí mucho más no se puede hacer.

Por eso, todo eso adverso que he experimentado, me ha llevado a encontrar impulso.

Yo comencé a involucrarme mucho más en la crianza de Santi y Marifer —por eso con total naturalidad digo que tengo dos hijos—, luego de que me casé con Gabo, porque nuestro hogar se convirtió en el de cuatro.

El amor que recibo de ellos es algo que ha revolucionado mi vida 360º.

Para mí se volvió muy natural ahora tener en mi calendario las fechas de estudio, de juntas escolares, de exámenes, festivales, cumpleaños, de partidos de flag y de americano; mis listas de lunch para el colegio o de peinados.

Siempre he sido una persona muy entregada y dedicada, así que cuando la maternidad me llegó de un día para otro, yo me sentí preparada y motivada. A veces temerosa (porque soy aprensiva y sobreprotectora), eso sí, pero fuerte por lo que aporto en la vida de Santi y Marifer y por lo que ellos aportan en la mía.

Ningún miedo ha sido más grande que el amor y felicidad con la que han llenado mi vida. Yo quería amar y ser amada, y eso no me ha faltado.



***

Tengo dos imágenes muy claras en mi memoria:

La primera la conforman las manos de Santi dibujadas con acuarelas, formando un racimo de flores. Abajo una frase contundente: “te amo mucho”. Aquella pintura fue el primer regalo del Día de las Madres que recibí de él. Las lágrimas me desbordaron y mi corazón galopó a mil por hora, cuando me lo entregó. Fue la forma en la que me dijo, como muchas veces después lo ha dicho, que soy su mamá.

La segunda, es un diálogo con Marifer:
—Chiqui, ¿por qué me dices mami? —le pregunté la primera vez que de la nada me nombró así.
—Kechitas, porque me amas y me cuidas como mi mamá.

No hay un sólo 10 de mayo —Día de las Madres en México—, que Santi y Marifer no tengan un detalle conmigo. Tengo tapizada la pared de mi oficina con todas las obras de arte que me han hecho, con los carteles con los que me han recibido en el aeropuerto luego de un viaje, con los mensajes al salir del colegio porque querían decirme “te quiero”.

Y en esos momentos todo tiene sentido, el universo me coloca en el lugar preciso dentro de tanta inmensidad.

Soy madrastra.

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Periodista mexicana. Codirectora de Factual / Distintas Latitudes. Se desarrolló como investigadora en el periódico mexicano El Universal. Su crónica "El hombre que sueña con una 'Tierra de sordos'" obtuvo el primer lugar en el Premio Rostros de la Discriminación 2016 en la categoría de texto.